Columnistas

“El filósofo campesino”
27 de Julio de 2012


Gustave Thibon, uno de los más grandes filósofos del siglo XX fue llamado “El filósofo campesino”, porque apenas asistió a la enseñanza primaria en una aldea cerca de Aviñón y vivió siempre en una granja de Saint-Marcel.

Jaime Greiffenstein Ospina


Gustave Thibon, uno de los más grandes filósofos del siglo XX fue llamado “El filósofo campesino”, porque apenas asistió a la enseñanza primaria en una aldea cerca de Aviñón y vivió siempre en una granja de Saint-Marcel. Fue autodidacta, buscando siempre la verdad hasta convertirse en filósofo, escritor y conferencista que recibió grandes reconocimientos como los de la Academia Francesa que le otorgó el Gran Premio de Literatura en 1964 y el Gran Premio de Filosofía en 1997.


En un reportaje que le hizo la periodista española Covadonga O’Shea, contó cómo adquirió su cultura: “La filosofía me interesó para responder a las cuestiones fundamentales del ser humano. Quería comprender el misterio de mi propio destino, si la vida es una comedia o algo con un sentido. No creo tener una inteligencia superior a la media. Empecé a los 22 años y lo hice completamente solo. Tenía hambre, muchísima hambre de saber, y como tenía hambre, hice una buena digestión, asimilé muy rápidamente lo que estudié”.


Dentro de las reflexiones que hizo en dicho reportaje se refirió a la información de ciertos medios de comunicación que seleccionan su contenido pensando sólo en el éxito comercial, sin tener en cuenta el sentido de lo verdadero y lo falso, del bien y del mal, sin otro criterio que responder al gran público: “Tengo la impresión –afirmó- que pocas veces se proponen elevar el espíritu o iluminar la inteligencia. Por una parte se trata de distraer la mente, por otra de excitar las pasiones. De ahí esa lucha constante en la búsqueda de lo sensacional, de lo inédito, incluso al precio de la exageración y de la mentira. Es sencillamente la explotación del escándalo que gravita alrededor del erotismo y del crimen, dos realidades psicológicas, sumamente pobres, que no tienen nada que revelarnos, a no ser su vacío total, pero que están convirtiendo este ‘gran teatro del mundo’ en un teatro de marionetas”.