Columnistas

Otro error en salud
Autor: Carlos Alberto Gomez Fajardo
10 de Julio de 2012


Hemos explicado que con la inicua ley 100 se generó un marco legal para imponer a la nación un colosal error antropológico,trasplantado de otras latitudes

Hemos explicado que con la inicua ley 100 se generó un marco legal para imponer a la nación un colosal error antropológico, trasplantado de otras latitudes: el ser humano, razón de ser de la organización social, no puede ser reducido a “homo económicus”. Aquella complejísima red de normas convirtió lo que atañe a la salud en una infinita serie de pequeñas y grandes pujas por poder y dinero. El sistema colapsó, poniéndose en evidencia que se trataba de una desigual lucha de poderes e intereses, en medio de la cual algunos supieron salir favorecidos –económicamente- y otros continuaron en una situación de inferioridad que va agravándose con el paso del tiempo. ¿No es de inferioridad la actual situación de las IPS, convertidas en menesterosas instituciones  doblegadas ante el implacable yugo de los intermediarios financieros?


Al error antropológico se suma un grave error ideológico y de teoría económica: comentaba recientemente un editorial  de la revista Medunab (14(2):83-85, 2011) que “la ley 100 redujo al estado colombiano a un simple ‘modulador’ o ‘armonizador’ de las leyes del mercado en el negocio de la salud”. Añadía que con la eliminación del antiguo ministerio del ramo surgieron otros entes que pretendieron ser “reguladores de la competencia” entre IPS y EPS, el Cnsss y la Cres. Es muy sugerente el interrogativo título de la nota editorial a que hacemos referencia: “Los profesionales de la salud y la crisis del sistema de salud en Colombia: ¿Indignación o Acomodamiento?”.


Hay que llamar la atención sobre los errores conceptuales: la salud no es un negocio. Y uno adicional, mencionado por Joseph Stiglitz en un artículo clásico: “La mano invisible de Adam Smith –la idea de que los mercados libres llevan a la eficiencia como si estuvieran guiados por fuerzas inobservadas- es invisible, al menos en parte, porque no está allí…”


El premio Nobel de Economía se refería a una crítica al fundamentalismo de mercado, a la economía simplista de mercado que fue precisamente, algo de lo que tuvo en su inspiración original el golpe dado al sistema sanitario por la citada ley. Por ello no hemos compartido la común idea de que la ley 100 era “buena en su espíritu”. No lo era; estaba, política, filosófica y antropológicamente, errada en su  estructura, en sus genes constitutivos: obedeció a una moda ideológica que infortunadamente aún prevalece,  que es la de aquellos economistas que quisieron creer e imponer que los temas sanitarios se podrían entender como un negocio más, como algo del resorte exclusivo de unas neutrales y anónimas fuerzas del mercado.


La misión del Estado en lo que atañe al ejercicio efectivo de la solidaridad no puede enfocarse meramente bajo criterios economicistas. No es mediante decretos, tutelas o leyes (negociadas en complejísimos entornos de intereses particulares, políticos y económicos) que se puede ejercer efectivamente el reconocimiento y promoción de la dignidad y de la condición personal de todos los asociados. 


No bastó con remitir los problemas sanitarios a unos jueces, ocupadísimos funcionarios judiciales que terminaron emitiendo miles de órdenes y autorizaciones sobre la pertinencia y oportunidad de tratamientos médicos a instituciones igualmente ocupadas y agobiadas, carentes de los medios para proveer efectivamente ésos “mandatos”. No fue suficiente ni idóneo que el Estado privilegiara con su normatividad a unos intermediarios financieros –y a otros hábiles comerciantes que supieron medrar por allí-  que aprovecharon al máximo su poder para nutrirse generosamente del dinero de los colombianos. Ellos se convirtieron en una mano todopoderosa, no tan invisible, pero, eso sí, dura e implacable.