Editorial

ONU, impotente ante Siria
27 de Septiembre de 2012


Ser韆 la 鷑ica forma de evitar la profundizaci髇 de la guerra civil, aclimatar la paz y construir una verdadera democracia en ese atribulado pa韘.

Las cifras que describen la tragedia siria son apabullantes y deberían ser suficientes para que la comunidad internacional y los líderes del mundo mostraran más decisión y menos retórica a la hora de encontrar una solución que pare el derramamiento de sangre. El conflicto en que está sumido el país árabe desde marzo de 2011 ya suma 25.000 muertos, está causando un éxodo creciente de personas que huyen de los bombardeos indiscriminados del ejército y de los enfrentamientos con fuerzas rebeldes en zonas densamente pobladas, aparte de los 2,5 millones de sirios que desde el interior de su país claman por una urgente ayuda humanitaria.


El plan de paz del ex secretario general de las Naciones Unidas, Kofi Annan, que proponía la inmediata suspensión de los bombardeos y la conformación de una mesa de diálogo entre gobierno y opositores, fracasó rotundamente hace varios meses y desde entonces se recrudecieron las matanzas y se aumentó el número de personas que busca refugio en países vecinos. Éstos atendieron el llamado de la comunidad internacional a dejar abiertas sus fronteras, pero es tal el número de exiliados que ya no dan abasto para proveerles albergue y el mínimo vital, pese a la ayuda de la Agencia de la ONU para los Refugiados, Acnur. Sólo en Jordania, hasta el martes había 150.000, mientras que Turquía atendía 80.000, El Líbano albergaba 57.000 e Irak otros 18.000, según la misma agencia.


Estaba previsto que la crisis siria ocupara parte central de la agenda de deliberaciones de la Asamblea General de Naciones Unidas que se instaló el martes en Nueva York. En su discurso de instalación, el secretario general, Ban Ki-moon, reclamó como “un deber de nuestra generación el acabar con la impunidad de los crímenes internacionales, en Siria y en cualquier parte” y lanzó su enésimo llamado a que todos los miembros del Consejo de Seguridad asuman su responsabilidad ante lo que llamó “una calamidad regional con ramificaciones mundiales; una grave y creciente amenaza a la paz y la seguridad internacionales”.


Su propuesta concreta – sin referirse específicamente a potencias occidentales y a países de la Liga Árabe – es que se ponga fin al suministro de armas, tanto al régimen como a la oposición rebelde, por considerar que están sirviendo para que se cometan “brutales abusos contra los derechos humanos, principalmente por parte del gobierno, pero también por grupos de la oposición”. El ecuánime diplomático sudcoreano sabe de qué habla, pues encargó al investigador  brasileño Paulo Piñeiro un estudio independiente sobre la situación en Siria, cuya principal conclusión, después de reunir “una muestra formidable y extraordinaria de evidencias”, es que los crímenes de guerra de uno y otro bando son “flagrantes” y se han disparado en “número, ritmo y escala”. Veremos si la Asamblea, al final de los discursos, adopta alguna decisión práctica.


El nuevo enviado de la ONU para Siria, el argelino Lajdar Brahimi, tampoco ha conseguido avances en su empeño de encontrar una solución política negociada. Ésta pasaría necesariamente por un cese al fuego y un retiro lo más decoroso posible para Bachar Al Asad, que todavía muestra fortaleza militar y está además blindado políticamente por el apoyo de Rusia y China, que tres veces han vetado proyectos de resolución del Consejo de Seguridad para autorizar el uso de la fuerza, como se hizo en Libia. Priman en ello sus intereses bien conocidos de carácter económico, militar y geoestrátegico.


De conseguirse el cese de hostilidades y la salida de Al Asad, objetivos que el propio negociador considera remotos, dada la intransigencia del régimen, vendría la formación de un gobierno de transición, con participación de todas las fuerzas políticas sirias, tanto del 80% que representa la mayoría suní, como de la minoría cristiana y de la hasta ahora poderosa minoría alauí, del clan Al Asad. Sería la única forma de evitar la profundización de la guerra civil, aclimatar la paz y construir una verdadera democracia en ese atribulado país.