Columnistas

Kierkegaard y el silencio
Autor: José Alvear Sanin
5 de Septiembre de 2012


Habrá que volver sobre mi viejo amigo Sören Kierkegaard. Después de tantísimos años volvemos a toparnos, ahora a través de “Para un examen de sí mismo recomendado a este tiempo”.

Habrá que volver sobre mi viejo amigo Sören Kierkegaard. Después de tantísimos años volvemos a toparnos, ahora a través de “Para un examen de sí mismo recomendado a este tiempo”. (Madrid: Trotta; 2011), que para muchos es un compendio de su pensamiento.


Acababa Kierkegaard de terminar su tormentosa relación con Regina, cuando a la luz de la luna, Alberto Vélez y yo escudriñábamos el pensamiento de nuestro guía. Pasaban las horas –porque Sören es un filósofo adictivo— antes de regresar a casa, bien pasada la medianoche, donde la buena madre me reprendía creyendo que estaba en compañías menos edificantes…


¡Pobre Sören! Si hubiera podido dejar la cáscara amarga del luteranismo, ¡cuánto más luminoso hubiera sido su acercamiento al evangelio, cuánto menor su sufrimiento! Ahora bien, como no soy teólogo, apenas voy a darle la palabra, para que nuevamente, como Johannes de Silentio (el de “Temor y Temblor”) nos hable del ruido.


¿Qué tráfago lo atormentaba en 1851? ¿Cómo hace para dejar estas líneas, que parecen escritas precisamente para hoy?:


“La Palabra de Dios no puede ser escuchada y si, con la ayuda de recursos ruidosos, debe ser proclamada a gritos para ser escuchada en pleno alboroto, entonces deja de ser la Palabra de Dios, ¡procura silencio!  Oh, todo hace ruido; y como se dice de un trago excitante, que revuelve la sangre, así también en nuestro tiempo, toda empresa, aun la más insignificante, toda comunicación, aun la más banal, ¡sólo busca agitar los sentidos o conmover a la masa, la multitud, el público, el ruido! Y el hombre, esta cabeza sagaz, que se ha vuelto casi insomne a fin de inventar nuevos medios para aumentar el ruido, para propa­gar a la mayor velocidad y escala posibles el alboroto y la banalidad. Sí, la inversión está al punto de lograrse: la comunicación casi ha sido reducida al mínimo nivel de significación y al mismo tiempo los medios de comunicación casi han llegado al máximo nivel de una veloz expansión que todo lo inunda; pues qué es lo que se tiene tanta prisa en difundir y, por el otro lado, qué es lo que tiene mayor difusión que ¡las habladurías! ¡Oh, procura silencio!”
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Muy oportuna la postulación de Ernesto de Bedout como colombiano ejemplar. Pocos compatriotas han ascendido tan merecidamente en compañías transnacionales. Y pocos como él para servir al país con tanta eficacia y desinterés desde el exterior.