Columnistas

Blanca Uribe, Voronkov y Voronkova
Autor: Olga Elena Mattei
13 de Septiembre de 2012


Como todos habrán leído aquí, en las notas generales sobre el importante Festival Internacional producido por nuestra Filarmónica, el concierto de la noche del viernes 7 de septiembre fue el recital de la importante pianista antioqueña Blanca Uribe

Como todos habrán leído aquí, en las notas generales sobre el importante Festival Internacional producido por nuestra Filarmónica, el concierto de la noche del viernes 7 de septiembre fue el recital de la importante pianista antioqueña Blanca Uribe, (condecorada en Europa y admirada en los EEUU), con un interesante programa que comprendía dos Sonatas de Beethoven, en la primera parte, y Chopin y autores colombianos, en la segunda.


Para comenzar, la Sonata No. 2  del Opus 27 (Claro de Luna), de Beethoven.  A ella misma, se la oí en un salón de Bellas Artes, cuando ella era apenas una niña.  Obviamente, una partitura muy difícil para sus pequeñas manos, pero muy estudiada. Y me dejó de rodillas por admiración. Una niña prodigio. ¡Y cuánto estudio, cuántos éxitos, cuánta vida han pasado por su genio artístico, por su mente, su corazón... y su teclado!


Hoy en día, la artista consumada, la toca de una manera más visceral, como pensándola, como sintiéndola, como creándola por sí misma. Especialmente en el tercer movimiento, el más intenso y apasionado. Aquí llegan al paroxismo anímico el compositor y el intérprete al unísono. 


Blanquita despliega el más exquisito virtuosismo. Y, a lo largo de los más frenéticos y complejos pasajes, se alcanza a captar una copiosa incidencia de filigranas y detalles sonoros e interpretativos nunca antes percibidos en esta obra en otros intérpretes.  Es lo que se llama maestría.


En la sonata Opus 110, también de Beethoven, la sección de fuga nos mostró una ejecución con la más expresiva personalidad.  La mayoría de las veces, las fugas se escuchan dentro de un fraseo mecánico, de virtuosismo automático.  En la visión de Blanquita, se convierte en una manifestación de expresividad narrativa, psicológica y hasta dramática.  Hacia el final, escuchamos un cambio de tempo dentro del mismo ritmo, que nos sorprendió.


En la segunda parte, Blanquita comenzó con una obra ultramoderna (del joven pianista y compositor boyacense J. Pinzón), de ritmos mezclados y seca musicalidad, en una interpretación segura y energética que mostró la gran versatilidad de la pianista para la adaptación a nuevos lenguajes rítmicos y tonalidades estilísticas. 


Luego, tres obras de Chopin.  En la Fantasía Opus 49, que es una de las menos románticas, más difíciles y más intelectuales, a la pianista le salen los dedos desde los hombros.  En las otras dos, Blanca Uribe regresa a la dulzura y el romance chopiniano. Pasión con depuración artística y buen gusto.  


En suma, un recital variado y exigente que mostró excelencia, cumbres interpretativas, preciosismo y mesura intelectual. 
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El sábado 8 de septiembre se realizó el penúltimo concierto con la Filarmónica, dirigida por Guerassim Voronkov (Rusia). Comenzó con la Obertura de Don Pasquale, de Donizetti.  Entusiasta, crocante, festiva.  Cada sección se escucha con densidad afilada.  Enseguida, el Concierto No.1 para violín, de Paganini, con la esposa del director, Ala Voronkova (Ucrania), como solista.  Su sonido, bellísimo, vibrante, contundente, expresivo, con inflexiones diversas, no comunes en las interpretaciones de este concierto. Extraordinaria, sobre todo la ‘cadenza’ del primer movimiento (del francés Émile Sauret), de increíble virtuosismo y difícil ejecución.  


Aquí los pasajes de las ‘cadenzas’ incluyen numerosísimos armónicos, con cuerdas dobles y triples, inmensamente difíciles de tocar.  Estas exigencias extremas pueden causar algunas fallas de entonación que, sin embargo, se excusan por las inmensas dificultades.  Como generoso encore, el Capriccio #24 de Paganini.


La última parte del concierto estuvo dedicada a Tchaikovski, con apartes de El Lago de los Cisnes.  Uno pensaría que un ballet en concierto, sin las escenas de danza, produciría un vacío...  ¡Pero no! En la dirección de Voronkov resulta lo contrario: se entra en un mundo nuevo, con maravillosos descubrimientos. Se puede atender y gozar con mayor intensidad el prodigio del genio de Tchaikovski.  Bajo esta batuta, el sonido por sí solo hizo los pasos. La orquesta brilla intensísimamente.  El solo de violín, en el famoso “pas de deux”, en el arco del concertino Gonzalo Ospina, fue un deleite exquisito.  Sonido recio y firme, y de bello color.  Pavel Rusev, en el primer chelo, le contesta, y logran el bellísimo dúo de amor de la princesa cisne y el príncipe enamorado.


Tras atronadores aplausos, el “encore”: la preciosa danza de Los Cuatro Cisnecitos.