Columnistas

¿Y qué puede hacer Hollande?
Autor: José Alvear Sanin
16 de Mayo de 2012


Después de seguir el largo debate de tres horas entre Nicolas Sarkozy y François Hollande no quedaba duda de la derrota del primero.

Después de seguir el largo debate de tres horas entre Nicolas Sarkozy y François Hollande no quedaba duda de la derrota del primero. Sin la glacial y elegante perversidad de Mitterrand, François Hollande parecía presidente, y el presidente parecía candidato durante ese largo pugilato donde las pullas, que como buenos franceses se lanzaban arrebatándose la palabra, superaban ampliamente la deliberación racional.


Finalmente, por una mínima diferencia, cuando los sondeos le daban una gran ventaja, llegó a la presidencia un político de segunda fila que se verá enfrentado a los mismos problemas que el frívolo Sarkozy no pudo resolver y que su vencedor tampoco podrá, porque la crisis europea es estructural.


En un país decrépito y en un continente agonizante, Hollande habla de empleo, crecimiento y futuro, ideales que nada dicen a los ancianos que solamente piensan en pensiones y descanso, y cuyo horizonte se limita a escapar algún tiempo más de la muerte.


El problema fundamental en Europa es la crisis demográfica, que ya no es posible revertir porque la edad media de las mujeres se acerca al medio siglo y porque se aproxima el momento en que habrá más jubilados que trabajadores. Los diez millones de franceses a los que se les impidió nacer después de la ley Veil hubieran podido mantener una población sana; en cambio, ha habido que llenar ese hueco con inmigrantes despreciados y esclavizados que, sin embargo, se reproducen, esperando el momento en que de Europa sólo quede un recuerdo como el que dejó la Grecia clásica. “No existe muerte dulce”, decía el demógrafo Alfred Sauvy cuando hablaba del suicidio del viejo continente.


Desde luego, el discurso de Hollande sobre los abusos del sector financiero y los infames recortes sociales aprobados para asegurar el bienestar de la banca merecen apoyo. Pero, ¿qué puede hacer el presidente de Francia en un país que ya no es soberano, porque todas las competencias importantes y la legislación correspondiente dependen de instancias supranacionales (la Comisión Europea y el Banco Central Europeo), formadas por tecnócratas no electos y al servicio de la plutocracia.


Es muy pequeño, pues, el margen de maniobra que París tiene para cambiar el estado de cosas. Hollande, a lo sumo, podrá lograr simples paliativos. Su país, sobreendeudado e integrado con sus vecinos, nunca podrá retirarse de la Unión Europea, que le impone todas las políticas injustas y regresivas. A Grecia se la podrá expulsar, pero Francia no podrá dejar de marcar el paso...


En resumen, Hollande solamente ha recogido una población cinco años más vieja que la recibida por Sarkozy. Por tanto, las esperanzas que suscita se deben al optimismo que siempre acompaña la elección de personajes a la “izquierda”. Las ilusiones que se pusieron en el “paquete” de Obama se replicarán en su caso, porque el problema no es de personas, sino del irreversible agotamiento de una población que ya no puede trabajar eficazmente ni pagarse las pensiones y los cuidados médicos de la vejez.


Finalmente, no veo cómo dos puntos centrales en el programa del nuevo presidente francés, el matrimonio gay y el fomento de la eutanasia, puedan contribuir al empleo, el crecimiento y el futuro, pero cuando se carece de poderes para actuar sobre la superestructura, lo mejor es distraer a la galería con funestas medidas “progresistas”, para mejorar las credenciales ante el “Nuevo Orden Mundial”.
***
No olvidemos que los franceses siempre tendrán el corazón a la izquierda y el bolsillo a la derecha.