Columnistas

La desaparici髇 de la cr韙ica pol韙ica
Autor: Dario Ruiz G髆ez
24 de Septiembre de 2012


Lo que no puede hacerse en un momento hist髍ico como el que vivimos de frente a un eventual Proceso de Paz con las Farc es convertir las l骻icas discrepancias entre quienes defienden uno u otro punto de vista al respecto

Lo que no puede hacerse en un momento histórico como el que vivimos de frente a un eventual Proceso de Paz con las Farc es convertir las lógicas discrepancias entre quienes defienden uno u otro punto de vista al respecto, en un ejercicio de maledicencia que en lugar de servir para aclarar la complejidad del problema, lo que hace es rebajar un drama humano a anécdota informativa. Claro que esta puede ser una estrategia premeditada para quitarle dimensión moral al problema frente a aquellos que siguen secuestrados, para lanzar nubes de humo sobre el creciente papel del narcotráfico y el terrorismo o sea para tratar de que olvidemos las normas internacionales que nuestra Justicia no puede desconocer olímpicamente. Y también para que los informes y acciones de la Fiscalía señalando las grandes propiedades rurales que deben ser expropiadas a las Farc no sean lo suficientemente detalladas por los medios de comunicación para que la ciudadanía cautiva tenga una mayor claridad sobre lo que estos supuestos salvadores del pueblo han llevado a cabo con saña, disfrazada de razones ideológicas.


Insultos e improperios entre columnistas de izquierda y uribistas se ha venido convirtiendo en una demostración de ataques personales sin fundamento y no en el aporte crítico necesario para enfrentar objetivamente algo que, repito, olvida el drama de las víctimas, las dimensiones de un verdadero holocausto y encubre la verdadera magnitud de aquello que como un siniestro negocio se disfraza bajo la violencia de guerrilleros y narcotraficantes. Oponerse a la arbitrariedad, al terror es lo propio de una conciencia civilizada pero los principios del diálogo civilizado entran en crisis cuando el criterio de la razón se sustituye por el facilismo de señalar enemigos. Esta derrota del pensamiento, por hábiles fingidores, conduce a la debacle final.


Es lo que Pascal Bruckner denominó como “la tentación de la inocencia” o sea “esa enfermedad del individualismo que consiste en tratar de escapar de las consecuencias de los propios actos, a ese intento de gozar de los beneficios de la libertad sin sufrir ninguno de sus inconvenientes. Y se expande en dos direcciones, el infantilismo y la victimización, dos maneras de huir de la dificultad de ser, dos estrategias de la irresponsabilidad bienaventurada”. La tentación de la inocencia -ese negarse a ver los propios errores, la violencia de los conmilitones, a asumirse como ser responsable- se convierte en parodia de la despreocupación. “Me niego a creer que ellos hayan asesinado a esos niños”, “es imposible que ellos hayan hecho esos atentados”. Y esto es propio, como señala Bruckner, del inmaduro eterno: las juventudes totalitarias, los viejos militantes que dejaron que pensara por ellos la organización, el Partido. Y, el mártir autoproclamado, que tanto abunda hoy en los dirigentes de la izquierda populista, aquellos que han hecho carrera en su papel de eternos perseguidos.


Cuando los representantes de las Farc recurren al cinismo de negar sus crímenes y de presentarse como víctimas, están tanteando sobre algo que, prevén, puede ser una gabela en la mesa de conversaciones, pues suponen que los representantes del Gobierno carecen de ese horizonte humanístico que define a quienes deben defender la democracia con la energía moral necesaria frente a aquellos que han pretendido destruirla. Es aquí donde los intelectuales verdaderos, la universidad, los partidos políticos, los medios de comunicación, los periodistas, deben ser rigurosos en la defensa de las instituciones recordando el nombre de las víctimas, de los perseguidos, y el papel de la cultura frente a la barbarie.