Columnistas

El Centro de todos los vicios
Autor: Alvaro T. L髉ez
10 de Julio de 2012


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La Medellín que conocimos como el paradigma de organización urbana y meca del orgullo montañero, tiene que volver.  El esfuerzo administrativo de recuperar calles y andenes, no puede tener como fin el pulular angustioso de las ventas ambulantes y el tráfico de drogas, “dosis mínimas” dirán los H. Magistrados, que vulneran el derecho de los ciudadanos a disfrutar de los espacios públicos, que son eso, públicos y por lo tanto inapropiables por los individuos. El manejo de los espacios, sobre todo los del centro de la ciudad que se convirtieron en la sede un espurio trafico de bienes, requiere atención especial, pues surge la sospecha de que no se relaciona con formas de superar el  desempleo, sino con el actuar de organizaciones ilegales y mal intencionadas que montaron un tenebroso imperio, aprovechando la incapacidad oficial para imponer el orden.


Ya no se trata solo de la invasión irregular. Hay sectores del centro convertidos en lupanares intransitables, a los ojos de las autoridades que no hacen nada para impedir el paulatino pero seguro deterioro de zonas que deberían estar protegidas, como sucede con el mal llamado parque del periodista, en las puertas de la Academia Antioqueña de Historia, en el que se dan cita un gran número de viciosos de toda edad y pelambre, generando una especie de gangrena urbana que ya cobra varias cuadras. Es un verdadero problema de orden público, no solo por el mal uso de los bienes ciudadanos, sino por la amenaza contra la integridad física de vecinos y transeúntes, y la contaminación por el exagerado consumo de sustancias enervantes.


Las organizaciones administrativas de las municipalidades, sobre todo las de las grandes ciudades con realidades sociales tan complejas como Medellín, requieren del concurso de mentes entrenadas en el difícil ministerio de gobernar, capaces de prestarle al gran responsable de la administración, que es el Alcalde, estudios, propuestas y soluciones idóneas y viables. Ya nos hemos equivocado trasladando las ventas ambulantes a edificaciones con pretensiones de formalidad, o asumiendo culpas que no existen, pues no es cierto que los ventorrillos sean un mecanismo económico que amaine la crisis, ni que la indigencia tenga que ser aceptada en aras del compromiso humanitario de superar la pobreza o del cristiano de la caridad.


Más que rivales, el alcalde Gaviria necesita funcionarios inteligentes como él, trabajadores como él, comprometidos con la gente como él. Medellín tiene que ser la ciudad pensada, planeada y limpia que merecemos. Ya es mucho el daño hecho por la pala mecánica de los constructores que no respeta ni naturaleza ni historia. Las ventas de correas, sombreros, libros y discos piratas, los garajes convertidos en universidades que hacen sus recreos en las calles,  además de afear el entorno, privan al ciudadano de usar los andenes para lo que son. Las autoridades de planeación tienen que retomar el rumbo, tienen que redefinir y aclarar el uso de los espacios. Si en su sabiduría deciden que los andenes sigan siendo ocupados por el comercio ilegal, entonces sabremos que ese espacio ya no es bien de uso público. Pero que hagan algo.