Columnistas

El patrón descocado
Autor: Álvaro González Uribe
7 de Julio de 2012


El Estado y algunas personas adineradas o famosas sufrieron, pero no tanto como las menos favorecidas y del común.

Como dije en anterior columna, la serie sobre Pablo Escobar presenta algunos errores históricos graves porque falsamente compromete la rectitud de varias personas y grupos, lo más seguro por falta de rigor investigativo. Sin embargo, no es una apología del delito.


Por el contrario, la imagen que está quedando de Escobar es real, peor a la que muchos tenían. Hasta ahora, los televidentes han visto a una persona con problemas mentales, obsesiva, egocéntrica, paranoica, mentirosa, desleal, de un salvajismo extremo y de poca inteligencia. Si mucho, cierta astucia cortoplacista bastante discutible, como le advertía su madre en la serie.


Desde que se empezaron a hacer públicas las actuaciones del mafioso, muchos comenzaron a admirarlo entre mitos, exageraciones y farsas. Dicen que ayudaba a los pobres, ayuda que si se pone en una balanza y se analiza en su contexto fue mínima, primero, porque con unas cuantas casas y con la iluminación de canchas de fútbol nadie sale de la pobreza; y segundo, porque los pobres fueron los más afectados por las brutales actuaciones de Escobar: asesinatos y actos terroristas perjudicaron en mayor intensidad y cantidad a personas de estratos humildes, solo que -como casi siempre- el registro periodístico de sus pérdidas y dolores era casi nulo.


Sus mismos colaboradores con sus familiares, al igual que ciudadanos totalmente ajenos al sujeto, perdieron sus vidas, sus bienes, sus empleos, sus seres queridos y su libertad. El Estado y algunas personas adineradas o famosas sufrieron, pero no tanto como las menos favorecidas y del común. Por ejemplo, para miles de jóvenes residentes en las comunas de Medellín se volvió casi imposible conseguir empleo ante ese estigma.


Sobre la inteligencia del mafioso sí que hay un mito, y la serie lo devela. Aunque el concepto de inteligencia en general está hoy muy revaluado, nunca me he tragado el cuento de que Pablo Escobar hubiera sido un gran líder social o un gran empresario de haber puesto su tal inteligencia al servicio del bien. Si este señor hubiera sido un político de carrera o un ejecutivo su fracaso hubiera sido rotundo, pues él solo sabía actuar por medio del crimen brutal, lo cual no le hubiera funcionado en otros ámbitos. Muy diferentes son las lógicas que mueven ambos mundos, por mucho que se hable de la corrupción creciente y sin ni siquiera pensar en la moral o en la ética.


En la carrera de la delincuencia arrancan muchos y en el transcurso de los crímenes van quedando pocos y quizás hasta uno solo: el más cruel, el más sanguinario, el más desleal, el de mayor capacidad de destruir y usar los medios más rastreros, pero eso no significa que sea el más inteligente, ni tampoco que triunfe en la vida.


Y con respecto a los resultados, pues todo el mundo sabe cómo y dónde quedaron tanta fortuna, tanta “inteligencia”, tanta “caridad”: desparramadas en un tejado con la barriga afuera. ¿Ese era el “man berraco” e inteligente? Escobar era un loco furioso que terminó más temprano que tarde viviendo en la pobreza, escondido en covachas y en la completa soledad, como terminan todas las personas de su calaña, similar al destino final de esos jóvenes que oyeron sus corridos de sirena: abatidos por las autoridades, por sus enemigos también delincuentes o por su mismo jefe en sus paranoias de persecución y en sus venganzas ciegas.


Escobar dejó dolor, miseria, ruina y atraso, no solo para él mismo, sus familiares y sus empleados, sino también para miles de colombianos y para el Estado. Ese no es el producto de una persona inteligente.


Bien lo resumió Lorenzo Madrigal en su columna de El Espectador refiriéndose a Escobar: “…con la cobardía que entraña agredir con ventaja sobre víctimas indefensas. El más avezado criminal no es otra cosa que un gran cobarde.”