Columnistas

Corrupción endémica
Autor: Pedro Juan González Carvajal
18 de Septiembre de 2012


A partir de los años más o menos recientes, el país ha sido testigo cómo altos funcionarios de todas las ramas del poder público han caído en las redes de la corrupción, sin que hasta la fecha la mejoría haya sido notoria.

A partir de los años más o menos recientes, el país ha sido testigo cómo altos funcionarios de todas las ramas del poder público han caído en las redes de la corrupción, sin que hasta la fecha la mejoría haya sido notoria.


Parece que el tema de la transparencia sigue siendo parte del género de la fábula literaria acuñada desde la política, pues los resultados hasta el presente dejan mucho qué desear tanto del sistema educativo, como de la fortuna de los gobernantes al nombrar a sus coequiperos, o de nosotros los electores al elegir a nuestros representantes.


Y no es sólo en nuestro país, sino a nivel planetario donde jerarcas eclesiásticos, generales, jueces, primeros ministros, presidentes, ministros, fiscales, procuradores, gobernadores y alcaldes, entre otros, son malos ejemplos para la sociedad, que mira asombrada pero no atina a reaccionar, teniendo en cuenta que también desde el sector privado existen malos ejemplos por doquier, pues como pregunta Sor Juana Inés de la Cruz, “¿Quién peca más, el que peca por la paga ó el que paga por pecar?”.


Válido es rescatar campañas mediáticas y cartas internas que tratan de sensibilizar al ciudadano del común sobre estos asuntos, pero si desde la edad primera los niños no tienen un hogar que los respalde y desde que la justicia no actúe con oportunidad y energía, todo será simplemente una “dejada de constancia”.


El imperio romano se desmoronó por varias causas y de manera lenta, dentro de  las cuales es importante rescatar la corrupción, el hecho de que los romanos no querían pertenecer más al ejército y éste quedó en manos de mercenarios, y la aparición de tribus hostiles alrededor de unas fronteras no bien defendidas.


¿Qué nos hace falta para entender que nuestras instituciones ya no son representativas, ni son respetadas? ¿Por qué no entender que el actual modelo ya no cumplió con sus obligaciones y es un remedo de solución? ¿Qué hay que hacer para entender que si el tema de las drogas no es replanteado desde el fondo, cualquier cosa que hagamos será estéril? ¿Por qué no nos convencemos que haciendo más de lo mismo, no tenemos por qué conseguir resultados distintos?


Los Estados Unidos, a su interior, todavía están expiando las culpas de Nixon, quien como Presidente traicionó la confianza de los ciudadanos con manejos no éticos de los procedimientos y las reglas electorales.


Siendo respetuosos de las opiniones del otro, retomando a Voltaire, y rescatando el noble atributo social de la tolerancia, una de las acciones más elementales por realizar por parte de cada individuo, es determinar en cuál orilla nos encontramos con respecto a nuestra cosmovisión, ojalá eso sí, respaldada en la razón y no en la simple opinión emocional.


Yo, por ejemplo, soy amigo de la libertad y del orden, de la pena de muerte legal, de la eutanasia, de tratar como temas de salud pública tanto al tema del aborto como al de las drogas, de realizar una desocupación masiva de cárceles y gracias a la tecnología, al reincidente, aplicarle la pena capital. No tener preferencias con los criminales. Entender que el juez, el policía y el maestro son los pilares de la sociedad y que si ellos no son respetados, en su accionar y en sus decisiones, pues, ¡apague y vámonos! 


Además, que nadie es culpable hasta que se demuestre lo contrario y que en esto, a nuestra joven Fiscalía, todavía le falta recorrer mucho camino, lo cual resulta evidente cuando los medios de comunicación se abrogan la condición de jueces, de manera irresponsable y oportunista, buscando mejorar sus ratings.


Ahora bien, todo lo anterior, respaldado por una sociedad inequitativa e injusta que hace que nuestras relaciones sociales sean caldo de cultivo apropiado para el desorden y el irrespeto de las leyes, al no permitir, entre otras la movilidad social elemental.


Sin olvidar jamás a Cristo, recordemos uno de sus últimos mensajes: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”… ¿O sí?