Columnistas

El precio de la educación
Autor: Alvaro T. López
29 de Mayo de 2012


Bueno, hay que rendirse ante la evidencia: tanto la salud como la educación son negocios en Colombia.

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Bueno, hay que rendirse ante la evidencia: tanto la salud como la educación son  negocios en Colombia. Para hablar en el mismo lenguaje mercantilista con el que se manejan esos derechos fundamentales para los ciudadanos y vitales para la sociedad, es preciso hacer el ejercicio de calcular cuánto invierte el Estado, en el caso de las universidades públicas, en la transformación académica de un muchacho, hasta convertirlo en un adulto con competencias en un saber determinado, técnico, tecnólogo o profesional, y cuál sería el propósito de semejante empresa.  En principio no parecería aceptable que una persona hiciera el esfuerzo de cursar una carrera universitaria o tecnológica, para terminar manejando un taxi o un conmutador.


En la Universidad de Antioquia se ha calculado que el costo por estudiante y por semestre oscila entre los dos y los catorce millones de pesos, dependiendo la carrera, entre las que la más barata es Economía y la más cara Odontología. Si se miran las cuentas por otro lado, se advertirá que el presupuesto oficial de la entidad es del orden de los setecientos mil millones de pesos, lo que es un esfuerzo grande, sostenido con lo que los colombianos pagamos por imposiciones tributarias, que es como se nutre el erario. El costo per cápita por semestre, se aplica funcione o no la Universidad. Esto parece un absurdo financiero, pero el presupuesto se ejecuta se curse dos, uno o ningún semestre académico en un año. No hay correspondencia entre el gasto y el cumplimiento de la misión.


El primer indicador de esta enorme erogación oficial, es el grado de aceptación de sus egresados, léase graduados, en el entorno laboral. La Universidad está en crisis, y Derecho ha sido una de las áreas más sufridas. Pareciera que ya no es la misma Escuela fundada por el Libertador, la de Marcelino Restrepo y Gilberto Alzate Avendaño, la de Eudoro González y Antonio J. Pardo, la de Nacho Vives y Luis Carlos Pérez, la de Álvaro Uribe y Carlos Gaviria. Los orgullosos abogados de la de Antioquia, ya no somos tan apetecidos. Ahora las empresas prefieren egresados de nuevas escuelas que, aunque calcadas al carbón de la nuestra, resultan más atractivas. No hay que culparlas, están en su derecho de discriminar por calidad, sin violar la Constitución.


Lo curioso es que las directivas universitarias y sus áulicos, pregonan los beneficios de sus relaciones con el empresariado. No hay información auditada sobre el número de nuestros egresados absorbidos por el mundo laboral local, pero tampoco la hay sobre los resultados reales de las alianzas con el mundo de la producción, que sí se alza con las buenas cosas que produce la Universidad. Si las empresas se aprovechan de las investigaciones y aplicaciones científicas, también deberían vincular a los graduandos, pero algo no está funcionando. El rector está dedicado a defender proyectos de helipuertos para negocios muy particulares, los silentes decanos no reaccionan y  las familias sufren la derrota de una realidad que las abruma: nuestros egresados no tienen derecho a aspirar a una vida decente. Entonces, ¿la Universidad para qué?




Comentarios
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ARNOLDODE
2012/05/29 04:21:43 pm
El mundo de la economía subyugo las instancias educativas de la sociedad, sometiéndolas a sus leyes de acumulación y concentración de dinero y de control social para "el hacer". Cuando se habla de educación se habla de diferentes instancias: La Familia, el barrio, la scuela, los medios masivos de comunicación (hoy, concentrados y en poder de Grupos económicos) y los procesos de producción de la existencia. La universidad debe volver al principio que la originó: El ser humano que VIVE, que piensa, y que construye "el sentido" de su existencia. Las instancias de la escuela: pre - escolar- media vocacional - universidad - continuada deben apuntar hacia este objetivo enseñar a vivir con el uso de la RAZON y construcción de AUTONOMIA individual.
Wilmar
2012/05/29 03:15:38 pm
Otra mirada a nuestra Universidad de Antioquia. Medellín, mayo 29 de 2012. Si bien es cierto que La Universidad de Antioquia influye en el entorno por la ubicación de sus egresados de las distintas profesiones, no quiere decir con ello, que estos sean involucrados en cada uno de los proceso de reflexión, proyección, expectativas y cambios que son propios de la institución, cuya naturaleza es lo cotidiano, no solo en su infraestructura; dinámica organizacional; en la gestión desarrollada y alcanzada; sino, en sus desarrollos académicos, investigativos y de extensión que permiten el cumplimiento de los objetivos trazados y que se desprenden de la Misión-Visión. El que se busque con estos espacios consolidar la relación entre Universidad y Egresados desde la coyuntura, para nada es un hecho extraño en las intricadas, deterioradas y dispersas relaciones existentes en la dupla Universidad-Egresados; el que las ofertas educativas en particular los cursos de Educación Continuada y los procesos de posgraduación que ofrece la Institución se constituya como núcleo o punto de encuentro, determina el distanciamiento permanente que tenemos los egresados en los temas importantes de la Universidad, dejando en firme el vinculo mercantilista, y, en estos casos, el vinculo instrumental generado en la coyuntura. En la actualidad el panorama para nada es alentador, si se tiene en cuenta que desde la administración de la universidad y desde el órgano máximo de gobierno que es el Consejo Superior Universitario, poco o nada se hace para subsanar las brechas, desigualdades y desequilibrios existentes que impiden una mayor participación efectiva y transparente de los egresados, en un contexto universitario cada vez más caótico: No se cuenta con estatuto del egresado nacido en el seno de la colectividad; la participación representativa de los egresados en los diferentes órganos, comités y juntas, es excluyente y reservada a las facultades, los egresados de Escuelas y los Institutos no tienen cabida; en algunos casos, es el rector quién a criterio propio y conforme a sus conveniencias señala o indica quien nos representa a los egresados en determinados espacios; nada menos ético que eso: el caso más cercano se da en la Fundación de Apoyo a la Universidad de Antioquia. Que a los egresados como a la universidad misma se nos imponga este proceso como parte de una política universitaria, inexorablemente, nos ata a los propósitos del proceso y a las voluntades e intereses primarios de la institución o al afán de aplausos o pago de favores de los pares acreditadores, pues es un sistema donde yo te acredito y tú me acreditas; se desprende entonces la necesidad de un dispositivo higiénico que permita un cambio de inmediato en la mediación burocrática que instala el artificio del nuevo juego universitario y, que evite que no quede en entredicho el carácter de la imparcialidad de los agentes que visitan. Ciertamente, tal como están las cosas, la presencia de los egresados en la vida universitaria queda turbia en el sentido de que somos desagregados por la disposición normativa y por las prácticas politiqueras y clientelares que se ha instaurado al interior del claustro; sin que se vislumbre en el corto plazo la dimensión genuina de la universidad en lo académico, lo investigativo y de extensión, así, como la inmensa responsabilidad social, humana, ética y política que le atañe. Hoy en el contexto de imposiciones clientelares en la que se encaminado a la universidad, se reviven las discursividades de la monetarización que sustituye los valores y fines universitarios con respecto a los objetivos misionales y visionales de la universidad, poniendo en entredicho la pertinencia del claustro universitario en el seno de la sociedad. Queda sobre la mesa la premisa de una universidad gobernada democráticamente desde los diferentes saberes y no desde el un animismo de los médicos; una visión hoy agotada. WILMAR MEJIA Egresado UdeA