Columnistas

Conocer y educar
Autor: Dario Ruiz Gómez
13 de Agosto de 2012


Cuando escucho que se habla sobre planes de desarrollo, educación, confieso que siento irritación ya que estas son abstracciones que nada tienen que ver con la realidad cotidiana que esos cuadros, esas cifras no alcanzan a leer en sus intangibles.

Cuando escucho que se habla sobre planes de desarrollo, educación, confieso que siento irritación ya que estas son abstracciones que nada tienen que ver con la realidad cotidiana que esos cuadros, esas cifras no alcanzan a leer en sus intangibles. ¿Qué sabe uno de estos expertos de las vicisitudes de un ama de casa para buscar el diario sustento, de la decepción de un universitario al comprobar que lo que está aprendiendo no sirve para nada pues en este país el conocimiento no significa empleo? Hay niños que deben cruzar ríos crecidos, eludir fronteras invisibles, jóvenes  que sienten que hay una distancia insalvable entre los anhelos de conocimiento y la ausencia de condiciones para lograrlo. ¿Cómo y con qué llenar el vacío que ha abierto la  violencia en algunos campus universitarios, que raya hoy en la barbarie,  y un compromiso con  la responsabilidad científica?


Los arquitectos diseñan centros educativos pero olvidan que un aula es la concreción de un lugar de diálogo, un espacio sagrado que se opone a los bárbaros. Un edificio educativo está muerto si carece en su espacialidad de la dinámica que permite que el conocimiento conduzca a la lógica sobre la cual se sustenta el objetivo de la razón, o sea a la libertad. ¿Dónde están los niños  que deben llenar esas aulas? He visto a los niños de una población del Nordeste borrachos, empepados, las niñas embarazadas, prostituidas. Hace dos años en El Retiro, cinco adolescentes se suicidaron. Al salir de clase el entorno que los rodea, cantinas, discotecas, pesebreras donde los altos decibeles del ruido enloquecen al vecindario y el párvulo carece de opciones lúdicas, creativas,  y no puede escapar del alcohol o la droga. La prostitución tiene una causante: la extrema pobreza; niñas y niños son sometidos a las peores ofensas.


Una vida reducida a lo inmediato no puede abrir espacios a la educación. El adolescente ha podido comprobar cómo en su entorno natal ha quedado convertido en desterrado  cuando la tierra  pasó  a convertirse en monopolio de la especulación que sin miramiento alguno ha seguido arrasando bosques, convirtiendo quebradas “Marinilla, El Santuario” en fétidos vertederos de aguas sucias -La Fe-; contaminando aún más las aguas de un patrimonio de tanto valor paisajístico, ambiental como el río Rionegro. Y esto está sucediendo en cualquier municipio y vereda de Antioquia mientras crece el número de ONGs, de oficinas encargadas de, supuestamente, velar por el medio ambiente. ¿No han percibido, quienes hacen los nuevos planes de educación, el vacío dejado por la destrucción de las estructuras educativas llevada a cabo por sindicalistas disfrazados de maestros? ¿Centros universitarios, colegios rodeados de cantinas?  Sin valores de referencia diferentes a los del enriquecimiento rápido, lo que hoy nos abruma, finalmente, es la permisibilidad frente a este deterioro a cuyo efecto devastador la educación debe oponer valores de resistencia como la solidaridad, un conocimiento emancipador que se niegue a ser avasallado por este derrumbe social, una estética de la frugalidad frente a tantas mañesadas, la recuperación de la flor, del jardín, del agua pura, de los bosques que son imágenes necesarias y patrimoniales arrasadas por las retroexcavadoras de este falso progreso.