Columnistas

La corrupci髇
Autor: Pedro Juan Gonz醠ez Carvajal
10 de Julio de 2012


Uno de los grandes pensadores pol韙icos y legisladores del mundo antiguo occidental, fue Licurgo, a quienes muchos consideran el padre de lo que hoy conocemos como leyes.

Uno de los grandes pensadores políticos y legisladores del mundo antiguo occidental, fue Licurgo, a quienes muchos consideran el padre de lo que hoy conocemos como leyes.


Algunos de los pensamientos más importantes asociados con él, tienen que ver con lo siguiente: “Mientras más Leyes tenga un pueblo, más corrupto es”, y “La efectividad real de la educación, se ve en la disminución del número de cárceles”.


En nuestra realidad actual como país, estos dos principios se caen por su peso, ya que para cada situación se reclama una norma, y cada vez más se pide mayor cantidad de recursos para la construcción de nuevas cárceles. Mientras el tema de la educación continúe girando alrededor de la cobertura, dejando para una segunda instancia la calidad, es muy posible que no podamos salir del actual pantanero.


El concepto de corrupción está hoy asociado a estas dos grandes posturas: La corrupción como abuso del poder, lo que lleva a la mala conducta, o la corrupción como la degradación de algo.


En este sentido, y teniendo en cuenta el modelo democrático imperante en nuestro país, quienes llegan al poder y violan la Constitución Política vigente y traicionan las expectativas de aquellos que los respaldaron para su ascenso, y de aquellos que no ayudaron, pero participaron en el ejercicio electoral democrático, son considerados como corruptos, cuando sus prácticas abandonan el interés general y emplean el cargo para el cual fueron elegidos como una posición estratégica para sacar adelante sus intereses personales.


Siendo así, la violación de las normas sociales, legales, morales y éticas, son el resultado de estos atropellos, ante los cuales los electores como ciudadanos conscientes,  a partir del ejercicio racional de la política, tienen todo el derecho a reclamar, para  que quienes violenten estos postulados, sean oportuna y debidamente castigados.


Cuando se llega al extremo de que las relaciones sociales afianzadas a través de las relaciones políticas se degradan, es decir, se deterioran al perder su sentido válido, los usos y las costumbres  pierden vigencia y el marco de la ley que pretendía preservarlas, se resquebraja.


Es por ello que el ejemplo en la actuación es vital si queremos asegurar la sostenibilidad y la viabilidad de nuestro proyecto como sociedad política. El ejemplo y la educación les permitirán a las generaciones de relevo, valorar los esfuerzos de sus predecesores y las estimularán a servir como relevos aportando actuaciones y productos apropiados para continuar con el proceso  de evolución.


Decía Jean Paul Sartre, en medio del movimiento estudiantil del 68, que cuando una sociedad es testigo de que sus jueces, policías o maestros tienen que salir a las calles a reclamar sus derechos, esa sociedad debe ser refundada, ante el deterioro de sus pilares fundamentales.


Cuando la sal se corrompe ya no hay nada que hacer, como se sostiene en el pensamiento bíblico. Para los Orientales Confucionistas, la felicidad es un asunto colectivo, mientras para los Occidentales es algo de competencia individual. Es posible que esta simple distinción sea una marca conceptual indeleble y aún insuperable. Los Profetas antiguos, los Catones, los Marco Aurelios de diferentes épocas, han tratado de denunciar a quienes ostentan de manera abusiva el poder, y con su ejemplo incitan a los individuos a perder el respeto por las reglas de convivencia social y se inicia el caos y la aniquilación de la sociedad establecida.


Estamos aún a tiempo de buscarle freno a esta situación. La educación debe aportar principios y esquemas  para que el individuo pueda llegar a definir sus premisas de actuación  y desde ahí se desprenda su pensamiento y su comportamiento ético.


Recordemos a Leonardo cuando dice: “Los hombres buenos son naturalmente deseosos de saber”.


Y como no hay nada nuevo bajo el sol, retomemos a Marco Tulio Cicerón, cuando decía hace un poco más de 2.000 años: “El presupuesto debe equilibrarse, el Tesoro debe ser reaprovisionado, la deuda pública debe ser disminuida, la arrogancia de los funcionarios públicos debe ser moderada y controlada, y la ayuda a otros países debe eliminarse para que Roma no vaya a la bancarrota. La gente debe aprender nuevamente a trabajar, en lugar de vivir a costa del Estado”.