Columnistas

Reyes americanos
Autor: David Roll
26 de Julio de 2012


Hace quince días expliqué aquí que la existencia de un rey en un sistema político no es incompatible con la democracia sino que incluso muchas veces es favorable para su consolidación, cuando se trata de monarquías constitucionales

Hace quince días expliqué aquí que la existencia de un rey en un sistema político no es incompatible con la democracia sino que incluso muchas veces es favorable para su consolidación, cuando se trata de monarquías constitucionales, como es el caso de España con el Rey Juan Carlos I; y por eso algunos lectores me han preguntado si en América no hubiera sido bueno instalarlas también. La verdad, a propósito además de la reciente celebración del 20 de julio, es que nuestra primera independencia, con la notable excepción de Mompox, no era antimonárquica, y sólo cuando Fernando VII intentó recuperar con excesiva violencia las posesiones españolas fue cuando se afianzó el rechazo a la monarquía hoy generalizado. Incluso el libertador de Chile, Argentina y Perú, José de San Martín, defendía por razones prácticas la idea de una monarquía en Perú, pero Bolívar se opuso y dicen que se disgustó con San Martín cuando le propuso la idea, en su famosa reunión privada en Guayaquil el 22 de julio de 1822. Pero el  mismo Bolívar instauró presidencias vitalicias en varios países, lo cual era como un camino intermedio entre la república y la monarquía. 


Algunos historiadores dicen que hasta los fundadores de los Estados Unidos de América pensaron por un tiempo en hacer de Jorge Washington un presidente vitalicio e incluso un monarca, y que  aunque  se impuso la idea democrática se le dieron tantos poderes al presidente que prácticamente se le consideraba un monarca constitucional elegido; y realmente aún hoy su poder es impresionante aunque dependa del congreso para aprobar sus proyectos. De hecho, también casi todos los sistemas presidenciales, típicos en Latinoamérica, en los que quien gobierna, a diferencia de los sistemas parlamentarios, no sale del congreso sino que es elegido directamente, son unas especies de monarquías temporales en muchos aspectos. Por eso los presidentes casi siempre están luchando por ganar terreno a los otros poderes o controlarlos, y a veces intentan prolongar sus períodos, modificando incluso las Constituciones a su antojo para ello (Fujimori, Cardoso, Menem, Chávez, Uribe). Debido a ello, algunos piensan que debería pasarse a un régimen de parlamentos sin presidente en los países latinoamericanos, pero la verdad es que el modelo de los norteamericanos tiene ventajas prácticas de agilidad y de visibilidad gubernamental más cercanas a nuestra cultura política.


En síntesis, casi toda América se decantó por no tener monarcas, aunque hubo tantos dictadores que actuaron como tales que sólo de 30 años para acá podemos hablar de un continente democrático realmente. Sin embargo, en lo referente al tema de los reyes hay excepciones que conviene recordar, siendo tres las más importantes: El caso de Méjico, donde se instauró una monarquía con Emperador alemán que al final fusilaron; el de Brasil, donde gobernaron tres Emperadores de origen portugués muy exitosos; y el de Canadá, donde aún aparece la reina de Inglaterra en los billetes porque se le considera formalmente Jefe de Estado, aunque sin poder. Las tres historias son fascinantes, especialmente la de Méjico, porque lo que sucedió con Maximiliano es como una novela de realismo mágico anticipada. También la de Brasil, porque como se concluye del libro reciente de Javier Moro sobre esa época, “El imperio eres tú”, esos tres monarcas fueron unos malabaristas del poder muy originales y acertados, que son injustamente olvidados o ridiculizados por el país que ellos crearon, a pesar de que Brasil emerge como potencia, en parte gracias a su obsesión por no desmembrar el Imperio. Hasta es llamativa la historia de Canadá porque en gran medida el país se formó con los norteamericanos que salieron huyendo de Estados Unidos de América tras la independencia, y que querían seguir viviendo bajo la monarquía inglesa; por lo cual, son vistos como héroes “lealistas” o realistas en los museos canadienses y como traidores en los museos norteamericanos de historia al otro lado de las cataratas.