Columnistas

30 años de democracias y partidos
Autor: David Roll
14 de Junio de 2012


Esta semana se está celebrando en Quito, en la sede de Flacso, el VI Congreso Latinoamericano de Ciencia Política de Alacip.

Esta semana se está celebrando en Quito, en la sede de Flacso, el VI Congreso Latinoamericano de Ciencia Política de Alacip. A él asisten más de 1.200 profesores para hablar de un fenómeno que se apoderó de América Latina desde hace aproximadamente 30 años: las democracias, y sobre todo las democracias de partidos. Es  decir, desde Alaska hasta la Patagonia vivimos en sistemas democráticos, mientras que en los setenta había en la América Latina sólo 4 ó 5 democracias y pocas eran de mostrar. Lo interesante de este congreso es que la mayoría de las ponencias que se presentan  son sobre cómo está funcionando en uno o varios países ese sistema democrático por el que optamos en América Latina y especialmente cómo se puede hacer para que funcione mejor.  El Grupo de Investigación de Partidos de la Universidad Nacional - UN Partidos (www.unpartidoscolombia.com) presenta en el Congreso una ponencia en la que explica de qué modo los académicos, a través de los tanques de pensamiento de Colombia, contribuyeron a que se aprobara una Reforma Política Electoral, la de 2003, que modificó el sistema de partidos. En ella explicamos cómo desde 1992 se hizo claro que las normas sobre partidos de la Constitución de 1991 necesitaban unos ajustes importantes para que no tuviéramos tantos partidos sin identidad e ideología y para que hubiera más disciplina y democracia interna, y de que modo ese trabajo académico influyó en la aprobación de la reforma de 2003, la cual los transformó positivamente.


Puede que la gente no esté contenta en Colombia con los partidos, sobre todo por lo que pasó con la parapolítica, pero lo cierto objetivamente es que tenemos mejores partidos ahora que en 1994 y eso se debe en parte a la Reforma Constitucional de 2003. Para que esa norma fuera aprobada, luego de 3 fallidos intentos en más de 7 años, fue necesario que la comunidad académica, liderada por los tanques de pensamiento (organizaciones encargadas de crear conocimiento para dárselo a los gobernantes en bien de todos), convencieran a los políticos y a la sociedad de que era buena idea obligar a la democracia interna dentro de los partidos (un estatuto que todos deben obedecer y hacer las reglas por consensos); poner límites a los partidos para darle permiso a todo el que pudiera presentarse a elecciones (lista única); obligar a que los partidos se unan en vez de separarse si se parecen entre sí (umbral o porcentaje mínimo de votos para poder tener cargos de elección y aún para existir como partidos); y otras normas que definitivamente han mejorado la política colombiana por lo menos en términos comparativos con el modelo anterior.


Asimismo, en países como Méjico o Brasil sobre todo, pero casi en todos los países latinoamericanos, desde hace 30 años se viene armando un gran ejército, un ejército de personas dedicadas profesionalmente a pensar la política latinoamericana, no sólo por el simple ejercicio académico, sino también para incidir en mejorar ese sistema político a la vez tan criticado como aceptado, la democracia. Si  el lector revisa en internet la página del Congreso Latinoamericano de Ciencia Política celebrado esta semana en Quito (www.alacip2012.org), verá como la mayoría de las ponencias son sobre la democracia y los partidos. Eso ya había sucedió en las anteriores cinco versiones: hay poquísimas conferencias especulando sobre si debe haber modelos alternativos a la democracia, o muy pocos discursos ideologizados estilo años setenta.


Si se hace una encuesta a los expertos del congreso de politólogos reunido en Quito, preguntándoles cuáles son las tres claves para que las democracias funcionen mejor y logren más bienestar para sus ciudadanos, es muy probable que el 95% diga que una de ellas es la existencia de partidos políticos institucionalizados, o sea bien organizados y con claridad ideológica. Es una realidad innegable entre las personas dedicadas a estudiar la política, pero desconocida por los ciudadanos. Por  lo tanto los académicos,  los grupos de investigación y los tanques de pensamiento tienen  un deber adicional al de proponer políticas públicas benéficas como la reforma de 2003. Deben ayudar a concientizar a la sociedad de esta inevitable relación entre buenas democracias y buenos partidos, en medio del natural escepticismo frente a la política y los políticos.


EL MUNDO lo ha entendido así y ha facilitado a la academia este espacio específico para ello. Está demostrado que en los lugares donde la gente cree que la política puede mejorar y que el ciudadano puede contribuir a tener mejores partidos y mejores gobernantes, funcionan mejor los gobiernos que en aquellas en las cuales todo el mundo es escéptico. No se puede llevar ese amplio conocimiento que se debate en este, el congreso más importante de ciencia política sobre Latinoamérica, a toda la sociedad latinoamericana, pero por lo menos sí se puede transmitir este pequeño mensaje: la democracia es un beneficio, no un mal; funciona mejor con partidos que sin partidos; hay muchas personas tratando de que los sistemas se perfeccionen tanto entre los políticos como en el mundo académico; y sobre todo, es importante saber que funcionarán mejor cuando el ciudadano, sin dejar de ser crítico, se sume a ese esfuerzo abandonado su escepticismo frente al hecho de que sí se puede tener mejores gobiernos, y de que de nada sirve para ese objetivo el ser un descreído sistemático de la política y de los políticos en su conjunto.