Columnistas

¿Por qué tanto optimismo?
Autor: Iván Garzón Vallejo
1 de Septiembre de 2012


He sostenido en esta columna, en mi blog, y en trabajos académicos que el conflicto armado colombiano debe terminar en una mesa de negociación.

He sostenido en esta columna, en mi blog, y en trabajos académicos que el conflicto armado colombiano debe terminar en una mesa de negociación. Así lo muestra la experiencia internacional, pero sobre todo, la inercia de un conflicto que ajusta medio siglo y en el cual, si bien el equilibrio entre las fuerzas ha variado, no es seguro que algún día cercano el Estado vaya a ganar la guerra por la vía militar. O quizás lo haría, pero en un tiempo lejano. Así las cosas, de continuar por este camino, es probable que la guerrilla no desaparezca nunca, y se mantenga como un factor de poder, aunque disminuido. 



Dicho esto, voy a expresar las dudas que me hacen sentirme escéptico e incrédulo ante el anuncio de un nuevo proceso de paz, y a preguntarme, con cierto desconcierto: ¿Por qué tanto optimismo? El momento histórico, el tufillo reeleccionista, una nueva negociación sin que los insurgentes silencien los fusiles, y la incertidumbre sobre la real voluntad de paz de la guerrilla son las razones que tengo para desear un debate público más moderado. 


Primero, el momento histórico. ¿Es éste un momento oportuno para volver a intentar un nuevo proceso de paz? Hay que tener en cuenta que tan solo en dos años hemos pasado del entusiastamente llamado “principio del fin” al envalentonamiento y reactivación del poder terrorista y de intimidación de la guerrilla. Por eso, intentar negociar con una guerrilla que ha ejecutado decenas de actos terroristas en los últimos meses, y que ha ido ganando el terreno que había perdido en unos 50 municipios, puede ser asumido por ellos como una oportunidad para consolidar lo ganado y avanzar más. Es decir, una nueva tregua que les concede el Estado. 


Segundo, el tufillo reeleccionista. Que desde el inicio este proceso tenga el sambenito de que es la carta que el Presidente Santos se juega para ser reelegido es totalmente inconveniente, porque ata la suerte del país a los cálculos de un gobernante que tiene en picada su popularidad y en entredicho su gobernabilidad. 


Tercero, ¿negociar otra vez en medio de la guerra? Aunque para ser una agenda post-Caguán, la nueva agenda es muy ambiciosa, surge de nuevo la pregunta de ¿por qué si el Estado está más fortalecido que cuando llegó al Caguán no puso la condición de un cese al fuego para comenzar a negociar? Este hecho siembra la duda -¡y desde el arranque!- sobre la real voluntad de paz de la guerrilla, y no ofrece ninguna certeza de que no estemos ante un nuevo fracaso histórico, como lo fueron las negociaciones de Caracas, Tlaxlcala y el Caguán.  


Cuarto, la incertidumbre sobre la voluntad real de la guerrilla. Aunque el inicio de un nuevo proceso de paz ha generado un optimismo generalizado entre políticos, periodistas e intelectuales, los colombianos no podemos desconocer los enormes riesgos que este implica. Sobre todo porque hasta ahora, más allá de los discursos, acercamientos y negociaciones previas, en las cuales la guerrilla ha sido experta en mostrar una bandera pacifista pero marrullera, no hemos visto hechos concretos y tangibles de paz. Por el contrario, ahora sabemos que con los atentados de las últimas semanas las Farc estaban presionando a la sociedad y al Gobierno para persuadirnos de la conveniencia de iniciar una negociación. 


Dado que estas recetas son conocidas y les han dado éxito, como sociedad deberíamos aplicar el conocido dicho popular: “al perro no lo capan dos veces”. Por el bien del país, ojalá esto lo sepa interpretar y transmitir el Gobierno en la mesa de negociación que ya es prácticamente un hecho.