Columnistas

Vieja crisis
Autor: Hernán Cárdenas Lince
14 de Julio de 2012


En Colombia sufrimos crisis dramáticas pero para intentar solucionarlas tenemos que estudiar viejos casos históricos, como lo que ocurrió por allá a fines del siglo XVIII.

En Colombia sufrimos crisis dramáticas pero para intentar solucionarlas tenemos que estudiar viejos casos históricos, como lo que ocurrió por allá a fines del siglo XVIII.


El caso concreto se llamaba “la crisis de la esclavitud”. En 1790, Inglaterra, que era la nación que más negociaba esclavos, decidió disminuir tal mercado pues en su imperio la opinión pública principió a rechazar y criticar la trata de esclavos que eran traídos de África y llevados a múltiples regiones del continente americano. Pero nadie podía imaginarse que tal posición del reino de Inglaterra afectaría inmensamente a la colonia española de la Nueva Granada y concretamente a la actual región antioqueña.


El virrey Ezpeleta dejó claros documentos en los que consta que la minería aurífera pasaba por terribles momentos, pues quienes la explotaban no tenían dinero para comprar esclavos ni para pagar los que habían comprado al “fiado”, además de que escaseaban en el mercadoe.


El problema de la esclavitud y la enorme distribución de tal negocio afectó profundamente, pues ni se podía sembrar las grandes cantidades de caña, las que finalmente hacían posible la producción de ‘aguardiente’, de tal manera que se tuvo que bregar a importar de España una especie de anisado que salía inmensamente costoso.


En resumen, el motor de la economía de la mano de obra que aportaban los esclavos era fundamental para todo el progreso social, pero las autoridades coloniales no tenían la menor idea de cómo solucionar la crisis de la estructura social y económica de ese momento.


Me refiero a esa curiosa historia para explicar cómo, en la actualidad económica y social que vivimos tampoco estamos dando una solución inteligente para superar nuestras actuales crisis, ya que los poderes legislativo, ejecutivo y judicial viven serios problemas con su deteriorada imagen y por la falta de capacidad para cumplir con sus razones de ser. Con los años se demostrará que el camino de una nueva e inteligente educación sí puede garantizar buen futuro en lo económico y en lo social.


Hace unos pocos días alguien me sugirió un milagro que ojalá ocurra, y sería que las altas autoridades de los tres poderes rebajaran sus altísimos sueldos y que dedicaran una tercera parte de sus ingresos para auxiliar la educación. Por ejemplo, un alto juez que hoy gana un promedio de $30 millones mensuales, podría dedicar cada 30 días unos 10 millones de pesos a la educación de otras personas. En cuanto a los ‘honorables’ legisladores, de sueldos fabulosos, también podrían aportar al proceso de educación si una octava parte de su tiempo laboral diario lo dedican a dictar clases, si es que realmente cuentan con capacitación adecuada.


Pero todo lo anterior, más que una solución real, es una ilusión que seguramente nunca ocurrirá.