Editorial

Del desempleo y la informalidad
2 de Agosto de 2012


El gobierno no puede cejar en su empeño de que la Junta monetaria cambie de parecer y sea más eficaz en el control de la revaluación, pues de no conseguirlo podría cojear su política de generación de empleo de calidad.

Aunque algunos críticos no quieran verlo así por simple pasión política, la tendencia descendente en la tasa de desempleo en Colombia es un signo positivo sobre la salud de la economía en momentos en que la pérdida de puestos de trabajo azota con crudeza a países como España, donde la cuarta parte de la población laboral está de brazos caídos. El último reporte del Dane fija la tasa de desempleo en junio en 10%, nueve décimas menos que en el mismo mes de 2011 y 2,5 puntos por debajo de la registrada en enero de este año. No estamos lejos, pues, de alcanzar la meta de llevarla y estabilizarla en un dígito, pero lo ideal sería que lográramos igualar a países de similar desarrollo, como Perú y Chile, con desempleos del 7,2% y 6,6%, respectivamente.


También señala el Dane que en los últimos doce meses se crearon en Colombia 1.280.000 nuevos empleos, lo que debe tener muy satisfechos al presidente Santos y su equipo económico, pues por lo pronto se les están dando las cosas para que no resulte una frustración la promesa inscrita en el Plan de Desarrollo de generar en el cuatrienio 2,5 millones de puestos de trabajo. Sobre todo porque ya pasó el tiempo de los anuncios espectaculares en materia de infraestructura y vivienda social y se viene la ejecución de grandes proyectos viales, ya aprobados y financiados, y la construcción de soluciones de vivienda, empezando por las prometidas 100.000 para los más pobres. Si esas dos locomotoras, que por su naturaleza demandan gran cantidad de fuerza de trabajo, echan a andar como se debe, no cabe la menor duda de que su contribución será fundamental para lograr la meta.


Hay una vieja maña sindical de echarle la culpa al Dane cuando las cifras de costo de vida o desempleo no encajan en las percepciones subjetivas de las agremiaciones y sus dirigentes. Para la Confederación General del Trabajo, CGT, la entidad estatal está dando cifras “maquilladas” y sólo dan crédito a los cálculos – que nadie sabe de dónde salen – de que “el desempleo real en Colombia puede estar entre el 14 y el 16%”. Lo que sí es cierto es que a la par con el empleo también crece la informalidad y ese es un problema estructural de nuestra economía que el Dane no niega ni esconde. En su informe deja claro que la proporción de ocupados informales en las trece áreas metropolitanas del país ascendió al 50,6% para el trimestre marzo-mayo de 2012. Eso quiere decir que poco más de la mitad del empleo en el país no cabe en la categoría de contratación formal de un trabajador, que implica no sólo garantizar el pago de un salario, no inferior al mínimo legal, sino pagos adicionales por seguridad social - salud y pensiones-, cesantías, contribuciones parafiscales, entre otros. El decano de Ciencias Económicas de la U de A, Ramón Javier Mesa – en un interesante artículo publicado en El Colombiano – calcula que los sobrecostos por esos conceptos para los empleadores superan el 73% del salario mínimo mensual vigente por trabajador.


Entre otros factores que desestimulan la generación de empleo formal, el experto señala la revaluación del peso “que ha disparado las importaciones de bienes de consumo final, desplazando el empleo en Colombia”. Aquí hemos dicho muchas veces que por ese culto a la teoría de que la inflación es el peor de los males y contra ella cualquier medida resulta justificable, los sabios de la Junta del Banco de la República terminaron favoreciendo al sector financiero y a los importadores de toda clase de mercancías, en detrimento de la producción nacional y sobre todo del sector exportador, el mayor generador de empleo de calidad. El gobierno no puede cejar en su empeño de que la Junta monetaria – que preside el Ministro de Hacienda – cambie de parecer y sea más eficaz en el control de la revaluación, pues de no conseguirlo podría cojear su política de generación de empleo, que no debe limitarse a buscar la meta de los 2,5 millones, sino a la de lograr que la mayoría del trabajo en Colombia sea formal y bien calificado.