Columnistas

Lecciones de un fracaso
Autor: Jorge Arango Mejía
8 de Julio de 2012


Como estaba previsto, el temor que causó la reacción de la gente, sepultó la malhadada reforma. Nada quedó de ella.

Como estaba previsto, el temor que causó la reacción de la gente, sepultó la malhadada reforma. Nada quedó de ella. Solamente el dato de que su paso por el Congreso costó tres mil millones de pesos, pérdida que, al final de cuentas, a nadie apesadumbra porque, como todo el mundo sabe, el erario no tiene dolientes. Pero sí han quedado lecciones que se deben aprender, para no recaer en los errores.


La primera, que el llamado Partido de la U no es partido sino una abigarrada montonera originada en apetitos burocráticos. Para ser un partido político tendría que tener un ideario y como tal no puede considerarse la llamada seguridad democrática que no es sino la guerra declarada contra los bandoleros de las Farc y todas las demás alimañas de su tipo. Esa guerra no es nada diferente al cumplimiento de una de las obligaciones del Presidente, que la Constitución establece así: “Conservar en todo el territorio el orden público y restablecerlo cuando fuere turbado.” Es, sencillamente, el imperio de la ley que supone el empleo de la fuerza para asegurar su vigencia. Con razón se ha escrito que el derecho sin la fuerza es la impotencia, y la fuerza sin el derecho es la barbarie. Basta considerar que en la U se agrupan políticos de distintas procedencias, especialmente del Partido Liberal, que solamente están de acuerdo en repartirse los puestos y en conseguir contratos estatales para sus amigos. Esa masa informe obedece y vota los proyectos del gobierno cuando no pugnan con sus intereses o con  los de sus amigos. Pero cuando esto ocurre, cada cual vota como quiere.


La segunda, que el ensayo de gobernar a nombre de la Unidad Nacional, es decir, con todos menos con las Farc y el Eln, no es un buen invento. En últimas sólo sirve para asegurarse de que ninguna moción de censura prosperará. Claro está que esto no es únicamente consecuencia del gobierno de todos sino de la inoperancia del sistema. Durante más de veinte años ha regido la reforma constitucional de 1991 y no se ha aprobado ninguna censura.


La tercera, que gobernar sin oposición no es conveniente. Oir el coro de los aplausos, es placentero. Pero ese coro ensordece y enceguece, no deja ver los obstáculos y no permite oir las señales de alarma. La oposición, racionalmente ejercida, somete los proyectos oficiales a un escrutinio rigoroso que permite corregir sus defectos y, por lo mismo, aumenta las posibilidades de acierto. El Congreso, mansurrón y bien nutrido con prebendas, votó dócilmente la reforma que el gobierno propuso como panacea; y después, cuando se pusieron de presente todos sus despropósitos, aceptó, sin deliberar, las objeciones. En los debates del proyecto nunca hubo una comprensión completa de lo que se perseguía, y cada cual quiso conseguir pequeñas o grandes ventajas. Comenzando, según el presidente Santos, por los privados de la libertad que vieron en las nuevas normas un portillo hacia la libertad y la impunidad.


El siguiente paso debería ser la conformación de una comisión que estudiara la viabilidad de reformar el Estatuto de la Administración de Justicia (ley 270 de 1994) y los códigos de procedimiento, para conseguir algunos de los objetivos que se quisieron plasmar en la Constitución. Insisto: la Constitución solamente debe reformarse cuando sea imposible jurídicamente hacer los cambios que se requieren mediante normas de rango inferior. Lo contrario le resta importancia y la va asemejando cada vez más a una ley ordinaria. Recuérdese que como norma de normas, la Constitución tiene, o debe tener, una vocación de permanencia.


Otra de las secuelas del fracaso, fue la caída de la popularidad del presidente. Sin embargo, desde ahora afirmo que será reelegido. ¿Por qué? Sencillamente, por sustracción de materia. No hay nadie que pueda hacerle frente con posibilidades de triunfo. En días pasados expliqué porqué lo de Álvaro Uribe como candidato a la vicepresidencia, no pasa de ser una tontería. En consecuencia, solamente hay que esperar que los seis años que le faltan a Santos sean de buen gobierno, con hechos y no con palabras. Al fin y al cabo, la esperanza es lo último que se pierde.