Columnistas

Adopción ¿para qué?
6 de Junio de 2012


Entre los acontecimientos más trascendentes de la experiencia humana está la llegada de los hijos porque, cuando ocurre, no hay dimensión de la vida que no se modifique.

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Manuel Manrique Castro


Entre los acontecimientos más trascendentes de la experiencia humana está la llegada de los hijos porque, cuando ocurre, no hay dimensión de la vida que no se modifique.  Nada sigue igual, todo empieza a ser diferente al margen de que suceda bajo el techo de una familia campesina, en el congestionado barrio urbano o en medio de las comodidades de quienes tienen mejores condiciones de vida. 


Pero los hijos pueden llegar también por la vía de la adopción despertando igual revuelo. La clave es que ésta se dé bajo ciertas condiciones y cumpliendo requisitos éticos tanto para la familia biológica, la adoptante y, desde luego, para el niño adoptado.


La adopción existe no para que una familia tenga un niño sino para que un niño tenga una familia. Este es el pequeño detalle que hace la gran diferencia ya que  ese aparente matiz coloca las cosas en perspectivas diferentes. Tratándose del niño, es para que la adopción asegure el desarrollo armónico que necesita  y el medio familiar que le ofrezca felicidad, amor y comprensión. 


Cuando predomina el interés de los adultos puede ocurrir lo de Guatemala donde por muchos años se instauró un negocio, de múltiples ramificaciones, que puso precio a los niños, al amparo de una ley permisiva que regaló a los notarios la posibilidad de manejar las adopciones internacionales casi de principio a fin. La autoridad sólo intervenía para poner los sellos oficiales que hacían posible la obtención de la visa hacia el país de destino.


De Guatemala, entre 1997 y 2006, salieron hacia el exterior 26.483 niños, el 87% hacia los Estados Unidos. En el año 2006 uno de cada 100 nacidos en ese país fue dado en adopción mediante pagos de entre 15 y 40 mil dólares distribuidos  entre una larga cadena de cómplices que incluía a los tristemente célebres “jaladores”, responsables de convencer a mujeres embarazadas jóvenes, en su mayoría habitantes de las zonas indígenas del país, a que dieran en adopción a su futuro hijo ofreciéndoles un pago compensatorio. 


Si para algo sirve ese horrendo antecedente guatemalteco es para mostrar cómo la codicia, la falta de escrúpulos, el relajamiento de controles estatales e incluso la complacencia pública pueden convertir a los niños en mercancía y objeto de enriquecimiento algunos.


La demanda de adopciones internacionales ha ido en aumento porque en el llamado primer mundo las parejas llegan a la conclusión de que desean hijos cuando ya no pueden tener los propios o cuando quieren evitar el embarazo.


Para regular las relaciones entre países de origen y destino de las adopciones existe desde 1993 el llamado Convenio de la Haya y quien lo suscribe se compromete a una serie de condiciones que obligan a que los procesos de adopción se hagan bajo determinadas normas y condiciones éticas y de transparencia. 


Colombia, además de ser signataria de este Convenio y de la Convención de derechos del niño, tiene normas propias en armonía con aquellos estándares internacionales y su manejo de las adopciones es referencia para más de un país.  Siendo así, sólo quienes están interesados en hacer sensacionalismo de un tema tan delicado y sensible pueden pasar por alto esta realidad.




Comentarios
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rodrigo
2012/06/06 12:21:06 pm
por estos dias , cuando la paternidad es irresponsable, la madre es soltera y cabeza de familia, una instituciòn como la adopciòn es un pretil indispensable en esta sociedad machista. Por ello no es extraño que nuestra corte constitucional estè adportas de pronunciarse en el tema y serà trascendental dicha decisiòn.
Cenise
2012/06/06 09:37:49 am
Este alerta de ManuelManrique serve como alerta para todos os países onde a pobreza vem aompanhada de uma desapropriação maxima, desumana e inaceitável, perder os filhos.