Columnistas

Acuerdo rápido y sin trampas
Autor: Sergio De La Torre
2 de Septiembre de 2012


Los colombianos venimos padeciendo el síndrome del Caguán, que nos retrae y arisca frente a cualquier trato con la guerrilla. Y con razón, por aquello de que al perro no lo castran dos veces.

Los colombianos venimos padeciendo el síndrome del Caguán, que nos retrae y arisca frente a cualquier trato con la guerrilla. Y con razón, por aquello de que al perro no lo castran dos veces. Cuando hablo de los colombianos los abarco a todos, incluidos los que, habiendo causado el desastre y en un vano intento por exculparse, nos salen ahora con la añagaza de que, pese a todo, aquello en algo ayudó. La excusa conmueve por lo cínica, o por lo tonta: sugiere que dicho experimento, que casi desbarranca a Colombia por cuenta de las Farc y sus patrocinadores foráneos, sirvió al menos para que nosotros y el mundo conociéramos su doble faz, su naturaleza tramposa, y así, ya escarmentados, no  cayéramos en la misma ingenuidad en el futuro. Como si uno necesitara que le propinen una paliza feroz, y casi lo maten en la obscuridad de las calles, para no volver a salir de noche, sin precauciones mínimas.


Tal excusa la esgrimen, y la repiten, muy orondos, el inefable doctor Pastrana (quien no consigue salir del foso en las encuestas) y sus agentes, que nos tuvieron 4 años en vilo, pendientes del espectáculo, sin sonrojarse. Confiados en que éste sigue siendo el país del olvido, donde todo se perdona. Y sí, en efecto, todo se olvida aquí, salvo el Caguán, donde el gobierno entregó tanto, empezando por la dignidad, a cambio de nada.


Hoy, cuando se anuncia un nuevo diálogo, uno espera que no se repita el mismo despliegue de irresponsabilidad, de un lado, y de candidez, del otro, que se dio bajo la égida del megapersonaje citado. Irresponsabilidad, digo, por haber expuesto al país al peligro mortal que lo acechó desde el poder paralelo erigido en el sur, a trueque de una foto y una falsa promesa de paz que le permitiría ganar la elección presidencial del 98, cabalgando sobre la esperanza de una nación agobiada hasta el cogote. Y candidez, en cuanto a que cedió demasiado, más de lo que podía, sin recibir en pago sino desplantes, como el de la silla vacía, cuando Tirofijo lo dejó plantado. Con solo eso hubiera bastado para que cualquier gobernante abandonara la mesa y diera el portazo que le pusiera fin a la farsa. Pero, imaginemos el hecho al revés, con Pastrana ausente y Marulanda desairado: juraría que el viejo campesino, insurrecto desde su mocedad, no se hubiera aguantado un minuto en el sitio. Y en hablando del presidente de entonces, agreguemos que nunca antes nadie de su rango había tardado tanto en percatarse de que lo estaban esquilmando a plena luz.


El diálogo anunciado tendría lugar en un contexto distinto al anterior. Ya conocemos las diferencias, para repetirlo aquí, pero destaquemos una: las Farc  hoy están replegadas, a la defensiva, tanto en lo militar como en lo político, en el plano nacional y en el internacional. Nadie lo niega, ni siquiera ellas mismas. Y eso es suficiente para que el resultado que se augure no sea ineluctablemente el del fracaso. En tales circunstancias, ¿qué de malo tiene abrirle un compás de espera al Presidente Santos en este intento (al parecer laboriosa y concienzudamente trabajado desde antes aún de asumir el mando) por lograr un acuerdo serio y provechoso con la subversión? Un reto semejante, sembrado de incógnitas e interrogantes, plagado de incertidumbre, lo menos que reclama de nosotros (aún de  escépticos incurables como quien esto escribe) es que le reconozcamos al gobierno siquiera el beneficio de la duda. Y que esperemos a que comience, y avance algo, antes de dedicarnos a propagar el pesimismo, que acaba matando toda esperanza o expectativa.


Es tan acuciante el anhelo de paz y tranquilidad en el alma de los colombianos (salvo los extremistas de uno u otro bando que, según me luce, se refocilan con la conflagración), que todos, como movidos por un resorte nos prendemos de cualquier posibilidad que esté a la mano, así sea un clavo ardiendo. Secundar pues el proceso, aún en medio de las dudas, en esta hora crucial se vuelve un imperativo moral (más obligante y eficaz que el manido deber ciudadano) para cualquier compatriota. Sin excluir a sus censores y críticos, sean éstos espontáneos, o bien obren inducidos por cualquier interés subalterno o mezquina pasión.