Columnistas

Las ballenas de Dinamarca
Autor: Henry Horacio Chaves P.
25 de Junio de 2012


De las tres autonomías que conforman la comunidad danesa, las Islas Feroe son las que menos oímos mentar en este lado del mundo. Groenlandia y la propia Dinamarca nos resultan más comunes, así sea para dolernos por estar aquí y no allá.

Una de esas frases que acuñamos en Colombia para explicar nuestra realidad, dice que “no estamos en Dinamarca sino en Cundinamarca”. Es posible hallarla en varios temas y tonos, pero generalmente tiene de fondo un auto reconocimiento de inferioridad, como sociedad civilizada, frente al país nórdico. Sin embargo, el origen vikingo de los daneses y las prácticas antiecológicas que persisten entre ellos, no es como para tenerles envidia.


De las tres autonomías que conforman la comunidad danesa, las Islas Feroe son las que menos oímos mentar en este lado del mundo. Groenlandia y la propia Dinamarca nos resultan más comunes, así sea para dolernos por estar aquí y no allá.


Pues resulta que ese que se ofrece como un destino turístico excepcional, con el aire más puro y la más atractiva naturaleza, pinta cada año de rojo el mar y revive un espectáculo dantesco que debería estar proscrito para cualquier sociedad.


Es una costumbre heredada de los vikingos: cada año, los hombres llevan a sus hijos para compartir con ellos la experiencia de atrapar las ballenas en la bahía y matarlas a golpes. Son cientos de ballenas sacrificadas las que tiñen de rojo el mar. Y ellos, los feroenses, posan orgullosos con sus músculos de película, al lado de sus hijos y con las manos ensangrentadas.


Una tragedia que seguro se repetirá por muchos años porque hace parte de la masculinidad de ese pueblo que se ofrece como un paraíso turístico, conformado por 18 islas verdes, de sin igual atractivo natural y habitadas por “personas realmente cálidas y hospitalarias que te esperan con los brazos abiertos”. Claro en ninguna guía turística dirían que con las manos untadas de sangre de ballena.


En cambio, las guías turísticas insisten en que allí “el hombre y la naturaleza conviven en armonía y el pasado se fusiona con el presente sin olvidar las comodidades que ofrece la vida moderna”. A ese pasado apelan para perseguir a las ballenas piloto del Atlántico Norte y a las migratorias que llegan a sus costas cada año, en una práctica conocida como “trituración”, que consiste en que las conducen con las naves pesqueras hacia la bahía, las atan y las arrastran hasta que quedan varadas. Las apalean, las acuchillan, les cortas las aletas dorsales y las dejan desangrar una al lado de las otras con la idea de ver el mar pintarse de rojo. En su favor debemos decir que no lo hacen conscientes de la maldad, pues en su tradición es “lo más humano posible” y juran que la ballena piloto de aleta larga no está en vía de extinción.


Como es fácil entender, la economía de las Islas depende en más del 90% de la pesca y la industria que de ella se deriva, además de los recursos de turismo, que es el segundo renglón de la economía. Una economía que no depende del Euro aún estando en la Unión Europea, a la que no le suenan los llamados de los ambientalistas por cuidar el mundo y respetar a los animales. Unos llamados que a ellos les deben sonar a “cantos de sirena” y a nosotros nos hacen decir, siquiera estamos en Cundinamarca y no en Dinamarca.