Columnistas

Un valle para la vida
12 de Septiembre de 2012


Si Medellín quiere ser un hogar para la vida, como es el lema de la actual administración municipal, tiene en la búsqueda de la convivencia armónica colectiva uno de sus principales desafíos

Manuel Manrique Castro


Si Medellín quiere ser un hogar para la vida, como es el lema de la actual administración municipal,  tiene en la búsqueda de la convivencia armónica colectiva uno de sus principales desafíos,  tanto porque trae de atrás las cicatrices de una dolorosa historia de violencia como porque esa marca corrosiva sigue presente causando estragos incesantes y alterando el curso del devenir tanto público como privado. Claro está, y eso muestra el largo camino positivamente recorrido,  nos encontramos muy lejos de las 6.349 muertes ocurridas en Medellín el año 1991 ya que las del 2011 llegaron a 1.649 que sitúan a la capital de Antioquia en el segundo lugar entre las 13 principales ciudades de Colombia, aunque con la tasa de homicidios más alta entre ellas.


Ese espécimen de mil cabezas, el de la violencia, se ha infiltrado de muchas formas en el entramado de la vida actual y si nos estremece e indigna cuando actúa bajo la careta del narcotráfico, de bandas delincuenciales o de grupos armados ilegales, ocurre lo propio @guardando las distancias- si tiene lugar como resultado de la incapacidad humana para manejar sus relaciones lejos de los golpes, las armas de fuego o cualquier instrumento que haga daño.  Con mayor razón cuando se trata de mujeres o niños indefensos, que no cesan de ser blanco de aquella insania.


Pero Medellín es uno de los diez municipios que componen el Valle de Aburrá  y hace rato que la mancha de la violencia opera aprovechando ese conjunto.  El tamaño del municipio importa pero no es decisivo porque cualquier escondite lejos del ojo policial será propicio para la delincuencia. De otro lado, las inequidades sociales y la precariedad de los valores ciudadanos,  actúan sin noción de las frágiles fronteras municipales.


Seguramente con base en ese reconocimiento, el Área Metropolitana del Valle de Aburrá decidió entrar de lleno, en coordinación con los municipios,  a la promoción de una cultura de convivencia y de respeto a los derechos humanos, por medio de un programa que empezará en 24  instituciones educativas -y sus entornos familiares y comunitarios- en 8 de las 10 entidades municipales del Valle. Sobre la base de esta primera experiencia y aprendiendo de las lecciones que deje, está prevista, para el próximo año, su ampliación a un número mayor de escuelas.


En la presentación de la iniciativa,  su director, Carlos Mario Montoya, decía que al Área se le conoce más por la obra física y el cuidado del medio ambiente, pero que esta región no podrá tener desarrollo si los temas sociales no están debidamente trabajados y en esa medida impulsará la tarea de prevención de la violencia y de promoción de cultura ciudadana que se ha propuesto.  Positiva  entrada del Amva a una temática del mayor interés ciudadano que sin duda la llevará a otras dimensiones que inciden en la vida de los más de 3 millones y medio de habitantes del Valle de Aburrá.


En este esfuerzo Medellín tiene mucho que aportar por su larga experiencia procurando forjar convivencia positiva y previniendo la violencia. Lo importante también es que la iniciativa esté enlazada con los planes de acción de los municipios,  derivados de los correspondientes planes de desarrollo, y  se traduzca en políticas públicas que le den sustento de largo plazo. Lo que necesitamos es que, no sólo Medellín, sino todo el Valle de Aburrá sea un hogar para la vida.