Columnistas

El asesino de Denver
Autor: Rafael Bravo
27 de Julio de 2012


O tambi閚 podr韆mos llamarlo el asesino de Columbine en el mismo estado de Colorado o el asesino de Virginia Tech o el asesino de Tucson.

O también podríamos llamarlo el asesino de Columbine en el mismo estado de Colorado o el asesino de Virginia Tech o el asesino de Tucson. Una carnicería humana que no parece tener fin porque desde ya habrá otro psicópata planeando la próxima matanza colectiva. No importa que cada vez los protagonistas tengan el mismo perfil demencial o que se sigan sacrificando vidas inocentes o que los norteamericanos se sigan preguntando por qué este tipo de sacrificios inútiles ocurren en la nación más poderosa del planeta.


Quizás valdría la pena especular sobre los motivos que podrían llevar a explicar estos comportamientos tan reiterativos y llegar a conclusiones. Lo primero sin duda es el aislacionismo en que viven muchos jóvenes en esta sociedad. Si bien el modelo promueve el individualismo y la independencia, ese afán de los padres para que los hijos abandonen el hogar después de los 18 años y emprendan su propio camino, no está exento de amenazas y dificultades. Es enfrentarse a un mundo nuevo sin el apoyo de la familia. Muchachos que se tornan obsesivos y alejados de la realidad sin que haya autoridad que lo impida.


Por otro lado, sería válido discutir la dependencia casi enfermiza de los ciudadanos por las armas convirtiéndose en parte del ADN de la sociedad norteamericana. La Segunda Enmienda de la Constitución así lo consagra: es un derecho disponer de armas de fuego. Sus promotores sin embargo nunca se imaginaron un mundo dominado por la tecnología y los avances militares. Un aparato de muerte que se inventa armas de asalto con capacidad de disparar 100 balas por minuto. Para el caso que nos ocupa, el francotirador utilizo un AR 15, 2 pistolas semiautomáticas Glock y un fusil Remington de alto poder.


Entra a discusión el debate si este tipo de armamento debiera ser regulado de nuevo prohibiendo su acceso al público. El entonces presidente Clinton impuso un veto a la venta de armas de asalto con vigencia de varios años que lamentablemente no se renovó en el congreso. Ello se explica porque la todopoderosa Asociación Nacional del Rifle o NRA por sus siglas en inglés, ejerce una inmensa influencia política y económica que hace imposible cualquier modificación a las leyes existentes. No importa que el asesino de Denver haya podido adquirir semejante armamento amén de 6 mil cartuchos de munición sin obstáculo alguno.


Las consabidas declaraciones tanto del presidente Obama como del candidato Romney condenando el atentado no se hicieron esperar, sin que a la fecha ninguno se comprometa con acciones de mayor alcance. Un silencio calculado pues es un tema vedado en época de elecciones. Padecen de una amnesia injustificable teniendo en cuenta que Obama como candidato promovía reformas que apuntaban a la venta restringida de armas de largo alcance. Por su parte, Romney siendo gobernador logró la aprobación de una ley estatal en el mismo sentido, pero ahora como es su costumbre da un paso atrás.


Por último, los protagonistas de las matanzas recientes tienen un elemento en común: en apariencia operan normalmente, se destacan en las aulas universitarias pero están ausentes socialmente. Entonces descubrimos con gran preocupación que hacen parte del creciente grupo al que no se le ha diagnosticado una enfermedad mental o psicológica que requiere tratamiento urgente. Y lo peor es que no alcanzan a ser atendidos de manera adecuada pues los presupuestos de salud son cada vez más reducidos.