Columnistas

TLC: infraestructura y agro
Autor: Evelio Ramírez Martínez
25 de Mayo de 2012


A partir del 15 de mayo la economía colombiana, para bien o para mal, cambió fundamentalmente.

A partir del 15 de mayo la economía colombiana, para bien o para mal, cambió fundamentalmente. El libre intercambio comercial de Colombia con la economía más avanzada del planeta, necesariamente generará mejoras en algunos sectores económicos, pero, seguramente, inducirá también problemas de difícil solución en otros.


Empecemos por referirnos a la infraestructura vial, campo en el que nuestro país sufre todavía un atraso secular y, en lugar de avanzar, más pareciera que retrocedemos todo día. Al respecto, es necesario recordar que todas las ciudades importantes ubicadas en el interior del territorio patrio tuvieron conexión ferroviaria con los puertos tanto sobre el Atlántico como sobre el Pacífico, cuando se inaugurara el ferrocarril del Magdalena. Sin embargo, esa red apenas sí funcionó en forma adecuada cerca de 10 años para convertirse finalmente en inservible. Ahora, el problema vial es uno de los que con mayor urgencia requiere resolver el país, si quiere que el tratado suscrito le genere real utilidad.


Según algunos expertos en el tema vial, el retraso de Colombia es de cerca de 50 años. Con sobrada razón se anota que cuesta más movilizar una tonelada de carga entre Bogotá y Buenaventura, que traer la misma tonelada desde Hong Kong a la misma ciudad.


Nuestros puertos no son tampoco los más eficientes del mundo. Por eso, algunos ingenieros dotados de conocimientos sobre este tema, insisten que el país debe acometer la construcción de un nuevo puerto de aguas profundas, a donde puedan arribar barcos de gran calado, los que movilizan carga a menores costos unitarios y, por ende, permiten desarrollar un eficiente comercio exterior.


De todos modos, vale la pena recordar la afirmación hecha por el Banco Mundial en el año 2001: “Se estima que para los países en desarrollo, el impacto de los costos del transporte sobre el comercio es cinco veces mayor que el de los aranceles”.


Uno de los campos donde la negociación aprobada se torna más incierta es en el sector de la agricultura. Decía el investigador Fernando Barberi Gómez, en comentario aparecido en la revista “Economía Colombiana” de la Contraloría General de la República de diciembre del 2003, lo siguiente: “Esta negociación resultará, sin lugar a duda, uno de los temas más complejos del acuerdo bilateral, no solo por la particular sensibilidad del sector para el desarrollo político, económico y social del país sino por la existencia en el mundo y en los Estados Unidos de subsidios a las exportaciones y ayudas internas que distorsionan la producción y el comercio”.


A propósito, bien vale la pena citar la revista francesa “Problemes Economiques”, del 7 de Junio de 2006, donde en uno de los artículos titulado “Cómo las subvenciones estabilizan el ingreso de los agricultores”, se analiza con rigor los subsidios que reciben los agricultores norteamericanos, que son de tres categorías: a) los créditos de sostenimiento del ingreso; b) los pagos directos y c) los subsidios contra-cíclicos. Aunque no sabemos cómo se negoció en el Tratado este tema, no parece posible que el agricultor colombiano pueda competir así, cuando ni siquiera goza de los más elementales servicios técnicos.


Respecto a la industria vale la pena elaborar el siguiente comentario: aquí el proceso de desindustrialización ha sido acelerado, pues la contribución del sector al producto interno total ha venido disminuyendo en forma acentuada; y es así como esta participación cayó del 21.2% en 1992 a un 14.3% en 2000. Por esta razón, la industria necesita también una restructuración que le permita avanzar para así  poder salir de la etapa de producción de bienes de consumo y, si acaso intermedios, a la producción de bienes de capital.


Claro que este paso no es sencillo darlo, pues fuera de lograr  comercio para  los bienes a fabricarse, elaborar dichos bienes exige un acopio de tecnología de la cual el país no dispone aún. En conclusión: se requiere también una gran revolución educativa como complemento al TLC con EEUU.