Columnistas

Atisbos e impresiones
Autor: Sergio De La Torre
5 de Agosto de 2012


Todo lo que desde un comienzo ha hecho o dejado de hacer este gobierno, confirma nuestra hip髏esis

Todo lo que desde un comienzo ha hecho o dejado de hacer este gobierno, confirma nuestra hipótesis de que los presidentes de Colombia y Venezuela, por sí mismos , o por interpuestas personas, sigilosamente (o sea sin que aquí o allá se conociera noticia alguna de ello, puntual y concreta, para evitar el fracaso de la arriesgada empresa, y también por su  obvio carácter secreto y reservado) los presidentes, repito, convinieron en acometer juntos  la  búsqueda de la muy acariciada, y siempre postergada, reconciliación colombiana.  Dicha hipótesis la aventuramos porque lo que viene ocurriendo en Colombia (sucesos relevantes y tan insólitos que no figuraban en el programa con el que Santos fue elegido, verbigracia el Marco Legal para la Paz, las leyes de víctimas y restitución de tierras, y fenómenos como la notoria pasividad actual del ejército en los campos ,y del gobierno frente a la falta de seguridad jurídica o de fuero para que aquel actúe con el brío de antes) lo que viene ocurriendo en Colombia, digo, mal podría  ser fruto de la casualidad.


Un viraje semejante, de 180 grados, en el rumbo que se llevaba y en la orientación ideológica del régimen (llamémoslo así, en el entendido de que eran uno y el mismo, el de Uribe y el de Santos, por tener idéntico origen y estar soportados en las mismas fuerzas: partido de la U, conservadores, Cambio Radical, y ciertas  adiciones postreras) un viraje tal, repito, no se da por generación espontánea. Esa mutación tiene que responder a un designio,  a una estrategia en regla, pues Colombia ya no es una nación inviable, un Estado fallido o una república bananera (en rigor, nunca lo fue) que vive dando bandazos, en medio de la improvisación, sin brújula o norte.


Es de presumir también que dicho acuerdo, pactado para agenciar, cada cual por su lado y a su manera, un diálogo serio en Colombia, hacía parte de la distensión general entre los dos países, en cuya conveniencia y necesidad debieron coincidir ambos gobernantes, justo en la feliz coyuntura  en que el obstáculo de Uribe desaparecía por extinguirse su mandato. ¿Cómo beneficiaba a Chávez la distensión aludida, y particularmente un arreglo aquí con las Farc? Pues componiendo su imagen, mostrándole al mundo la otra cara de Jano, la cara amable, en momentos en que estaba probada y comprobada su activa complicidad con los sediciosos y su cercanía a Reyes y Marulanda, cuyas muertes sus áulicos llegaron a lamentar públicamente. El gesto de marras, además, le abría a Caracas puertas que tenía cerradas, o entrecerradas, en el continente. Pero, ¿en qué le servía a nuestro mandatario? Pues en que todo lo que tienda a resolver el nuestro conflicto siempre será bienvenido, venga de donde viniere. Y, de paso, también le aprovecharía  para su eventual reelección, o para su gloria y consagración, la de quien habría conseguido lo que ninguno de sus antecesores: la paz, el anhelo más ardiente y sentido de sus compatriotas todos.


Lograr ese cometido no parecía imposible, si se considera que la guerrilla, para su supervivencia, depende en altísima medida de Venezuela, que le brinda refugio donde guarecerse, tras cometer acá sus acostumbradas fechorías. Santos cumplió lo suyo, y con creces, al dictar las normas atrás citadas, para propiciar un nuevo clima social y facilitar la desmovilización cómoda y suave de los insurgentes, y su transición, libre de sobresaltos  mayores, hacia una democracia que los acogiera sin cortapisas. Pero Chávez, por lo visto, no pudo, o no supo cumplir su compromiso al respecto. Ni la guerrilla salió de Venezuela ni su accionar criminal disminuyó aquí. Al contrario, se incrementó a niveles que hoy parecen tener desbordado al Ejército, que no logra controlarla, dado que ahora hostiga e incursiona por doquiera, y de modo cada vez más frecuente.


En tales condiciones (en que Colombia pone todo de su parte, abriendo caminos, por adelantado, para un arreglo confiable e integral con la guerrilla, mientras Chávez no puede honrar su palabra, por razones que aquí ya hemos esbozado y ampliaremos luego) quien sale lesionado, perdiendo la partida, sufriendo el consiguiente desgaste político, derivado de un proyecto que no cuaja, mientras su tiempo se agota, es obviamente nuestro   mandatario, a quien, según parece, su proverbial astucia no le alcanzó para lidiar con  su par venezolano, en quien es tan difícil confiar, salvo para sus vasallos y compinches en el vecindario.