Columnistas

Juegos de azar
Autor: Sergio De La Torre
29 de Julio de 2012


La 閘ite bogotana habita en una torre de marfil, de la que no gusta salir sino para el extranjero, en viajes de placer o de negocios.


En un país como éste, signado por el peligro, y por tantas violencias que se cruzan y se superponen (guerrilla, ‘bacrim’, delincuencia común, etc.) es apenas natural  que la seguridad, y el llamado “orden público” (referido preferencialmente al campo) sea hoy la primera preocupación colectiva y, por ende, el asunto que mayormente incide en la popularidad o grado de aceptación de un gobernante.  El miedo (que hace una década aquí reinaba y fue reemplazado luego por una especie de alivio general, fruto de la tranquilidad y la confianza recuperadas) ha regresado a los campos y ciudades. Para alguien venido de afuera sería fácil percibirlo. En los ojos de los ciudadanos, cualquiera sea su condición, ya comienza a dibujarse la incertidumbre o zozobra de antes. La inversión (sea foránea o local) da muestras de desaliento y vacilación, por efecto de la extorsión, la voladura de torres, oleoductos y puentes, y de otras plagas que se creían superadas y amenazan con enseñorearse  otra vez de nosotros. El clima que se respira ha empeorado para todos, los de abajo y los de arriba, en punto a las garantías y certezas mínimas que, para que cualquier nación prospere, requieren los asociados en su diaria labor por sortear el presente y labrarse un futuro.


El doctor Santos, que como ministro de Defensa del anterior gobierno  fue uno de los artífices de la relativa bienandanza que experimentó Colombia en la década pasada, sabe y entiende lo arriba señalado, por mucho que simule sorpresa y estupor ante el renacimiento de la desesperanza y de los factores de desasosiego que ayer nos agobiaban.


La élite bogotana habita en una torre de marfil, de la que no gusta salir sino para el extranjero, en viajes de placer o de negocios. A la periferia del país, salvo el caso de Cartagena, nunca se asoma , por  físico asco o acaso por temor a palpar la diferencia abismal entre las dos Colombias:  la del fasto y la opulencia derivados del usufructo hereditario del poder y el alegre manejo del  erario; y la otra, rústica y lejana, que solo recibe las sobras cuando de repartir el gasto público se trata, en orden a calmar la mala conciencia capitalina y aparentar algo de equidad, paliando con incorregible cicatería la marginalidad en que ella se debate.


Nadie osaría discutirle al Presidente Santos el que, no obstante su ancestro sabanero y gracias a las variadas y arduas responsabilidades y tareas que le cupo  asumir en estos últimos 20 años, conoce el país, la complejidad e intríngulis de su drama sempiterno, nacido de la estrechez y cortedad  de nuestro Estado y de la discordia endémica en que vivimos trenzados. Por eso sorprende tanto que (atendiendo más de lo debido   las sugestiones del atolondrado sanedrín que lo rodea, formado por ampulosos asesores que nunca pisaron el barro de la provincia ni padecieron las afugias y azares del resto de sus compatriotas) persista en la manida excusa de que el recrudecimiento de la inseguridad  que por doquiera se vive es imaginario, u obedece a una falsa percepción en las gentes, inducida por sus malquerientes de derecha e izquierda. Y ello asombra tanto más cuanto que el reciente bombazo contra el ex ministro Fernando Londoño le explotó a escasas cuadras de Palacio.


¿A qué juega entonces el Presidente (hombre avisado y perspicaz como ninguno) que, contra toda evidencia, se empeña en que nada digno de alarma está sucediendo? Pues a un diálogo que lleve a la paz, el cual probablemente le pintaron o prometieron antes de posesionarse. Y siendo así, ¿con qué objeto lo habrían embaucado? Pues yo diría que o bien para negociar de verdad, o bien para distraerlo y desarmarlo, mientras los insurgentes regresan a sus habituales madrigueras, mas también a regiones pobladas y pujantes de donde ya habían sido arrojados, como el Cauca, Nariño, Arauca, etc.


En el póker a veces quien cree estar ganando lleva las de perder, porque interviene el azar, que trastorna  todo cálculo o expectativa. O porque el contendor resulta más malicioso de lo previsto. Sea lo que fuere, el resultado de esta partida, transcurridos dos años, es que mientras el gobierno está debilitado militarmente y en términos de opinión pública, la insurgencia, fortalecida, parece haber tomado la iniciativa. Y esto no lo decimos por uribistas (que no lo somos), ni para fastidiar a nadie, sino desde una mirada desnuda e imparcial. De la severa y fría objetividad con que se analice un hecho o situación – sin atenuantes ni dramatizaciones – dependerá siempre la verdad que al final brille y se imponga.