Palabra y obra

The life Alberto Correa has conducted
La vida que ha dirigido Alberto Correa
Autor: Juan Esteban Agudelo Restrepo
7 de Julio de 2012


El concierto de celebración al maestro Correa será realizado a las 6:00 p.m. en el Teatro Metropolitano de Medellín.

Foto: Archivo El Mundo 

El maestro Alberto Correa afirma que “mi compositor absolutamente favorito, el más adorado de todos, es Joahn Sebastian Bach. Y amo a Bach porque me habla de Dios, pero como soy humano, amo a otro compositor que me habla del hombre: Beethoven. Yo sería capaz de pasarme toda la vida haciendo los oratorios de Handel. Y esto le va a sonar raro a todo el mundo, pero no me gustan más de diez obras de Mozart, aunque es el compositor que más he dirigido”.

Yo hago música porque es la única manera que tengo de entender a Dios, y es mi oración día a día con Dios”, afirma el maestro Alberto Correa, creador y director del Estudio Polifónico y la Orquesta Filarmónica de Medellín, quien hoy celebrará sus 70 años de vida y 60 años de vida artística dirigiendo “La creación”, una obra sinfónico coral de Joseph Haydn.


El maestro, que nació el 2 de julio de 1942, cuenta cómo ha sido la vida que le tocó dirigir.


- ¿Cómo nació en usted el gusto por la música?


“Yo tenía nueve años, y estudiaba en el Colegio Gimnasio Medellín, que era de un tío de mi mamá. Allá tuve actividades musicales porque una de las profesoras era una gran cantante, entonces hicimos coros de zarzuelas y cosas de esas.


Un día tuve el placer de que me dejaran castigado en el colegio, haciendo planas, y por ese castigo salí a las siete de la noche.


Cuando me dirigía a mi casa, a pie, bajaba por las Torres de Bomboná, y ahí quedaba en aquella época el Liceo Antioqueño.


Cuando pasaba por ahí escuché un coro, un coro muy pequeño que acababa de formarse, que era la Coral Tomás Luis de Victoria, dirigida por el maestro Rodolfo Pérez.


Yo escuché lo que estaban cantando, que era una polifonía del siglo XV, y a mí me impresionó tremendamente.


Quedé aferrado a los barrotes de la ventana oyéndolos cantar durante una hora. A las ocho de la noche, cuando terminaron el ensayo, salí disparado para mi casa. Me regañaron por llegar tardísimo.


Al día siguiente no resistí la tentación y me quedé en el colegio merodeando, esperando a que fueran las siete de la noche para volver a ir a escuchar el ensayo. Me volví a pegar de los barrotes porque yo estaba muy impresionado.


Al tercer día regresé, y el maestro se dio cuenta de que yo estaba escuchándolos desde afuera, y me dijo que si quería entrar a cantar, pero yo le dije que yo no sabía, y él contestó que me enseñaba. Le pedí que hablara con mi papá, quien puso todos los problemas del mundo para dejarme entrar al coro, que porque yo era muy pequeño y él no quería que ninguno de sus hijos fuera músico.


Finalmente mi papá aceptó dejarme ir al coro, pero mi permanencia dependía de las calificaciones. Si yo llegaba a tener una mala nota él inmediatamente me sacaba.


Así, entré a la Coral Tomás Luis de Victoria”.


- ¿Y cuánto tiempo logró permanecer dentro del coro?


“Yo seguí con el coro hasta que estuve en segundo de bachillerato. En ese año yo perdí todas las materias, menos música. Me echaron del Liceo de la Universidad de Antioquia, que era donde estaba estudiando en esa época.


No tuve más remedio que entrar a un colegio nacional que acababan de formar, que se llamaba Liceo Nacional Marco Fidel Suárez. Ese liceo tenía como objetivo recibir a todos los jóvenes problema, a todos los que echaban de los otros colegios.
Cuando entré allá me vi rodeado de una cantidad de personas interesantísimas, que con el tiempo se convirtieron en grandes personajes”.


- ¿Y cómo hizo, estando allá, para continuar con sus estudios en música?, además porque el compromiso con su papá era que podía hacerlo siempre y cuando tuviera buenas notas.


“Yo nunca estudié música formalmente. De ahí las falencias que he tenido en algunos géneros, y que he tratado de solucionar posteriormente.


Aún así, yo continué con algunos estudios de música.


Recibí unas clases con el maestro Rodolfo Pérez, pero lo que hice fue tratar de observar lo que él hacía. Me dio unos libritos para que yo estudiara, entonces rápidamente aprendí solfeo.


Y al año siguiente hice mi primer concierto, dirigiendo la Coral Tomás Luis de Victoria, y fue ahí cuando descubrí que realmente mi vocación era de músico.


Dos años después de entrar en el Liceo Marco Fidel Suárez, entré en un periodo de mi vida de muchas preguntas. Me gustaba el movimiento existencialista, me gustaba Sartre, Camus, Kafka, Miller, aparecieron después todos los movimientos nihilistas, y todas estas cosas me enloquecían. Pero entré en un conflicto con mi situación religiosa por este pensamiento existencialista.


Aquí, en este punto de la historia, con esa crisis, me dio por pensar que podía ser sacerdote, que esa era la salida. Yo quería buscar a Dios porque sentía que lo había perdido.


Entré al Seminario de Yarumal, muy a pesar de las autoridades del Seminario, que no me querían recibir.


El rector, monseñor Jesús Emilio Jaramillo, me decía que yo no tenía vocación, pero yo insistía, e insistía, e insistía, y finalmente aceptó”.


- ¿Cómo continuó en el Seminario, y en medio de esa crisis, su interés por la música?, ¿a qué edad fue esto?


“Yo llegué a Yarumal a los trece o catorce años de edad, yo había empezado a estudiar muy joven. Además, hice kinder y me pasaron a segundo de primaria, porque yo ya sabía leer. 


Yo allá no tenía obligaciones de estudio muy grandes, porque yo en el Liceo había terminado el cuarto grado de bachillerato, y en el Seminario solo ofrecían educación hasta ese mismo grado, y lo que seguía era estudiar filosofía. Pero yo no podía entrar a filosofía porque tenía que aprender primero latín.


A los dos días de que yo llegué al Seminario de Yarumal tuvimos una misa con música.


Cuando yo escuché esa música fui y le dije al curita que estaba dirigiendo: "Usted no sabe de eso, déjeme que yo sí sé", y le dije al organista: "Déjeme a mí que usted no sabe tocar, yo le enseño". Y me puse a tocar y en cuestión de media hora ya habíamos repasado toda la música que tenían allá, había dirigido toda la masa coral del Seminario.


Esta parada en mi vida para solo estudiar latín y hacer música fue muy importante.


Ese primer año fue un encuentro con Dios, fue un goce sensorial impresionante, tuve un primer grupito de música de cámara.


Pero cuando ya pasó esa crisis con la que había llegado al Seminario, cuando puse todo el existencialismo en su punto y ya no me producía daño, me empecé a preguntar sí yo iba a servir para sacerdote, y me di cuenta de que yo no iba a ser capaz de vivir sin las mujeres, y me salí.


Duré cinco años allá. Los dos primeros años no hice nada, luego validé lo que me faltaba de bachillerato, y los dos años restantes estudié filosofía”.


- ¿Fue cuando salió del Seminario que decidió entrar a la carrera de medicina?


“Sí. Cuando yo me salí del seminario fui a hablar con monseñor Jesús Emilio Jaramillo, y le dije: "Monseñor, yo no voy a seguir", y me dijo: "no, es que usted no debió haber venido, pero usted quiso venir y yo lo dejé. Váyase tranquilito a su casa, sea un buen médico, y siga con la música. Cuando usted se gradúe de su carrera voy a ir a su grado".


Cuando me salí del Seminario vino el lío de qué voy a hacer. Pero algo me decía que sí me gustaría ser médico. Me presenté a la Universidad de Antioquia y me fue muy bien en el examen de ingreso.


Pero yo seguí haciendo música durante ese tiempo, aunque no fue fácil, porque la medicina es una carrera de exigencia absoluta y total”.


- ¿Pero en esa época no quiso estudiar profesionalmente música?


“No. Cuando yo me salí del Seminario, mi padre, que había sido el enemigo más grande de que yo entrara allá, se convirtió en el enemigo más grande de que yo me saliera de allá. Pero yo le dije que no se preocupara por mi salida del Seminario, que, aunque yo iba a seguir en la música, iba a tener una carrera e iba a ser un profesional exitoso.


Yo nunca pensé en la música de una forma profesional, además porque no había dónde estudiar música profesionalmente en aquella época. En Bellas Artes había clases de piano o de violín, pero no era una carrera profesional. La Orquesta Sinfónica de Antioquia existía por esa época, pero era una orquesta incompleta, sin todos los instrumentos, cuando iban a tocar traían músicos de Bogotá. No había posibilidades de música acá.


Y yo le había pedido a mi papá que me mandara a Italia a estudiar música, pero eso no era posible porque, para eso, mi familia habría tenido que ser multimillonaria”.


- ¿Y cómo hizo en medicina para poder seguir dedicado a la música?


“Tuve problemas. Algunos profesores no querían dejarme pasar porque tenía muchas actividades extracurriculares. Pero en la Facultad siempre traté de hacer mucha música, y me encontré con muchos profesores que amaban el arte.


Superé ese obstáculo que me pusieron de elegir entre la música o la medicina. Yo elegí las dos cosas.


Yo formé la primera etapa del Estudio Polifónico de Medellín durante mi época en la Facultad de Medicina, el 24 de mayo de 1966, y vivió hasta un tiempo después de que me fui de la Universidad.


Me gradué en 1968, y el día que me gradué me hicieron una comida en mi casa, y apareció monseñor Jesús Emilio Jaramillo, a quien no había vuelto a ver después de salir del Seminario. Vino para el día de mi graduación, tal y como me lo había dicho.


Yo me gradué y eso fue muy difícil para mí, porque me mandaron para Tarazá como médico rural, y fue una experiencia muy dura, eso quedaba lejísimos, no había agua, la carretera estaba sin pavimentar.


Pero el sacrificio más grande que he hecho en mi vida fue oír 100 equipos de sonido a la misma hora poniendo vallenatos. Eso es el martirio más grande que puede existir. Yo creo que desde ese momento abomino el vallenato, además porque me parece un género muy mal hecho, la música más mal hecha en Colombia.


Yo decidí quedarme en el pueblo porque se me dañó el matrimonio con una novia que tenía en esa época. Y luego empecé a ir a otros pueblos, estuve en San Jerónimo, después estuve en Segovia, luego en Abejorral y luego en Barbosa”.


- Entonces, ¿por esos años se entregó a la medicina completamente?


“En San Jerónimo, como estaba cerquita de Medellín, me podía volar a ver conciertos, y llevaba a mis compañeros a que hiciéramos presentaciones.


En Barbosa se me aparecieron unas niñas de medicina a hablar conmigo, y me ofrecieron dirigir un coro. Y yo les dije que no.
Yo, en ese momento, había pensado dejar de hacer música, y quería venirme a Medellín a buscar una especialidad médica.


Me gustaba la neurología, pero después, ante la iniciativa del doctor León Hernández, quien decía que yo era el hombre para trabajar en cirugía plástica porque tenía la creatividad y el arte, me incliné por esa especialización. Pero cuando yo regresé a la Universidad ya no cabía en esa especialización, pues debí de haber entrado tan pronto hubiera terminado el rural, y yo no lo hice.


Cuando les dije que no a esas niñas en Barbosa, ellas se fueron, pero yo quedé sacudido, incómodo, y a las ocho de la noche me fui a un almacén de variedades y compré diez cuadernos de música, y de memoria transcribí una obra, y estuve toda la noche escribiendo ahí las partituras de esa primera obra.


Al día siguiente llegué y me encontré con 100 estudiantes de medicina y de enfermería que estaban en una huelga de la Universidad, de esas que eran muy largas, y estaban aprovechando ese tiempo para ensayar. En cuestión de media hora estaba la obra montada.


Entonces les dije: "Bueno, yo quiero hacer el coro otra vez, y se va a llamar Estudio Polifónico de Medellín", que era el coro que yo había tenido en la Facultad. Y con el paso del tiempo se unieron más personas, llegó una oleada de gente de la Universidad Nacional, y después llegó gente de la Universidad Pontificia Bolivariana, y luego mucha gente de afuera.


Entonces hice un convenio con otro médico para que me remplazara durante el tiempo que yo estaba en los ensayos.


Para esa época me casé, el 29 de diciembre de 1971, y me puse a trabajar con el Seguro Social en Caldas, lo que fue muy cómodo porque en esa época trabajaba en la mañana con el Seguro, luego iba a mi consultorio personal, también en Caldas, y después me iba a ensayar con el coro, que fue creciendo, y creciendo, y se convirtió en un coro muy importante.


Yo fui nombrado director asistente de la Orquesta Sinfónica de Colombia, encargado de programas corales y de óperas. El coro estaba conmigo, salíamos al Valle, a la Costa Atlántica...


En el año de 1976 creé una nueva orquesta en la ciudad, la Orquesta de Cámara de Medellín, que hice con unos estudiantes aventajados de la Universidad de Antioquia y los puse a trabajar. Y la Orquesta duró hasta el año 78, cuando los chelistas se fueron a estudiar a otros sitios.


Me retiré del Seguro Social y seguí solo con mi consultorio. Continué con mis ensayos, que por muchos años hicimos en el Hospital San Vicente de Paúl, luego en las oficinas de Jardines Montesacro, luego en el centro comercial Villanueva, pasamos a unas oficinas de Comfama en el Centro, y finalmente a la Cámara de Comercio. 
Así seguí por años”.


- ¿Y cuándo apareció la idea de fundar la Orquesta Filarmónica de Medellín?


“Porque el Estudio Polifónico tenía que alquilar la Orquesta Sinfónica de Antioquia, que había reaparecido, y teníamos que pagar, y eso no era fácil. Entonces vimos la necesidad de hacer una orquesta para acompañar al Estudio Polifónico. Además, yo quería brindarles a los músicos jóvenes la posibilidad de la práctica orquestal.


Le eché cabeza desde 1982. Y en 1983 creé la Orquesta Filarmónica de Medellín.


El problema era la plata, con qué la iba a mantener, por eso decidimos hacer una orquesta muy sencilla, de 36 personas, para que acompañara al coro.


El coro dio todo el dinero que tenía, que eran unos diez millones de pesos que había recibido por el pago de las óperas y de otras cositas. Con eso compramos atriles, partituras, instrumentos...


Nosotros necesitábamos hacer un concierto mensual, y venderlo enterito, para poder pagar con eso el teatro, la publicidad y las becas de los músicos, porque todos eran estudiantes”.


-¿Qué tan difíciles fueron esos primeros años con la Orquesta?


“En el segundo año de trabajo empezaron los problemas, porque los críticos de la ciudad decían que la Orquesta Filarmónica de Medellín iba a acabar con la Orquesta Sinfónica de Antioquia”.


-¿Lo criticaron a usted por no ser un músico profesional?


“No, no. Esa crítica no existió. Lo que yo hacía ya era reconocido nacionalmente. Además, nadie tenía título de nada. Es que en Colombia el profesionalismo académico en la música apareció después de 1985 o de los años 90. Nadie tenía grado.


La Orquesta y el coro iban bien, y yo era aceptado en Colcultura como un músico importante”.


- ¿Y tuvo más crisis la Orquesta en esos primeros años?


“La Orquesta recibió críticas de muy malas pulgas, y la gente no volvió. Además era difícil por la falta de ayudas públicas. La Orquesta se hizo con su propia gestión, y llegamos a tener unos déficits gigantescos.


Además, cuando se cerró la Orquesta Sinfónica de Antioquia, a principios de los 90, muchos dijeron que fue por culpa de nosotros.


Pero empezamos a recibir ayuda, nos empezamos a profesionalizar, los ensayos eran diarios, había que reajustar sueldos, seguridad social.


En 1996, me hicieron la propuesta de que yo entregara la Orquesta para revivir en ella la Orquesta Sinfónica de Antioquia, pero finalmente las negociaciones no se dieron.


Además, a mí la crítica me negaba al principio el único título que yo quería: el de maestro.


La Universidad de Antioquia me honró con el título de Doctor Honoris Causa. Y a partir de eso la crítica empezó a dirigirse a mí como el maestro Correa, título que me gané después de tantos años de trabajo.


Pero las crisis las hemos podido superar. La Orquesta siguió creciendo y es un orgullo”.


-¿En qué momento dejó de ejercer la medicina?


“Cuando cumplí los 60 años de edad, hace diez años, ya tenía mi tiempo de jubilación completo. Hice las vueltas de la jubilación, y salió.


Y un día, en lugar de irme para mi consultorio, me vine para acá. Me traje mi cello para estudiar, porque a los 60 años recibí mi primera clase de cello, y cuando la gente me vio acá tan temprano se asustaron todos.


Trabajé en la medicina durante 40 años. Fui feliz haciendo medicina todos los días. Pero esa etapa ya terminó”.


- Finalmente su formación académica como músico, en una universidad, llegó. Y con honores...


“Sí. En la Orquesta empezamos a exigirles a los músicos el título de pregrado, y empezamos a estimular los estudios de posgrado.


Cuando yo vi que todos ellos estaban sacando sus títulos, yo no me quise quedar atrás. Entonces me inscribí en la Escuela de Dirección de Orquesta y Banda Francisco Navarro Lara, de Huelva, España, que a su vez es una escuela que está inscrita a la Royal School of Music de Londres. Estudié durante dos años y medio, terminé mi último examen el pasado diciembre, y saqué un puntaje muy alto, con la posibilidad de entrar al doctorado el día que yo quiera”.


-Si mira hoy hacía atrás, ¿qué satisfacción le queda?


“Nunca me interesó buscar reconocimiento. No me interesó ni la plata ni el poder. Ni la política. Me alegra haber adquirido sabiduría para hacer mejor la música, es lo que me interesa hacer con mi vida”.



El gusto por otras artes

“Me encanta el cine, es tal vez el arte que más me gusta, pero ¡nunca voy a cine!, me desespera el sonido del cine en un teatro. Hace un mes fui con mis nietas a un cine de un centro comercial y me tuve que meter los dedos en los oídos porque no podía con ese sonido aterrador. Pero me veo todas las películas que puedo en dvd, y es perfecto.


Me encanta la literatura, me gusta la novela y me gusta el ensayo. El Boom Latinoamericano me lo he leído enterito. En este momento me estoy terminando el séptimo libro de ‘En busca del tiempo perdido’, de Proust. Y este año me he leído seis libros de música.


Me encanta la plástica, la pintura, la escultura. Soy un gran estudioso de la arquitectura, tengo un hijo arquitecto, y me encanta la arquitectura como arte.


Ahora, no me gusta hacer fila, no hago fila para nada. No volví a fútbol para no hacer fila”.