Columnistas

La otra cara del Perú
4 de Julio de 2012


¿Quién no se refiere al Perú elogiando su cocina o hablando favorablemente de su crecimiento económico?

Manuel Manrique Castro


¿Quién no se refiere al Perú elogiando su cocina o hablando favorablemente de su crecimiento económico? Las dos cosas son ciertas y mientras la gastronomía cautiva a los que la prueban y deleita a quienes la conocen, la economía da muestras de una salud que ha puesto al país en la vitrina internacional y le ha hecho ganar el calificativo de tigre latinoamericano. 


Sin embargo, hay que tomar con pinzas esa reiterada bonanza porque buena parte de ella se sustenta en el mejoramiento notable y sostenido del precio internacional de minerales en los que el Perú es rico.


La culinaria les pertenece a todos los peruanos y es el rasgo de la identidad nacional más democrático, mientras la economía, sólo ahora y después de una larga noche que se hizo más oscura desde los años 80, está permitiendo reducciones significativas de la pobreza e importantes inversiones sociales aunque 11 de los 15 millones de peruanos que tienen empleo está en el sector informal.


Hay otras dimensiones de la realidad peruana que tienen profundo impacto en su viabilidad como nación: la silenciosa y corrosiva discriminación, su débil cultura democrática, que no ha terminado de romper con el autoritarismo decimonónico y la cruda realidad educativa de un país en el que un 25% de su población es indígena, en su mayoría pobre.


Hace poco un indígena fue expulsado de la tienda de un conocido centro comercial limeño porque llevaba su vestimenta tradicional y aquello dio lugar a protestas. En apariencia aislado, el ataque al poblador andino es sólo manifestación del aire discriminatorio contra indígenas y cholos que recorre, con distinta intensidad, el Perú entero; corroe su estructura social e impone el sello de un racismo que recae, con más fuerza, sobre marginados urbanos y rurales.


Patricia Salas, ministra de Educación de Ollanta Humala, al hacer pública la Evaluación Censal Nacional de alumnos de segundo grado de primaria del 2011, señaló que en comprensión lectora sólo el 29.8% de los estudiantes logró los aprendizajes esperados cuando la meta para el 2011 era de un modesto 35%. La comprensión lectora en español entre los niños indígenas llegó al 10.5%.


En matemáticas, para el manejo de las operaciones básicas, el resultado fue de 13.2%. Con esos resultados ¿qué le espera al restante 70% o más de niños, la gran mayoría pobre, cuando llegue a 3º de primaria y en los años subsiguientes, si consigue permanecer en la escuela?


Perú destina el 3% de su PIB a la educación pese a que hace una década el Gobierno suscribió un acuerdo para que fuera el doble. El  promedio latinoamericano es de 4.6% y el de Colombia era el 4.8% en el 2010.


Pero los recursos limitados son sólo la punta de un enorme iceberg que tiene por debajo toda suerte de dificultades que van desde la pesada burocracia, el obsoleto e inadecuado sistema educativo y, por consecuencia, la pobre calidad de una educación que incorpora a millones de niños a escuelas de pobre calidad.


Muy bueno que el país crezca y que sus éxitos económicos resuenen en muchos lugares, pero mucho mejor que ese crecimiento recaiga sobre su gente, la educación se convierta en gestora de ciudadanos demócratas y herramienta transformadora del crecimiento económico en desarrollo.  Ese es uno de los mayores desafíos del Perú en el siglo XXI.