Columnistas

Rettig y Sichkov: ¡Fabulosos!
Autor: Olga Elena Mattei
12 de Junio de 2012


Rettig sube al podio sin atril… o sea: dirige toda la sinfonía de memoria. No recuerdo si los críticos de las grandes metrópolis hacen notar esto.

Rettig sube al podio sin atril… o sea: dirige toda la sinfonía de memoria. No recuerdo si los críticos de las grandes metrópolis hacen notar esto. Yo lo comento, ya que me parece admirable. Rettig ha tomado a la orquesta bajo sus alas, y la Orquesta lo ha acogido entusiásticamente, y así mismo el público. Es imposible no impresionarse con la fuerza, la precisión, la expresividad, la excelencia con que él conduce. Así lo corroboramos en la 4ª Sinfonía de Tchaikovsky, desde el fortísimo tutti del comienzo; y, de inmediato, con las precisas intervenciones de los vientos y otras secciones, y el gran brillo de los cornos y las trompetas poco después. El director levanta a la Orquesta en pleno, más allá del paroxismo, tal como se debe escuchar, lo cual no siempre lo logran todos los directores. Cuando regresan los sonoros solos de los vientos, tras el gran tutti, se siente un temblor mental, suspenso labrado por la anterior apoteosis que se va disolviendo en un tiempo de vals, solo para regresar a la exaltación y luego a una sonora fanfarria.


Nunca comento las obras en mi reseña, porque pienso que eso no me toca a mí, a mi me corresponde comentar la ejecución de la música. Pero Rettig hace notar como pocos directores el lenguaje y el estado psíquico del compositor.


En el segundo movimiento, oboes, chelos y fagot llevan una melodía cantábile y luego los violines despliegan una poderosa voz. El tema principal recurre cada vez con distinto fondo o con nuevos adornos en otras secciones.


El tercer movimiento despliega el gran pizzicato de los violines, siempre tan celebrado, que se prolonga con vigor y se repite en varios vientos. No soy nadie para atreverme a decir lo siguiente, pero mi personalidad no me permite callarme la boca (la pluma). Siempre me ha parecido que esos pasajes fueron parte de una obra distinta, compuesta para uno de sus ballets, que no le cupo, y se le quedó abandonada, hasta que la agarró para completar esta sinfonía. Ignoro, (¡auch!), la historia recóndita y lo que han dicho los grandes críticos acerca de este detalle, y ni aunque quisiera podría dedicarme a investigarlo; “pido perdón”.


Finalmente, Tchaikovsky y Rettig vuelven a las cumbres de la expresión auditiva, de la fuerza, del poder musical, para otro de los más intensos tuttis que se puedan jamás oír. ¿Cómo hace un director para sacarle más y más sustancia sonora a la misma orquesta que a veces no entrega tanta masa acústica, tal fuerza física y espiritual? Y cómo logra tan abrupto calderón con corte que parece un rayo, estrellado contra tan súbito silencio, para que se palpe más profundamente el fatum Tchaikovskyniano, en un quedo solo del chelo (Pavel Rusev), y en el tutti finalísimo. 


El Concierto No 3 de Prokofiev, en las virtuosas manos de Sergei Sichkov irrumpe vigoroso, en un piano extraordinariamente stacatto, fuertemente pautado y ejecutado, bajo un director incisivo, y una orquesta disciplinada y bien preparada para tan difícil obra. Con el mismo vigor, se alternan variaciones en una vena serena y en tempos cabalgantes. La ejecución, siempre crocante, tanto la del artista como de toda la Orquesta incluyendo a todos los solistas.


Sichkov también prescinde de su partitura para el concierto. Mostró su talento prodigioso, y su extraordinaria manera de poseer tanto la partitura como el teclado, como si fueran partes de su cerebro y de su cuerpo.


Como ancore, regaló al público una reducción de Pax de Deu del 2º acto de Cascanueces, también de Tchaikovsky, lo cual nos dio la oportunidad de detectar la dulzura de sus románticas melodías, que cuando se escuchan con los ojos y con la mayor atención puesta en la ejecución de los bailarines, no se capta tan intensamente en su belleza temática.


Otra noche extraordinaria frente a un director, un solista y una orquesta extraordinaria.