Editorial

EE.UU.: del gran show a la real contienda
8 de Septiembre de 2012


De la capacidad dem骳rata de mantener y aun aumentar ese 65 % del voto hispano y de la que pueda demostrar su contraparte para ara馻r esa mayor韆 y conquistar la franja de indecisos, depende hacia d髇de se incline la balanza.

Cayó el telón y se apagaron las luces de las convenciones republicana y demócrata en los Estados Unidos, dos espléndidas y costosísimas fiestas partidistas de las que nadie esperaba sorpresas, pues se trataba de proclamar, de un lado, la fórmula Romney-Ryan en su aspiración de llegar por primera vez a la Casa Blanca y, del otro, la dupla Obama-Biden, dispuesta a conquistar de aquí al 6 de noviembre su derecho a un segundo mandato.


En el marco de la convención, cada candidato aprovechó la más alta exposición mediática de toda la campaña, para llegar a cada ciudadano y a cada hogar estadounidense con los aspectos más relevantes de su plataforma de gobierno. Romney, como era de esperarse, enfocó su discurso de aceptación de la candidatura a atacar a Obama por lo que sus asesores consideran el “talón de Aquiles” del presidente: el manejo económico. Y la verdad es que sus esfuerzos no han sido suficientes para imprimir un mejor ritmo a la recuperación económica y reducir sensiblemente el desempleo que en agosto estaba en el 8,1 %. Romney ironizó, diciendo que “el presidente Obama prometió parar las mareas de los océanos y sanar el planeta... Yo les prometo un país en el que todo el que quiera un trabajo, lo encuentre; en el que los mayores no sientan inseguridad ante su jubilación”.


En la contraparte, el encargado de ripostar en ese tema fue el expresidente Clinton, a quien por cierto le fue muy bien en ese frente e hizo célebre la frase: “¡Es la economía, estúpido!”, para significar que allí está la clave para ganar elecciones. En su discurso de proclamación afirmó: “Nadie es capaz de arreglar en cuatro años la situación que Obama heredó; él heredó una economía profundamente dañada, contuvo el desastre, comenzó el difícil y largo camino a la recuperación, y planteó la base para una economía más moderna y mejor equilibrada”. A su turno, el presidente-candidato comparó su lucha con la del presidente Franklin D. Roosevelt, quien lideró al país durante la Gran Depresión, y pidió a los republicanos asumir “una responsabilidad compartida” en la búsqueda de soluciones a la peor crisis de EE.UU. desde la década de 1930.


En materia económica, el discurso demócrata suena más convincente y realista. En empleo, por ejemplo, Obama asegura haber creado poco más de un millón de nuevos empleos y promete otro tanto de aquí al 2016. Romney, sin explicar cómo lo conseguirá, promete generar en cuatro años la fabulosa cifra de 12 millones de puestos de trabajo. En ese, como en muchos temas que preocupan a los votantes norteamericanos, falta ver cómo les va en la etapa decisiva, que ahora comienza, en la cual pesarán mucho sus desempeños en los debates en televisión y las múltiples intervenciones en plazas públicas y recintos cerrados, en sus esfuerzos por convencer a las minorías, a los apáticos y a los indecisos de salir a votar por sus propuestas, pues saben muy bien que el día de la verdad la victoria o la derrota se definirá por escasa diferencia. Así lo señalan las encuestas y también la historia reciente de las elecciones en los Estados Unidos.


Dos semanas antes de las convenciones, una encuesta divulgada por la Associated Press y GFK daba a Obama-Biden una intención de voto del 47 %, contra un 46 % a favor de Romney-Ryan, con un margen de error de +-3 puntos. En otro sondeo, aparecido en The Washington Post y la cadena ABC, se mantenía la diferencia de un punto (47 % contra 46 %), pero favorable a la dupla republicana. Es lo que se conoce en el argot como un empate técnico.


La mayoría de los analistas considera que esta vez, como en elecciones anteriores, el voto hispano va a ser definitivo. En las elecciones de 2008 acudieron a las urnas 10.2 millones de hispanos, de los cuales 6.7 millones votaron por Obama, pero cerca de 8 millones se abstuvieron. El potencial de electores hispanos para este año fluctúa entre 21 y 22 millones y la participación prevista es de 12 millones. De la capacidad demócrata de mantener y aun aumentar ese 65 % del voto hispano y de la que pueda demostrar su contraparte para arañar esa mayoría y conquistar la franja de indecisos, depende hacia dónde se incline la balanza. Se abren, pues, las apuestas dentro de una contienda de pronóstico reservado.