Columnistas

España, en el disloque social
Autor: Dario Ruiz Gómez
1 de Octubre de 2012


Cuando la clase política que actuó a base de promesas de una sociedad justa, se deslegitima, viene la crispación ante lo que constituye, a todas luces, un atropello a lo humano.

El martes 26 de septiembre frente al edificio del Parlamento español en Madrid cerca de 6.000 personas se reunieron a protestar contra los recortes exigidos por la Unión Europea y el Gobierno de Rajoy, recortes que, tal como lo he venido señalando, han sumido en la pobreza a millones de ciudadanos de la clase media y arrojado a la más ofensiva miseria a quienes permanecían aún bajo el calificativo de pobres. Pero lo importante a resaltar en esta serie de protestas y de huelgas es el señalamiento que se hace a la clase política como directa responsable de esta crisis y de este engaño. La protesta terminó con 68 heridos y 24 detenidos, después de un rifirrafe entre la Policía que disparaba balas de goma y los manifestantes exaltados que trataron de penetrar a un Parlamento que estaba vacío.


Se pone aquí de manifiesto algo muy importante y es el hecho de que tanto las ideologías de derecha como las de izquierda carecen en este momento del debido discurso ante esta situación aparentemente inesperada, en la cual el ciudadano se siente abandonado pues la panacea que ofrecían esas ideologías se ha desmoronado y lo que queda ante los ojos estupefactos de este ciudadano es un vacío que, como en el caso de los indignados, está urgido de un  discurso político coherente para que la protesta no se quede en gestos vacíos, no languidezca por ausencia de verdaderos razonamientos. El notable dibujante “El Roto”, quien describe con certera claridad esta realidad, en su última viñeta muestra a un hombre que abraza su cuerpo y exclama: “Se acercan turbulencias. ¡Agárrese a usted mismo”. O sea que si no me aferro a mí, quién podría salvarme, actitud calificada de egoísta, de condenable individualismo, pero que certifica este vacío.


En el New York Times ha aparecido una crónica de Susanne Daley con fotografías de Samuel Aranda sobre este desmoronamiento social que va del desempleo al hambre físico, con un contundente enfoque donde se desnuda la tragedia de los desahuciados de sus viviendas por los bancos, de las largas protestas de ancianos y mujeres que carecen de salud y asistencia social, cuerpos famélicos, desconsolados, que ya Goya o Gutiérrez Solana habían retratado con dolor. Un contraste insultante con la bonhomía en que continúa viviendo la inmensa burocracia política que identificó su enriquecimiento con el progreso de España.


Cuando la clase política que actuó a base de  promesas de una sociedad justa, se deslegitima, viene la crispación ante lo que constituye, a todas luces, un atropello a lo humano. En medio de las ruinas de la economía estalla con más contundencia el alcance de estas mentiras, la precariedad de una justicia incapaz de defender al ciudadano ante el atropello de los grupos financieros, de la irresponsabilidad de los políticos. ¿Qué respuesta escogemos para no acabar de hundirnos en la desesperación? Ikónnikov, un personaje de “Vida y destino” de V. Grossman, recuerda: queda la pequeña bondad, la bondad del día, la bondad sin discurso, sin doctrina ni sistema, y como nos recuerda Finkielkraut, es de este brote extraordinario de la misericordia en el corazón de lo inhumano de donde surge la llama de una esperanza basada en la virtud civil de la compasión y la solidaridad hacia quien ha sido ofendido y engañado. El  bondadoso cristiano abre restaurantes para los hambrientos, centros de atención para las niñas atropelladas, enjuga la frente de los agonizantes condenados por una sociedad de triunfadores económicos. “Dios, recuerda Levinas, es el rostro de los otros”.