Columnistas

¿Quién le paga a Sigifredo?
Autor: Bernardo Trujillo Calle
18 de Agosto de 2012


Ahora resulta que la alborozada noticia que nos dio el Fiscal Montealegre hace unos meses de haber desenredado la madeja de una gran conspiración política de funcionarios, empresarios y gentes de alta distinción involucrados en actos de Farc

Ahora resulta que la alborozada noticia que nos dio el Fiscal Montealegre hace unos meses de haber desenredado la madeja de una gran conspiración política de funcionarios, empresarios y ge ntes de alta distinción involucrados en actos de Farc y narcopolítica, cuando no de terrorismo, se redujo a la única detención del exdiputado y exsecuestrado Sigifredo López, sindicado del espantoso crimen de haber participado en el asesinato de sus compañeros de secuestro, y de perfidia,  que es acto vituperable de traición y deslealtad, hoy puesto en libertad porque los indicios, los testimonios, las pruebas que contra él se levantaron falsamente, vinieron a decaer estrepitosamente dejando por el momento su nombre limpio de los atroces delitos.


Primero fue su voz cotejada con la de una defectuosa grabación proveniente no se sabe de dónde ni con qué fin; luego sus facciones, principalmente la nariz de rasgo indígena, parecida a la del guerrillero semioculto que apenas la insinuaba mientras parecía dirigirse a un grupo de compañeros; más tarde las declaraciones de cuatro testigos que fue la prueba reina que comprometió su hipotética participación en el genocidio y todo, absolutamente todo, venido a menos, derrumbado como castillo  de naipes ante el examen riguroso del material probatorio construido en torno de la farsa que se le montó para darle gusto a ciertos sectores de la política que han esperado en vano la avalancha de personas importantes que vayan a acompañar en las cárceles a quienes ya han sido juzgados y condenados por delitos relacionados con la parapolítica.  Se pretende equilibrar la balanza que hoy está inclinada por el peso de 80 convictos de estos delitos.


El Fiscal, un poco tarde, denuncia la presencia de un cartel de falsos testigos que se están prestando (¿desde cuándo?) para incriminar a gentes de bien por una paga. Mediante este artificio, se extorsiona a quienes prefieren despojarse de su dinero antes que sufrir el escarnio del deshonor social.  Pero lo más repugnante es que también esos testigos se han encaminado por vías de mayor alevosía para llevar a la cárcel a ciudadanos irreprochables o para desviar investigaciones, si de juez o magistrado se trata.


No hemos salido de la etapa de los carteles que vienen ensombreciendo a Colombia.  Pareciera que estuviésemos condenados a padecerlos en riguroso orden cronológico: el de la droga, cuya cabeza visible en Antioquia fue Pablo Escobar y en Cali los Rodríguez Orejuela y los Urdinola Grajales.  En Boyacá, los Rodríguez Gacha; los del norte del Valle que hicieron metástasis en las Águilas Negras, los Urabeños y los Rastrojos.  Después llegaron algunos avivatos y conformaron el cartel de los remates en juzgados de todo el país en conturbenio con funcionarios que se enriquecieron subastando por casi nada valiosos bienes inmuebles. Carteles de la contratación corrupta, apoderados de los presupuestos de departamentos y municipios vaciaron las arcas públicas. Y finalmente, el cartel de los falsos testigos, lo que faltaba, patrocinado por abogados indecorosos y funcionarios venales. ¡Una plaga!


Se pregunta la sociedad quién pagará los daños morales y en qué moneda podría hacerse ese pago que se la hará a Sigifredo López, que a más de padecer siete años de secuestro, le cae de sorpresa la infamante mancha de una sindicación de perfidia y genocidio.


P.S.: Sin perjuicio de volver sobre el tema, lo de la elección de Guerrero como magistrado de la Corte Constitucional, a diferencia de los que piensan y dicen como el senador Salazar que ese máximo tribunal debiera ser totalmente conservador para garantizar la mayor pulcritud y otras pendejadas más, hay quienes nos dolemos de que se haya roto la armonía y el espíritu de independencia y de respeto por los fundamentos liberalizantes de la Carta del 91 y que desde allí empiece a tomar cuerpo la peregrina idea, traída de los cabellos, de buscar por este atajo, el regreso del ex presidente Uribe a la Presidencia. Algo se ha hablado en voz baja y conociendo los tortuosos caminos por donde viajan los expedicionarios de esta aventura que no quiere concluir, los colombianos demócratas debemos alertarnos para evitar esa posibilidad atemorizante.