Columnistas

“A mí cánteme un bambuco”
Autor: Luis Fernando Múnera López
25 de Junio de 2012


La música folclórica del país, por su parte, es un incentivo para los sentimientos de nacionalismo y apego por la tierra.

La música nutre el espíritu. Cada género musical tiene su encanto, llega a públicos específicos y tiene virtudes propias.


Por ejemplo, la música de los grandes compositores universales se considera estimulante para el desarrollo intelectual, a las voces de los grandes solistas se les atribuye propiedades de equilibrio emocional y la música estridente excita los sentidos.


La música folclórica del país, por su parte, es un incentivo para los sentimientos de nacionalismo y apego por la tierra. En Sevilla, España, entré una noche a una taberna alejada de la zona turística, y encontré grupos de adolescentes bailando alegremente sevillanas, su música raizal, entre las mesas del local. En Estados Unidos de América es usual que en los bares se escuche “country music”, la música rural del país. Y qué decir del tango y la milonga en Argentina y las rancheras y corridos en México.


En Colombia el vallenato tiene aceptación masiva en todo el país y el exterior. Esto es positivo. Pero es lamentable que el resto de nuestra música, los bambucos, pasillos, guabinas, joropos, danzas, torbellinos, parezcan estar relegados a los festivales de la música colombiana, y estén tan alejados de los medios masivos de comunicación, de los establecimientos públicos y, sobre todo, de los hogares y las aulas escolares.


Un pueblo que pierde sus raíces es un pueblo que arriesga su futuro.


En Colombia hay numerosos festivales de música nacional, y muy buenos. En Antioquia tenemos al menos tres de los mejores: El Encuentro Nacional del Tiple, Antioquia le Canta a Colombia y el Festival Hatoviejo Cotrafa.


En esos eventos vienen observándose dos fenómenos muy interesantes. El primero es la evolución de los estilos de la música andina. Al lado de las versiones tradicionales, ¡viejas y sentidas!, de bambucos, pasillos y guabinas se presentan piezas compuestas en estos ritmos, que conservan la métrica y la cadencia pero modifican el aire, el espíritu, de la pieza, ¡lo modernizan!


Conversé de esto con el maestro Puno Ardila Amaya, gran músico y promotor de nuestro folclor, quien me dio un concepto muy valioso: “La música es como la lengua, si no evoluciona con la época, se estanca y tiende a morir. Por eso la aparición de esos bambucos y guabinas que suenan distinto es favorable para el folclor. No nos podemos quedar sólo con las piezas añejas, aunque ellas deben continuar vigentes”.


El segundo es que al lado de intérpretes que se formaron empíricamente en el manejo de los instrumentos y de la voz, vienen surgiendo músicos jóvenes que trabajan duro en los conservatorios y en las facultades de música de las universidades. Entre los primeros, que sin duda son maestros, algunos confiesan no saber leer partituras. En cambio los segundos alcanzan desarrollos muy elaborados en las piezas de música colombiana que interpretan.


Así lo comenté con el maestro Puno y me contestó: “¡Claro que es bueno tener muchachos jóvenes en estos festivales de música colombiana! Pero hasta ahora los tenemos solamente arriba del escenario. Los necesitamos también abajo, entre el público”.


La emoción que produce un tiple que zurrunguea un bambuco no puede perderse. Necesita revivirse, difundirse, regresar a la radio, a la televisión, a la sala de la casa y a las aulas de clase. Tal vez no venda tanto como otros géneros modernos, pero es bella y tiene contenidos edificantes.