Columnistas

El caso Yidis
Autor: Bernardo Trujillo Calle
15 de Septiembre de 2012


Me uno a quienes desde distintos lugares del país y mediante medios también distintos, están poniendo en duda las razones jurídicas que se tuvieron para la segunda condena de Yidis Medina.

Me uno a quienes desde distintos lugares del país y mediante medios también distintos, están poniendo en duda las razones jurídicas que se tuvieron para la segunda condena de Yidis Medina.  Tal vez sea, para decirlo de una vez, un caso excepcional y único en que un delito de soborno, imposible de cometerse por una sola persona, haya en Colombia llevado a la cárcel a una de las partes, y que estando la pena impuesta cumplida, la parte más comprometida, la del sobornador, ande por allí libre haciendo gala de su extraña impunidad. En cuanto a la segunda sentencia, a esa es a la que me refiero cuando pongo como tantos otros en duda la realidad de los motivos que llevaron al juez a proferirla, debe ser examinada en la segunda instancia con sumo cuidado por el superior con el fin de escudriñar los más recónditos meandros que corren por el expediente y partir de un hecho que ha sido denunciado por el propio Fiscal Montealegre hace unos pocos días: existe un cartel de testigos falsos dispuestos a servir los más oscuros intereses políticos o de otro orden, por una paga o por simple maldad, como lo hicieron en el caso de Sigifredo López.


No sería pues Yidis la primera víctima de esa tenebrosa organización criminal y tampoco será la última si no se le pone coto, si las autoridades llamadas a iniciar y culminar pronto una severa investigación con el fin de desarticularla y sancionarla, hacen oídos sordos y vista gorda, dejando que continúen cayendo en sus redes personas inocentes.  El Fiscal que viene averiguando el asunto y parece que sabe dónde está la punta del ovillo, tiene por razón de su cargo el deber de acometer con la máxima diligencia esta tarea.  No puede acumular fiascos como los de Sigifredo. Dejo claro y bien sentado que este comentario no va acompañado de investigaciones como las realizadas por Daniel Coronell o por El Espectador aparecidas el domingo en Semana y en el citado diario respectivamente.  Ni cito las palabras de Yidis donde hace un crudo y muy bien hilvanado relato del entramado “probatorio” fraguado por personas cuestionadas y ampliamente sospechosas que sirvieron de soporte para condenarla a 32 años de prisión después de haber pagado cuatro por un delito que sí cometió y confesó, pero imposible jurídicamente de realizarse sin la participación de los exministros que todos conocemos. Una venganza simple y llana por haber contribuido a la reelección presidencial anterior y valientemente haberlo denunciado de viva voz por los medios hablados y ratificado en expediente que por allí reposa y sobre el cual los estudiosos del derecho penal podrán hacer un curso de la nueva teoría sobre el delito de soborno, estrenada por nuestros máximos jueces en Yidis como conejillo de indias.


Dicen que la cuerda se rompe por lo más débil, en esta ocasión, por Yidis.  Y no es que pretenda hacer de Quijote “desfaciendo agravios y enderezando entuertos”.  Pero mi formación de abogado me mueve a cavilar sobre la justicia o la injusticia de un proceso como éste, en el cual la opinión de millones de colombianos está interesada en su curso por haber sido testigo de excepción. Nadie medianamente informado del asunto podría asumir una conducta de indiferencia o menosprecio por los resultados. En la Universidad donde trabajo, los estudiantes y profesores hacen burla de las ocurrencias de los abogados defensores de los mangoneros.  También en las tertulias de amigos es tema recurrente, si bien aquellos que sin dar un comino por el final de un juicio justo, desearían que algo o alguien se interpusiera a tiempo en esa carrera emprendida para llegar a una sentencia inicua, a una sentencia que llegue a validar el antiguo refrán de que el Código Penal es un perro que no muerde sino a los de ruana.  O a este otro que leí en escrito de Ñito Restrepo: “Más vale una cuarta de juez que una legua de razón”.  Me duele tenerlo que decir, el romanticismo de los primeros años de juez, de abogado, de catedrático, le está cediendo espacio a la decepción.


 P.S.: El Papa y los Obispos claman por la paz en Colombia y hay quienes se oponen. ¡Fariseos!