Columnistas

El caos de la reforma
Autor: Alfonso Monsalve Solórzano
24 de Junio de 2012


Nunca se trató de reformar la justicia para hacerla más eficiente o para escribir en piedra el principio básico del debido proceso para todos los colombianos, de manera que jueces y fiscales no abusaren del recurso de detención preventiva

Nunca se trató de reformar la justicia para hacerla más eficiente o para escribir en piedra el principio básico del debido proceso para todos los colombianos, de manera que jueces y fiscales no abusaren del recurso de detención preventiva en las primeras fases de una investigación, ni de ponerle fin a la justicia espectáculo en la que los expedientes o presuntas pruebas reserva del sumario son filtradas por funcionarios del poder judicial para determinar, a través del eco inmenso y masivo que les hacen algunos medios de comunicación, la culpabilidad de un sindicado sin todavía ser vencido en juicio; la hiciera imparcial y produjera seguridad jurídica entre los colombianos, es decir, la certeza de que cualquiera, en caso de ser juzgado, se hará con procedimientos justos, iguales para todos y con jueces imparciales.


En fin, una reforma a la justicia que evite ser usada como arma política, porque todo mundo sabe que hay personas a las que se les llama a juicio, encarcela preventivamente y se hace uso de toda clase de recursos para condenarlos, por el solo hecho de profesar una determinada ideología o haber participado en el gobierno pasado. Esto no quiere decir que algunas personas con esas características  no hayan cometido delitos; sobre ellas debe caer el peso de la ley.


Lo curioso es que en el caso de la guerrillopolítica, se han usado otros raseros. Por ejemplo, se han desestimado pruebas contenidas en los computadores de Reyes, para precluir investigaciones o no usarlas como elementos de juicio, lo que lleva a la libertad de los implicados; o se trata de bajarle el perfil al delito hasta hacerlo invisible, para no investigarlo, tal como ocurre con las denuncias de falsos positivos cometidos por organizaciones “de la sociedad civil”, respecto a ciertas masacres.


El acto legislativo versa sobre favores a las altas cortes, a cuyos magistrados se les aumenta a 12 años el período actual de 8, aumento que regirá no con los que lleguen, sino que cobija a los actuales; igual sucede con la edad de retiro forzoso, que no será a los 65 años sino a los 70. Pero lo más preocupante, porque viola el principio democrático del equilibrio de poderes, las altas Cortes quedan  sin un organismo de control, al eliminar la Comisión de Acusaciones, facilitando la llamada “tiranía de los jueces” y al suprimir el Consejo Superior de la Judicatura, serán ellos mismos quienes nombren los nuevos magistrados.


La crisis de la parapolítica ha debilitado el fuero del Congreso. Este tiene sentido para garantizar que los congresistas puedan expresar libremente sus opiniones y legislar según lo que dicta su conciencia y su bancada. Es un hecho que el Congreso está en manos de la Corte Suprema de Justicia, quien ha llegado a detener a algunos de ellos en los preliminares de la investigación; además, los congresistas no tienen el derecho a la doble instancia. Este fuero hay que restituirlo. Pero hay que hacerlo bien y de manera que evite la impunidad. No obstante, la aplanadora de la Unidad Nacional aprobó una serie de mecanismos para evitar su detención preventiva y asegurarse la gradualidad de las acciones, que han resultado escandalosas por el contenido y por el hecho de que fueron aprobados por parlamentarios que estarían legislando en causa propia.


Estos son algunos puntos de la reforma. Lo interesante es que el presidente Santos, quien fue el creador e impulsor de la iniciativa, aparece ahora, impugnándola (no se sabe bien si tiene facultades para ello), cuando es un hecho que la mayoría de la Unidad Nacional simplemente estaba siguiendo el designio del presidente. Éste, apenas sintió la avalancha de críticas de los ciudadanos a la reforma quiso aparecer como el primer indignado, pero no como los de Europa, que están contra el Establecimiento, es decir contra gente como Santos, sino como aquél a quien engañaron en el Congreso.  En un hombre para quien la reelección es su primera prioridad, esto es apenas natural. Le descubrieron la trama. Si la reacción hubiese sido positiva, hubiese aparecido en la televisión, alabándola. Puede que muchos colombianos seamos bobos, pero no tanto.