Columnistas

Goza tu matrimonio
Autor: Luis Fernando Múnera López
1 de Octubre de 2012


Casarse es un compromiso de dos personas que quieren alcanzar un objetivo común. Y saben que no pueden lograrlo solos.

Estar casado equivale a dar un concierto de violín en un auditorio a medida que aprendes a tocar el instrumento. Como muchas cosas importantes de la vida, el matrimonio no viene con manual de instrucciones, protocolos de procesos, ni nada que se le parezca.


A vivir en pareja aprenderás con tu pareja y ello será posible si los dos aportan a esa relación un poco cada día.


Dije “si los dos aportan”, y es así, uno solo no podrá sustituir al otro en la construcción de esa bella obra, en la que ambos invierten la vida.


No puedes esperar que en tu vida de pareja la felicidad te llegue de pronto, y menos por un golpe de buena suerte, a la manera de una lotería que te ganes. A ese estado llegarás con el sudor de tu corazón y de la mano con tu pareja.


Casarse es un compromiso de dos personas que quieren alcanzar un objetivo común. Y saben que no pueden lograrlo solos.


Ese compromiso lo establece el uno con el otro, el matrimonio lo celebran quienes se casan, nadie más. El ministro civil o religioso al que acuden es solo un testigo. Eso sí, ese compromiso se formaliza ante un ente superior, que para algunos es el Estado, para nosotros es Dios.


Ahora bien, ¿cuál dios? La respuesta es una sola: Dios. Él es único y absoluto, no lo encasillan nuestras concepciones limitadas. Tu compromiso será ante Él, independientemente del rito que uses, religioso o civil, pues lo fundamental es la esencia del vínculo matrimonial. Él dijo: Yo miro en tu corazón y veo tus obras.


La intención del matrimonio es para siempre. La pareja no podrá decirse válidamente “vamos a ver hasta cuándo” y sentir que suscriben el compromiso pero con la libertad de que sea por un rato, para decidir luego que ya no va más, si se cansan de él. La unión es permanente, porque los objetivos del matrimonio requieren la vida entera para alcanzarse.


Tendrán épocas felices y también llegarán las dificultades, y no una sino muchas veces. Esos serán momentos para recordar y aplicar que si algo está funcionando mal en la relación, se puede arreglar aunque cueste esfuerzo, en lugar de tirar todo a la basura. La alegría de vivir juntos, el respeto y el amor pueden y deben ser para siempre.


La fidelidad exige exclusividad en el sentimiento. El amor conyugal no puede fraccionarse. Podrás tener otros sentimientos que te unan con tus amigos, con tu familia, con tus compañeros, todos ellos son legítimos, pero son distintos al amor exclusivo que te une a tu cónyuge. También tienes derecho a tu espacio de intimidad personal, que no riña con la fidelidad que le debes a tu pareja.


Los dos tienen el derecho a recibir del otro todo lo bueno que tiene para darle. Tu pareja también tiene el derecho de conocer tus problemas y temores. Y para ti será un deber y un derecho compartirlos con ella. Suponte que algo puede suceder que los afecte a ti y a tu cónyuge; él tiene derecho a conocerlo.


Puedes sentir que con el matrimonio pierdes autonomía, pero si haces balance, constatarás que es mucho más lo que ganas. Habrás construido pareja. Una pareja es mucho más que dos.


Llegarán los hijos. Este es otro mundo. Con ellos surgen otros derechos y deberes. A esos hijos nadie los llamó a la vida distinto a sus padres, por eso tienen el derecho a vivir felices y tranquilos. A crecer en inteligencia, en voluntad, en responsabilidad y en libertad, que no es libertinaje.


Procura que a tus hijos no les falte lo esencial, pero también que no funden su vida en lo superfluo, en lo material. Lo más importante que tus hijos recibirán de ti se resume en dos palabras: amor y sabiduría.


¡Te vas a casar! ¡Hazlo con confianza y gózalo toda la vida! Puedes tener la certeza de que todo cuanto necesites para ser feliz está en tu matrimonio, no necesitarás buscarlo afuera.