Columnistas

Pava, sin límites ni limitaciones
Autor: Rubén Darío Barrientos
14 de Junio de 2012


La última vez que conversé con Henry Pava Camelo fue precisamente en una reunión del Club Rotario Medellín (que preside Luis Fernando Velásquez).

La última vez que conversé con Henry Pava Camelo fue precisamente en una reunión del Club Rotario Medellín (que preside Luis Fernando Velásquez). Estaba acompañado de su Katherine Granados y hablamos de radio y de política. Recuerdo bien que acerqué a un compañero rotario -que no me creía- para que Henry le ratificara que él había sido narrador de fútbol en Cali y en Medellin. Y le adicioné que fue también locutor comercial en esta plaza, cuando narraba balompié el desaparecido Rafael Medina Corrales y comentaba Eduardo Aristizábal Peláez. Fue un triunfo de mi memoria…


Sus mensajes en la claroscuridad de las 5 a.m., como prefacio al segmento “De pie Colombia”, eran inigualables. Bajo el fondo de la canción de Jorge Celedón, “Qué bonita es esta vida”, Pava saludaba a su “legión de buena voluntad” de manera electrizante y arengaba en pos de la felicidad y el optimismo. Decía que “la noche era sensual y sexual” y se transformaba al otear en la ventana cómo despuntaba el día. Yo imaginaba que él disponía de algún libreto, porque era un chorro de unos 8 ó 10 minutos y él me dijo que lo improvisaba. Estando en su casa, una vez, me recitó su fraseología con que empezaba el programa y me tapó la boca. Quise grabarle su genuino saludo, pero lo aplacé y ya no será posible…


Tenía la potencia de la voz del tolimense, pero la calidez del antioqueño. Se enamoró de este terruño y aquí vivió la felicidad del éxito y la consagración, con su esposa y sus hijos. En muchos cocteles, eventos y citas políticas, lo topamos desplazándose en su “Henry móvil” (como le decía el periodista Julio Betancur Carrillo a sus pies mecánicos). Nada le era intrincado, no obstante siempre habló de que su vida fue un inacabable reto. Y aludía a que levantarse para él era difícil, pero siempre lo hacía. En ocasiones me puse a conversar con Henry en un centro comercial, mientras Katherine vigilaba el disfrute en los juegos de sus dos angelitos. El tiempo se iba como nada, porque era toda una caja de música…


Sin duda, el desafío más grande que tuvo Pava en el mundo radial fue enfrentar las franjas noticiosas de los colosos Caracol, La W, La FM y RCN, a partir de las 5 a.m. Nadie lo hubiera hecho con convicción, como Henry. Y la sintonía era muy alta, merced a que supo conformar un equipo periodístico bien completo. Cualquier entrevista que se pasara, era noticia en la ciudad. Había obligación de escucharlo, porque sabía dónde ponen las garzas. A su interlocutor, siempre le finalizaba la nota con esta original pregunta: “¿Quiere contarle algo más a los antioqueños?”. Era estupendo para interrogar y sabía llevar el hilo de las preguntas. En una entrevista dijo una vez: “yo soy grande porque estoy en la radio”. Y su gloria fue irse de este mundo, disfrutando eso: la radio…


El día de su sepelio debía partir para Europa con su familia. Siempre en esta época del año, hacía un paseo de rechupete. A mí me recomendó realizar un crucero por el Mediterráneo, el mismo que llevó a cabo con Katherine y las niñas. Cuando se trataba de hablar de viajes, Henry se iluminaba. “Elegante”, decía Pava. La verdad es que él nació un siete (de julio de 1954) y falleció un siete (de junio de 2012). En una entrevista le escuché que él quería vivir 90 años, sueño que sus pulmones le cercenaron. Su respuesta, era el reflejo de las ganas de disfrutar la vida de Pava, todo un “gocetas” y un ventrílocuo de la felicidad. Político, compositor, cantautor, gomoso de la radio, locutor, narrador de fútbol, animador, director de noticias, ejecutivo de cadena, buen padre de familia, enamorado de su Katherine, amigo de sus amigos, ¿pará qué más?


Henry Pava Camelo deja un vacío imposible de llenar. Hizo historia, fue un valiente de la vida, le daba gracias a Dios cada día y derrotó la polio que se atravesó en su ruta. Por sus actos, podríamos decir que no se fue sino que se esfumó. En su epitafio, bien cabría escribir que Henry trascendió. Y esa gloria, es la mejor chapa de su existencia.