Columnistas

Entre la esperanza y el escepticismo
Autor: Jorge Arango Mej韆
9 de Septiembre de 2012


Tambi閚 es innegable que durante los ocho a駉s del gobierno de Uribe pasaron de los tiempos del triunfalismo del Cagu醤, a una creciente debilidad.

Ha anunciado el presidente Santos el comienzo de un proceso de paz con las Farc y ha abierto, además, las puertas al Eln. La noticia ha originado dos reacciones: esperanza y escepticismo. Veamos sus causas y explicaciones.


Sea lo primero decir que la experiencia universal demuestra que estos conflictos terminan por medio de una negociación y no por la victoria absoluta del Estado o de sus enemigos. Fue lo que aconteció en Sudáfrica y en Irlanda, por ejemplo.


Hay motivos para pensar que las Farc y los demás grupos de delincuentes semejantes, llevan las de perder. Sin embargo, erradicarlos completamente exigiría quién sabe cuántos años. Por fortuna, ya no pueden esperar ayuda, como en los tiempos de la Unión Soviética. Tampoco Cuba está en capacidad de auxiliarlos. Y Venezuela lo más que hará será servir de refugio a algunos de sus cabecillas.


Al parecer, estos grupos han llegado a la conclusión de que el desprestigio causado por el secuestro no se compensa con sus rendimientos económicos. Y depender del tráfico de estupefacientes implica el riesgo permanente de ir a parar a una cárcel de los Estados Unidos.


También es innegable que durante los ocho años del gobierno de Uribe pasaron de los tiempos del triunfalismo del Caguán, a una creciente debilidad. La balanza se inclina ahora en su contra: son las Fuerzas Armadas las que están a la ofensiva.


Tampoco han podido cumplir una de sus aspiraciones: la de llevar la guerra a las ciudades y conseguir el apoyo de la población. Cada día será menor su poder de intimidación.


Todo lo anterior permite abrigar la esperanza de que la guerra esté llegando a su fin.


¿En qué se basa el escepticismo? En diferentes hechos.


El primero, el secuestro. Solamente cuando las Farc liberen a todos los secuestrados y renuncien absolutamente a este delito atroz, serán verosímiles sus propósitos de someterse a la ley.


El segundo, el tráfico de cocaína y otras sustancias similares. Mientras este negocio produzca tan gigantescas utilidades, es difícil creer que las Farc y el Eln lo abandonarán.


El tercero, la existencia de una generación que se ha formado en el bandolerismo y que solamente conoce esa forma de vida. Dueños y señores de vidas y haciendas, el camino hacia la convivencia y su sometimiento a las reglas de ésta, no debe ser muy llamativo para ellos.


Hace solamente unos días escribí sobre lo difícil que es creerles a las Farc. No he cambiado mis ideas al respecto.


Solamente me convencerían de lo contrario hechos de paz, como la liberación de los secuestrados y la renuncia al narcotráfico, lo mismo que el cese de las acciones terroristas.


Sin embargo, en un acto de fe en Colombia, hay que confiar en que las gestiones del presidente Santos conduzcan a la paz. Hay que ser optimistas, para esperar que nuestros nietos no tengan que vivir la tragedia que los colombianos hemos soportado durante más de 40 años. Jamás se podrá hacer la cuenta de lo que el bandolerismo (que nada bueno ha hecho) ha costado a la nación: las vidas humanas están más allá de cualquier valor material; y las pérdidas materiales son incalculables.


Nadie sabe cuántos son los miembros de estos grupos de delincuentes. Habrá que diseñar la forma de reincorporarlos a la vida social, tarea nada fácil.


Y están a la vista dos temas fundamentales: el castigo de los crímenes atroces y la reparación de los daños causados. Es comprensible que para poner fin a este capítulo desgraciado haya que hacer sacrificios en estos dos aspectos. ¿Cómo y hasta dónde? Ahí está una pregunta para el gobierno y, lógicamente, para todos los colombianos.


Una última consideración: el próximo año comienza la campaña presidencial. El presidente Santos se juega una carta de la mayor importancia: un as. Ojalá esta circunstancia no traiga consigo complicaciones y no lleve a algunos a convertir las posibles negociaciones en asunto electoral. Dicho en otros términos: uno tiene que ser el proceso de reconciliación; otro, completamente diferente, el de la sucesión presidencial.


Tengo algunas objeciones sobre los negociadores del gobierno, pero prefiero no publicarlas. El tiempo dirá si su designación fue acertada.