Editorial

Coltan: mito y realidad
18 de Septiembre de 2012


Como ha sucedido con el oro, con el coltan puede pasar que la delincuencia vaya un paso adelante de la legalidad, pero esta termina imponiéndose. Es una lucha de nunca acabar, pero lo importante es que el Estado no pierda la iniciativa.

Hay mucha exageración y bastante desinformación en los medios de comunicación con relación al coltan. Hace tres años, un importante semanario vaticinaba que Colombia estaba ad portas de otra vorágine, en alusión a la explotación inhumana del caucho a comienzos del siglo pasado, que tan magistralmente describe José Eustasio Rivera en su novela. Por esa misma época, el coronel-presidente Chávez dijo que habían encontrado en la Orinoquia, cerca a la frontera con nuestro país, un “enorme yacimiento” de coltan y que había ordenado su militarización para evitar que el ‘imperio’ se lucrara de su explotación ilegal.


El tema volvió a agitarse la semana pasada, a raíz del hallazgo de 17 toneladas del codiciado material en territorio de un resguardo indígena, en el corregimiento Tapurcuara, de Mitú (Vaupés). El director general de la Policía, general José Roberto León Riaño, denunció que detrás de la explotación había organizaciones ilegales, guerrilla y bandas criminales, al parecer con nexos con carteles mexicanos que están viendo en el coltan una posibilidad de lavar dineros del narcotráfico. “A los indígenas les pagan cerca de 10 dólares por kilo y en el mercado internacional lo venden a razón de 80 o 100 dólares”, dijo el oficial.


Hay que aclarar que, en mineralogía, coltan no es propiamente un mineral, sino un término resultante de la contracción de los nombres de sus dos componentes más importantes: la columbita y la tantalita, de los que se extraen niobio y tantalio. Este último es el más apreciado por su altísima resistencia al calor, por ser 80 veces mejor conductor de electricidad que el cobre y por su resistencia a la corrosión, entre otras propiedades. Eso explica su altísimo uso en industrias como la computación, la electrónica, la telefonía móvil e incluso en la aeronáutica.


Por la forma en que se presentan las noticias, pareciera que departamentos como Vichada, Guainía y Vaupés estuvieran inundados de coltan y que el Estado, negligentemente, estuviera dejando semejante riqueza en manos de delincuentes. En primer lugar, el propio Ingeominas reconoce que aún no hay estudios que determinen a ciencia cierta qué tanto coltan poseemos. A nivel mundial se sabe que las mayores reservas están en el Congo, con cerca del 80 %, donde por cierto, el control de su explotación y exportación ha sido combustible de una sangrienta guerra, en la que se han involucrado vecinos ambiciosos como Uganda y Ruanda y detrás de la cual hay poderosos intereses económicos y geopolíticos. Brasil poseería el 10 % de las reservas, Sierra Leona el 5 % y otro 5 % se repartiría entre países como Venezuela, Colombia y Bolivia.


Como sucede con tantas otras materias primas, China está ávida por acaparar todo lo que le sirva para mantener boyante su economía. Se sabe que está en tratativas con el Gobierno de Evo Morales y en mayo pasado, en el marco de la visita del presidente Santos a Beijing, también se mostró interesada en evaluar proyectos mineros conjuntos, en lo que se conoce como ‘tierras raras’, es decir, aquellas en que se encuentran minerales que, además de escasos en la naturaleza, se han convertido en estratégicos para los países que los poseen, tanto por sus múltiples aplicaciones en los modernos desarrollos tecnológicos como por su alto precio en los mercados mundiales.


De manera un poco tardía pero consciente de esa realidad, el Ministerio de Minas y Energía, a través del Servicio Geológico Colombiano (antiguo Ingeominas) decidió a comienzos de este año catalogar como “estratégicos” a once minerales, entre los cuales figuran los tradicionales oro, platino, cobre y carbón (metalúrgico y térmico); el hierro, el uranio y, como último de la lista, el coltan. Además, resolvió declarar “Áreas Especiales de Reserva Estratégica” para desarrollar la explotación de esos minerales, a través de rondas en las que se adjudiquen a firmas que tengan demostrada capacidad técnica y financiera y ofrezcan las mejores condiciones para Colombia.


Como ha sucedido con el oro y con las esmeraldas -en los que sí somos comprobadamente ricos-, con el coltan puede pasar que la delincuencia vaya un paso adelante de la legalidad, pero esta termina imponiéndose. Es una lucha de nunca acabar, pero lo importante es que el Estado no pierda la iniciativa.