Columnistas

La defensa del televidente
Autor: Jorge Alberto Vel醩quez Betancur
19 de Julio de 2012


La propensi髇 de la televisi髇 colombiana hacia el sensacionalismo extremo, sus carencias en materia informativa y su man韆 de exaltar a los delincuentes por sobre todos los ciudadanos de este pa韘, imponi閚dolos como modelos de vida

La propensión de la televisión colombiana hacia el sensacionalismo extremo, sus carencias en materia informativa y su manía de exaltar a los delincuentes por sobre todos los ciudadanos de este país, imponiéndolos como modelos de vida, genera agrios debates entre el público y en la academia acerca de la existencia y pertinencia legal o moral de límites a los medios de comunicación, especialmente a los audiovisuales, por cuanto operan a través de un bien público como es el espectro electromagnético.


Una primera reacción es la imposición de controles legales por parte del mismo Estado que entrega las licencias de operación y que, como tal, debería asumir la defensa de los consumidores de televisión. Pero el control estatal de los medios puede ser un remedio peor que la enfermedad. Puede dar cabida a excesos y tergiversaciones, porque la frontera entre control y censura es muy delgada y endeble. Descartada la regulación estatal, ese vacío podría llenarse con la autorregulación, pero ésta tampoco se cumple. Todos los intentos de autorregulación no pasan de las buenas intenciones de documentos escritos y olvidados. El papel de los defensores (del lector, del televidente) es todavía tímido frente al poder de los medios y los códigos de ética no dejan de ser elementos decorativos.


La Ley 335 de 1996, que creó los canales nacionales de televisión de operación privada, en un acto simultáneo de arrepentimiento ineficaz, creó también la figura del Defensor del Televidente para los canales privados, pero estos son invisibles e inoperantes. En vez de defensa del televidente, lo que hay en Colombia es una típica autodefensa de los canales nacionales.   


La democracia es un sistema dinámico de frenos y contrafrenos, en la cual cada una de las instituciones tiene una función qué cumplir. En este contexto los ciudadanos eligen a sus mandatarios y los medios de comunicación fiscalizan la tarea de los gobernantes. Es propio de los medios de comunicación el control del poder público y de los actos de los gobernantes. Ese círculo no puede interrumpirse. ¿Quién controla a los medios?


Inicialmente puede afirmarse que la Universidad. Le corresponde a la academia aportar sus luces para evaluar y analizar sistemáticamente el trabajo de los medios de comunicación. La Universidad posee las herramientas conceptuales y la metodología apropiada para hacer el análisis y seguimiento de la tarea informativa de los medios, abordada desde los distintos saberes. Pero esa tarea no puede ser solitaria. La fiscalización de los medios debe ser adelantada conjuntamente entre la Universidad y la propia comunidad –la opinión pública-, que debe nutrirse de los estudios, esquemas y métodos de análisis que le entrega la Universidad y discernir, con tales elementos de juicio, sobre lo que es veraz, imparcial, acertado, oportuno, completo. Pero esta es solo una posibilidad entre muchas.


El control social de los medios es una exigencia democrática y una necesidad en sociedades caotizadas. Si la información es una función pública, como lo señala el profesor José María Desantes, también el control social y democrático de la información debe asumirse como función pública. Como lo es el control fiscal a cargo de la Contraloría o como lo es la defensa de la sociedad que ejerce el Ministerio Público. En Colombia hay defensor del pueblo, defensores del consumidor, defensores de los usuarios de bancos, pero su papel es simbólico. Lo importante es encontrar los mecanismos democráticos que permitan el ejercicio de la defensa de los televidentes sin alterar la esencia del Estado de Derecho. ¿Será posible?