Columnistas

Aguirre, la difícil facilidad
Autor: Rubén Darío Barrientos
13 de Septiembre de 2012


Alberto Aguirre Ceballos se recibió como bachiller a los 15 años. Lo fue del Liceo Antioqueño, el mismo que lo preparó para ser un abogado del Alma Mater, con tan solo veinte años.

Alberto Aguirre Ceballos se recibió como bachiller a los 15 años. Lo fue del Liceo Antioqueño, el mismo que lo preparó para ser un abogado del Alma Mater, con tan solo veinte años. Tres años más tarde fue nombrado Juez del Trabajo y con treinta calendarios apenas, se aposentó en agraz como Magistrado de la Sala Laboral del Tribunal Superior de Medellín. Todo un tramo fulgurante y meteórico, para un personaje con una inigualable cultura y una aguda inteligencia.


A mediados de la década del setenta, empujó causas penales y también fue jurado de conciencia (como representante de la sociedad civil). Litigó casos de prostitutas y de personas sin oportunidades en la vida. Su fibra social era inexpugnable. Imagen imborrable representó su abnegación y entrega por las reivindicaciones de los habitantes de El Peñol viejo, cuando se habían cernido sobre ellos las expropiaciones  y la inundación se tornaba en embalse. Dormía Aguirre en ese entonces en la casa cural, y en cada mañana su coraje se abalanzaba sobre las tropelías.


El Maestro Aguirre no necesitaba firmar sus artículos, pues su pluma lacerante era inconfundible. Publicó “Cuadro” en EL MUNDO y El Colombiano y se trasteó a Cromos, para manufacturar sus ácidos artículos, bajo el título de “La Lengua”. En su honradez manifiesta, publicó allí su columna hasta que quiso, abdicando el día en que sintió que su potencia acostumbrada sucumbía. Era septiembre de 2009. Fue, así mismo, león herido de una fotografía social acuciosa, en la inmortal era del blanco y negro.


Su oficina, por muchos años, estuvo situada en el segundo piso de un edificio del centro (Girardot entre Maracaibo y Caracas). En el primer piso funcionaba el Centro de Cardiología de su inseparable hermano Alfonso. Allí no le cabía un libro. Era el reducto donde leía revistas y periódicos extranjeros y consumía frugales viandas. Poco a poco se dio cuenta que su vida era escribir y abandonó todo por este bello oficio. La Librería Aguirre rebosó su vida de alegría y los judíos que vivían en Medellín, eran la principal cáfila de compradores.


No era muy espacioso el local, pero allí se respiraba un aire diferente. Hasta que llegó el declive del sector librero y se volvió recuerdo un lugar diseñado para la inmortalidad. Su gran solaz fue el cine y como crítico, era un sabio. Sostuvo por varios años un programa en Radio Bolivariana (jueves, 8.30 p.m.), para referirse al séptimo arte. Admiraba a Víctor Gaviria. Fue colosal, como Luis Alberto Álvarez y Orlando Mora. No era amigo del licor, apenas se embriagaba con sus predilecciones.


Agudo, mordaz, riguroso, iconoclasta, panfletario, irónico y frentero, tuvo que exiliarse en España en 1987. Lo ahuyentó ser parte de una lista negra de personas amenazadas, la misma en donde figuró Héctor Abad Gómez. Antes de viajar, se escondió en un garaje dos días. Amante de la música clásica y del granizado de café, empleaba palabras claves, en sus artículos: casta, impudicia, bodrio, pamplinas, inane, melifluo, inocuo y otra veintena de términos apabullantes que fueron acuñados bajo envidiable calibre.


Respetuoso de las citas textuales (siempre daba crédito), nunca fue denunciado por calumnia, no obstante su fiereza para exponer ideas. Publicó su libro “Cuadro”, con doscientos artículos aparecidos en EL MUNDO y no asistió al lanzamiento. Fue un hombre sin vanidad, enemigo de la fama, inmisericorde contra lo arbitrario, que no tragaba entero. Como Aguirre, no volverá otro: era irrepetible. Hacía fácil lo difícil. Era, en suma, la difícil facilidad.