Columnistas

Del “Reyecito” al “Gran Dictador”
Autor: Tomás Castrillón Oberndorfer
5 de Septiembre de 2012


Preocupa mucho que las actuaciones de algunos gobernantes despiertan recuerdos relacionados con vivencias de hace muchos años.

Preocupa mucho que las actuaciones de algunos  gobernantes despiertan recuerdos  relacionados con vivencias de hace muchos años. Es entonces que vienen a la memoria, muy repetidamente, la tira cómica “El Reyecito”, y también  la película de Chaplin, “El Gran Dictador”.


A mediados del siglo 20, se publicaba una tira cómica titulada “El Reyecito” con la autoría de Otto Soglow, en la cual se describían las ocurrencias de un rey que “hacía y deshacía a su antojo”, en una corte llena de boato, esplendor y lujos, en donde los generales, los ministros, los criados, los guardias, y, en fin, todos los allegados eran de una elegancia increíble y, además, “era el suyo un país que vivía su santa voluntad a veces chocante, a veces divertida, a veces llena de perplejidad”,  en resumen, muchas de sus actuaciones eran divertidas aunque algunas veces se le podía aplicar lo de “reír llorando”. No está claramente definido cómo llegó al poder “el Reyecito”, pero es de presumir que fue como “heredero” de un clan monárquico (delfinazgo que llaman).


En el “Gran Dictador”, Charles Chaplin hace una parodia, medio en serio, medio en broma, del dictador nazi Adolf Hitler. Se presentan claramente hechos como la forma como fue exaltado “democráticamente” por un partido, y las persecuciones que desataba. Asimismo que estaba rodeado de una claque de paniaguados cómplices. En la película hay un baile en el cual el dictador se solaza sometiendo a un gran balón, que representa al globo terráqueo, a toda clase de golpes, contactos, lanzamientos y giros, representando su ambición respecto al mundo. Al final ¡la pelota estalla! Sumiendo en la tristeza al “Dictador” al perder su “juguete”.


Ambos tipos de poderes, omnímodos, tienen semejanzas como la del “poder absoluto”, que al decir de los sabios “corrompe absolutamente”. Usualmente están rodeados de una corte de aprovechadores que, entre otras cosas, los desconectan de la realidad.


Pero entre “el Reyecito” y el “Gran Dictador” también hay diferencias notables. “El Reyecito” no hacía uso desmedido de la propaganda muy al contrario del “Gran Dictador”. Las comunidades, que eufemísticamente llaman “el constituyente primario”, como recordaría Marañas, eran “la más” resignada en el caso del “Reyecito” y “la más” aterrada en el caso del “Gran Dictador”.


En ambos tipos de gobiernos “no se pierde un peso”, porque en el caso del “Reyecito”, los recursos financieros se transformaban en esplendor y lujos, y en el caso del “Gran Dictador” se convertían en una propaganda Goebbeliana, que da origen, entre otras cosas, a embelecos como los que nos agobian actualmente: los “contactos exploratorios”, las “mesas de unidad” y los “marcos jurídicos para la paz”, y,  también en desatar toda clase de persecuciones.


Evidentemente estos tipos de gobiernos corresponden a extremos, pero le queda a la comunidad la misión de determinar si los gobernantes de turno adolecen de algunos de los factores indeseables que caracterizan a los gobernantes descritos. ¡Queda la tarea!