Columnistas

Historias de cuentos viejos
Autor: Hernán Cárdenas Lince
7 de Julio de 2012


Es curioso también que el señor Echavarría en su buen libro narre historias como la que le ocurrió a Pepe Sierra, quien era por entonces el hombre más rico del país.

Por allá en el año de 1946 el simpático personaje Enrique Echavarría escribió un magnífico libro sobre las historias bancarias en Antioquia, además de narrar apasionantes cuentos. El libro se presentó ante la reunión en pleno de los directivos de la Sociedad de Mejoras Públicas de Medellín, pero en el momento de hablar el señor Echavarría tuvo un pequeño error involuntario, pues dijo: “Señores de la Sociedad de Mujeres Públicas…”. De inmediato pidió excusas pero a ninguno de los asistentes se le olvidó lo ocurrido.


Es curioso también que el señor Echavarría en su buen libro narre historias como la que le ocurrió a Pepe Sierra, quien era por entonces el hombre más rico del país. Ese señor se encontraba en una de sus haciendas en Bogotá, concretamente en Santa Bárbara y de allí salía una recua de mulas. Mientras don Pepe trataba de escribir una nota en un pedazo de papel, con su mala ortografía puso: “desde aquí, en la acienda Santa Bárbara…”. El arriero que vio lo que escribía su jefe, le dijo: Don Pepe, hacienda se escribe con hache”, a lo que don Pepe sorprendido le contestó: “¿Y usted con hache cuántas haciendas tiene? Yo sin hache tengo más de 40”.


En 1908 terminó su período presidencial el general Rafael Reyes y reunió a sus hijos y les dijo: “Después de la presidencia me he quedado en la pobreza total. Hay que inventar una solución”, y mirando a uno de sus hijos le dijo: “La solución es clara”, lo que en otras palabras traducía que se casara con Clara Sierra, una de las hijas del multimillonario Pepe Sierra.


También contaba Enrique Echavarría que muy a principios del siglo XX se fue para París el gran pintor antioqueño Francisco Antonio Cano, gracias a una beca que le dio el gobierno nacional para que perfeccionara sus maravillosas dotes de pintor.


Desde París el artista escribía cartas a su señora María Sanín de Cano, quien vivía en una casita situada a pocos metros de la catedral metropolitana en una calle curva que se llamaba "calle del calzoncillo", y las cartas que le enviaba el pintor estaban dirigidas a “Calle del Calzoncillo, pierna izquierda”. Con tal dirección todas las cartas le llegaban sin demoras.