Columnistas

Adolescentes infractores
20 de Junio de 2012


Basta que se haga público un hecho de violencia involucrando a adolescentes para que automáticamente se levanten voces pidiendo trato severo y alertando del peligro que representan para la sociedad.

Manuel Manrique Castro


Basta que se haga público un hecho de violencia involucrando a adolescentes para que automáticamente se levanten voces pidiendo trato severo y alertando del peligro que representan para la sociedad.  A punta de esas repeticiones se abre paso en la percepción colectiva que eso es verdad y que no sólo es necesaria la mano dura sino también que toca protegerse de ellos por la amenaza que significan.  


Ese es el camino que le resta espacio al diálogo y orienta la mirada en una dirección que hace perder de vista otras dimensiones indispensables para la búsqueda de mejores salidas. 


Las estadísticas de la Sala de Servicios de la Rama Judicial de Medellín indican que el 65% de los delitos atribuidos a adolescentes corresponde al porte y venta de estupefacientes, 14% al hurto y casi  6% al porte ilegal de armas, con seguridad asociado a la actividad de las organizaciones delincuenciales que operan en la ciudad.  Tres tipos de delitos, la gran mayoría cometidos por hombres,  que nos hacen voltear de inmediato la mirada hacia el entorno donde viven estos adolescentes y reconocer que el asunto no es tan sencillo como pedir castigos más duros.


Aquí los factores de riesgo asoman uno al lado del otro y los primeros y más evidentes son la pobreza y el bajo desarrollo humano, con sus efectos perversos sobre el entorno comunitario y en particular sobre la familia, propicios para la ilegalidad;  mientras la sociedad de consumo les vende la idea de un mundo en que la felicidad se alcanza comprando.


Los afro descendientes, indígenas y desplazados tienen vulnerabilidades adicionales y, desde luego, la historia educativa de cada muchacho. No sólo si terminó la primaria o hasta qué grado llegó, sino su trayectoria de repitencia, desencanto y deserción escolar que, cuanto más traumática y menos exitosa, más cercana a la seducción de la ilegalidad y el delito. Un estudio brasileño muestra que el 90% de los infractores adolescentes había pasado por fracasos escolares y que un tercio de ellos manifestaba no tener sueños y carecía de un proyecto de vida.


No es menos dura la pregunta que se hacen: “estudiar sí, pero para qué si de la educación obtengo poco”;  lo que a su vez nos lleva a la otra inquietud sobre el contenido de la educación, que camina en un sentido mientras el mundo y los desafíos de la era presente avanzan en otro.


Ese, aunque parcial, es el conglomerado de factores que pone a muchos jóvenes al filo del abismo. Felizmente, pese a vivir bajo restricciones severas, la inmensa mayoría logra sortear esos riesgos y emprende la ruta alejada de la criminalidad.


No hay que levantar el dedo acusador pidiendo castigo, es preferible concentrar las energías en el escenario donde transcurre la vida de los muchachos y sus familias y que a partir de una buena comprensión de esa realidad las instituciones hagan su parte, mejorando el desarrollo humano y previniendo que los adolescentes corran el riesgo de comprometer seriamente su futuro.