Columnistas

Sewell, Tolstoi, Marroquín…
Autor: José Alvear Sanin
23 de Mayo de 2012


No escribía con rapidez León Tolstoi. Pulía, corregía y repulía. Sin embargo, en sesenta años de escritura diaria, compuso una de las obras más extensas (y quizá la más perfecta) de la literatura europea.

No escribía con rapidez León Tolstoi. Pulía, corregía y repulía. Sin embargo, en sesenta años de escritura diaria, compuso una de las obras más extensas (y quizá la más perfecta) de la literatura europea.


Cien años después de su muerte todavía no se ha vertido toda su producción al español, y probablemente nunca se completará, porque los lectores, cada vez menos numerosos, si acaso se contentan con sus grandes novelas. En cambio, para los devotos, cada vez que aparece algo nuevo, el embrujo incomparable se repite. Por eso llamo la atención sobre sus “Relatos”, en la colección “Debolsillo”, de Alba Editorial, Barcelona 2010, que ya se consigue en Medellín.


En esas 616 páginas aparecen escritos canónicos, como “El Padre Sergio” y “Cuánta tierra necesita un hombre” (la cima del autor), pero allí se presentan otras poco conocidas o hasta ahora inéditas en castellano, entre ellas “Jolstomer, historia de un caballo”.


Nadie mejor que Tolstoi, joven militar y luego gran señor campesino, para tratar de caballos. Su recia figura sobre Elíxir es una de las fotografías más evocadoras y reveladoras de la vida y personalidad del contradictorio conde.


Pues bien, Jolstomer es un gran caballo con la más triste trayectoria. A medida que cuenta a sus congéneres en las noches de la caballeriza su permanente mala estrella, el lector no puede dejar de enternecerse, aunque el breve relato, de 41 páginas, quizá más  bien apunta a las opiniones de Tolstoi sobre los hombres y lo absurda que se le hace la noción de propiedad.


El autor trabajó en “Jolstomer” desde 1863 hasta 1885, cuando por fin lo dio a conocer.


Terminada su lectura me pregunté si este relato tenía algo qué ver con “El Moro”, de José Manuel Marroquín, el más desventurado de nuestros gobernantes, chivo expiatorio que hemos escogido para exculpar a Roosevelt por el zarpazo traicionero que Colombia nunca hubiera podido detener, porque Panamá era el factor indispensable para establecer a los Estados Unidos como potencia determinante en el ámbito mundial.


Allí no se detiene la injusticia, que se extiende hasta ignorar la obra de un escritor de primera fila. “El Moro” data de 1897, pero su autor no parece haber leído al ruso, escasamente conocido en Francia por esos días, aunque era buen lector de los mejores libros que llegaban de París.


“El Moro” también se ocupa ampliamente de la conducta humana, pero sus 279 páginas tratan primordialmente de la crías, doma, desarrollo, enfermedades, comercio y los sucesivos ambientes en que transcurre la vida de los caballos, dominado todo el relato por la descripción de los incomparables paisajes por los que cabalgó Marroquín: la sabana de Bogotá, la tierra caliente de Cundinamarca y la paramuna de Tunja…


Desde Esopo, los animales hablan; lo siguen haciendo en las “Mil y Una Noches” y en los cuentos infantiles. Faltaba hacerlos novelistas, que es lo que consigue Marroquín con algunas de las mejores páginas escritas en Colombia.


Me asomo a la edición crítica de “El Moro”, de Fernando Antonio Martínez (Instituto Caro y Cuervo, 1971), quien en su prólogo ignora a “Jolstomer”, pero señala un antecedente en la novela “Black Beauty”, de Ann Sewell, aparecida en 1877, cuyo propósito era “(...) to induce kidness, sympathy and understanding treatment of horses”. Sin embargo, el profesor Martínez, a mi juicio, no acierta cuando niega igual propósito en Marroquín, recordando su “frialdad”.


Limitar “El Moro” a “(...) simplemente reflejar la vida de la raza equina en la de uno de sus más asendereados individuos” es insuficiente aserto para desconectar la novela del bogotano de su antecedente inglés.  Además, del amor de Marroquín por los caballos nadie puede dudar contemplando la actitud del enruanado don José Manuel sobre su brioso caballo.


Nos queda tinta para la semana venidera, Deo volente.