Columnistas

Ética, Bioética y Elegancia
Autor: Carlos Alberto Gomez Fajardo
12 de Junio de 2012


Hacia los años 70 del pasado siglo XX el norteamericano Van Rensselaer Potter le imprimió un definitivo impulso académico al concepto “bioética”.

Hacia los años 70 del pasado siglo XX el norteamericano Van Rensselaer Potter le  imprimió un definitivo impulso académico al concepto “bioética”. Desde su perspectiva clínica y básica -bioquímico, investigador en temas fundamentales de cáncer hepático, en oncogénesis y quimioterapia- Potter se refirió a la necesidad de un sincero diálogo entre los aspectos de las posibilidades brindadas por la tecnociencia y sus consecuencias reales y concretas en las facetas humanísticas. Se refirió a esta nueva disciplina con la metáfora de la función de un puente que comunica y que salva obstáculos.


El eficaz diálogo de la interdisciplinariedad es una de las grandes y altas exigencias en la práctica de esta naciente disciplina. La idoneidad en la metodología y el rigor técnico de los diversos lenguajes a que están habituados quienes se desempeñan como especialistas en diversos campos es un presupuesto necesario. Hay que pensar en lo que sucede cuando se sientan en la misma mesa a conversar entre ellos abogados, filósofos, biólogos, clínicos, legisladores, investigadores en campos básicos del saber, teólogos, economistas, sociólogos. Por sus obvias diferencias de formación e intereses suceden distanciamientos en opiniones y conceptos, incluidas serias divergencias en temas como definiciones de puntos muy básicos. También entre ellos son posibles los puntos de comprensión y de acercamiento. Se ha hablado de una Babel de la modernidad; es algo que recuerda la gran dificultad de los tiempos modernos comentada por algunos analistas: tenemos divergencias hasta en torno a lo que son las definiciones y límites de las propias divergencias.


Antes de que existiera la bioética como campo definido del saber, José Ortega y Gasset  hacía una reflexión que no deja de tener una gran importancia y actualidad. Esto que el pensador español escribía a inicios de la década de los 40 merece hoy ser recordado. Decía Ortega en su epílogo a la “Historia de la filosofía”, de Julián Marías:


“… Elegancia debía ser el nombre que diéramos a lo que torpemente llamamos Ética, ya que es ésta el arte de elegir la mejor conducta, la ciencia del quehacer. El hecho de que la voz elegancia sea una de las que más irritan hoy en el planeta es su mejor recomendación. Elegante es el hombre que ni dice ni hace cualquier cosa, sino el que hace lo que hay que hacer y dice lo que hay que decir.”


Elegancia tiene una vinculación etimológica con lo que los clásicos latinos llamaban eligentia y luego elegantia: acto y hábito del recto elegir. 


Tiene validez actual esta acertada idea del gran pensador ibérico. Su lectura puede ayudar para iluminar y señalar vías en un proceso de humanización necesario en el siglo XXI, un siglo en que se da la tendencia ingenua a confundir las aplicaciones crudas de la tecnociencia con ‘progreso’. No se puede dejar de tener en consideración el hecho cierto de que no basta con que algo se pueda hacer con los poderosos instrumentos proporcionados hoy por la tecnología para que ello sea bueno. Tómense para el caso dos ejemplos comunes: tecnología nuclear y tecnologías genéticas. Sabemos con creces que es diferente lo que se puede hacer a lo que realmente se debe hacer con ellas.


Se necesita de este diálogo interdisciplinar. Quienes participan en él requieren de una intervención seria, idónea, rigurosamente documentada, que trascienda con amplitud su propio campo de desempeño académico original. Esta es una necesidad siempre urgente y apremiante. Con una actitud y buena disposición hacia la verdad –elegancia- quizás logremos elegir mejor.