Palabra y obra

José Martínez’ literary world
El mundo literario de José Martínez
16 de Junio de 2012


Uno de los recientes libros de Martínez, “Opiniones de un fumador de cebolla”, fue presentado en la Feria del Libro de Buenos Aires de 2010.

Foto: Cortesía 

El escritor José Martínez expresa que lee "poesía, filosofía del arte, crítica literaria, novelas breves y medianas, cuento, historia, filosofía, tratados sobre el lenguaje, gramática, estilística, diccionarios, manifiestos, reseñas, biografías, mitología y otras menudencias". Entre sus autores favoritos está Will Durant, Tomachevski, Emil Ludwig, Cervantes y William Blake.

Óscar Jairo González


Poeta, narrador y ensayista. Ese es José Martínez Sánchez, escritor colombiano que nació en 1955 y que actualmente está radicado en Bogotá.


Martínez ha sido merecedor de varios premios y reconocimientos literarios, como el Premio Nacional de Cuento Fundación Testimonio, en 1984, el Premio Nacional de Literatura Infantil, de 1990, y la mención de honor en el certamen internacional de cuento del Círculo de Escritores y Poetas Iberoamericanos de Nueva York, en 1998.


El escritor habla sobre asuntos claves de su producción literaria.


- ¿Cómo nació en usted la vocación de escritor?


“Eso se descubre en algún momento lamentable de la vida. En mi infancia escuchaba a mi madre contar historias de espantos y aparecidos en el patio de la casa a las once de la noche, en un medio donde la única luz no provenía de Helios sino de Selene, y desde entonces conservo un horror pánico por los vivos y los muertos.


En ese horror, sin duda, está el germen de los poemas y fantasías que rondaban mi cabeza en aquellos años de niñez solitaria, convertido en trashumante de los callejones y barriadas que hoy conforman las comunas de Medellín.


Por otra parte, mi padre pasaba horas interminables leyendo libros clásicos en el corredor de la casa, con sus dedos callosos y su gafas redondas, cuando apenas había rozado con las uñas la puerta de la escuela. Yo heredé de él el aprecio por la lectura y el gusto por las gafas trotskistas.


Más tarde, durante la temporada vacacional, realicé un viaje en auto-stop, escribí mis impresiones en un cuaderno universitario de cien hojas en gran formato y solo regresé a casa cuando la frase final cubrió el último renglón del color de la hierba”.


- En su formación literaria, ¿qué tanto incidió el nadaísmo y qué observación hace sobre ellos?


“Siempre consideré el nadaísmo como un movimiento de entrecasa, típico de una sociedad aldeana con sus mitos y valores, los mismos que algún día serían detonados o al menos negados por sus vástagos.


‘Lo más importante que nos enseñó el nadaísmo’, dije por molestar a Elmo Valencia, El Monje Negro, el más consecuente de la horda, ‘es que todos debemos desobedecer a nuestros padres’. Ahí está su mayor aporte. Por lo demás, no existe una estética nadaista.


A Gonzalo Arango, fundador y sepulturero del movimiento, le opuse un séquito de profetas a quienes siempre consideré pesos pesados en las arenas del desierto: Sócrates, Carlos Marx, Zaratustra, Freud, Hamlet, y el dignísimo rey Ubu.


- ¿De dónde provienen los nombres que da a sus libros?


“Procuro que los títulos correspondan a una necesidad interna del texto. A veces hallar el título adecuado es lo más difícil. Me quedo con ‘Locos topos paralelebípedos’ (bípedos paralelos), ‘Opiniones de un fumador de cebolla’, ‘Alguien ahí en la oscuridad’ y ‘Parvulario de náufrago’, los demás no van. Me hago el hara kiri, apelo a la licencia de la reescritura, a las bondades de la autocrítica”.


- Hay en sus novelas y relatos una búsqueda muy lúcida y crítica por mostrar una relación entre lo rural y lo urbano, ¿cómo se da esto?


“No comparto la separación arbitraria entre literatura urbana y rural, agenciada por sociólogos, escritores y falsos críticos en décadas anteriores.


La novela ‘Olas’, de Virginia Woolf, ¿es urbana o rural? ‘El asno de oro’, protonovela, ¿es urbana o rural? ‘La Ilíada’, ¿es literatura urbana o rural? Bien harían los inclinados a dogmatizar sobre la vigencia o no de ambas literaturas en admitir que una de las funciones del escritor es dar cuenta de una perspectiva estética, cualquiera sea el espacio narrado”.


- ¿Escribe para un lector determinado, busca usted un lector?


“Los franceses Roland Bourneauf y Réal Ouellet lo llamaron ‘lector ficticio’. Es aquel que permanece idealmente en la conciencia del escritor, algo así como un autor siamés incrustado en el cerebro y el ombligo de su hermano.


Sí, al fin y al cabo se trata de un juego. Yo convoco a ese lector al terreno azaroso de las coincidencias y los desajustes. Si es crítico literario, cuánto mejor, presumiendo  que haya entre nosotros críticos literarios. La proyección del texto, dicen, se concreta en la elaboración del otro”. 


- ¿Qué escritor ha sido decisivo en la formación de su escritura?, ¿Qué ha extraído y cómo se ha liberado de él?


“Hay verdaderos magos en las obras de imitación, sin abandonar nunca su cometido. Puesto que se hace indispensable reconocer las influencias (que pueden ser voluntarias o inconscientes, o coincidentes), mi primer intento de novela estuvo bajo la tutela, bien comprensible, de García Márquez. La causa, a mi entender, se debió a la presencia arrolladora del novelista costeño y a una condición larvaria del acto creador.


Pasé varios años de mi vida tratando de enmendar el error en ochenta páginas escritas sobre un tema tabú en la literatura de la nueva violencia. Ciertos colegas han visto los asomos de Rulfo en algunos cuentos, cosa que me enorgullece, pero debo advertir que se trata de un trabajo anterior.


Más allá de escribir bien, de exhibir una sintaxis y un uso idiomático correcto, mi preocupación ha estado centrada en la estructura del texto, en sus planos y prerrogativas formales. Para salir del ‘atolladero’ común a todo arriesgado, la peregrinación por escrituras no convencionales ha sido fundamental en los últimos años”.


- ¿Para qué escribe? ¿Exorcismo, liberación o condenación?


“Creo haber comenzado por afirmar que uno descubre la presencia del escritor en algún momento “lamentable” de la vida. Asumirse en el reto de la escritura es emplazar a las fieras internas y externas de la existencia en lo íntimo, en lo social y en lo metafísico.


Escribo para exorcizar la impotencia del Ángel Caído, para comprobar que en cada página y en cada poema agonizan las potencias miserables del cuerpo y el espíritu, suponiendo que el espíritu no sea un invento de los antiguos egipcios.


Escribo para apartar a los genios de la gula y la estupidez entronizados en la barbarie del tiempo y de los tiempos, en la marquilla compartida con los estafetas del avernillo literario, enemigos de la patafísica y la utopía. Escribo para condenarme a un ostracismo sin fisuras en la era del sexo virtual y el tránsito al ciberespacio”.



Política y literatura, ¿hay relación?


"‘Escribir sobre política en una obra literaria suena como un pistoletazo en medio de un sublime concierto’. Esta frase de Stendhal hizo carrera en los círculos intelectuales latinoamericanos en la segunda mitad del siglo XX.


En los años de populismo debió cumplir una función orientadora. Hoy carece de sentido, pues los muy encopetados y acicalados premios suecos, para muestra Mario Vargas Llosa, gozan del privilegio de publicar obras de evidente contenido ideológico.


En la medida en que la política global se parece cada vez más a una de las mil máscaras del absurdo, a la macabra pantomima del monstruo, la perspectiva ficcional de los temas políticos ofrece alternativas envidiables. La misma tecnología de guerra haría estremecer al Quijote, cuyo Sancho no sería un campesino fofo sino un tanque maniobrado por el jefe de la CIA en pantuflas domingueras. En mis textos recientes la política es un ingrediente fuerte, llevado al extremo de la ironía, al humor total".