Columnistas

La Casa del Escritor
Autor: Delfín Acevedo Restrepo
14 de Mayo de 2012


Oscar Hernández nació en Medellín en 1925. A más de escritor es poeta, actor y periodista. Fue colaborador de los diarios El Sol, El Correo, El Diario y director del Obrero Católico.

Oscar Hernández Monsalve es un destacado exponente de la cultura nacional, quien a sus 86 años continúa con toda energía y vitalidad como cualquier muchacho de 25 o 30, impulsando aquellas iniciativas relacionadas con el desarrollo cultural de nuestro departamento y del país.


Columnista permanente de El Colombiano, donde desarrolla los más amenos y variados temas de la actualidad nacional. Escritor y conferencista, preocupado porque los menesteres de la inteligencia permanezcan siempre vigentes. Acaba de proponer la creación de la Casa del Escritor, como un espacio abierto para la literatura, donde no haya barreras generacionales, a fin de constituirse en punto de encuentro, donde se brinde apoyo conjunto a todos os cultores del lenguaje.


Dicho proyecto tiene ya su junta provisional y se han realizado hasta ahora varios encuentros importantes para promover la iniciativa, que ojalá cuente con el apoyo decidido del gobierno y de la sociedad en general.


Oscar Hernández nació en Medellín en 1925. A más de escritor es poeta, actor y periodista. Fue colaborador de los diarios El Sol, El Correo, El Diario y director del Obrero Católico. Actúa en la película Rodrigo D No Futuro y fue declarado como el mejor actor del festival de Bogotá en 1987.


Conocí a Oscar Hernández desde mis lejanos días de la Facultad de Derecho en la Universidad de Antioquia y dirigía la página minicipalista del matutino liberal El Correo, cuyo director general era Adolfo León Gómez y su gerente y primer accionista el querido e inolvidable patricio Jorge Delgado Giraldo.


Ya había sido, pese a mi juventud, concejal de mi pueblo natal, Santa Rosa de Osos, interesado desde luego por los asuntos municipales y corresponsal espontáneo y gratuito en las páginas de la misma índole que publicaba El Colombiano bajo la dirección de Carlos Puerta S.,  trágicamente fallecido y también mi compañero en la Facultad de Derecho.


Una mañana, al pasar por el tradicional edificio de la Plazuela Nutibara, me dio por entrar a hablar con el doctor Delgado. Le planteé la importancia de crear en el matutino liberal una página de asuntos municipales para competir con  El Colombiano, anotándole además que me sentía con vocación y capacidad para dirigirla. Charlamos un buen rato y al final el ilustre gerente, a sabiendas de que mi orientación política era diferente a la que inspiraba su periódico, me dijo: “Queda contratado y comenzamos la semana entrante”.


Del cuerpo de redactores de planta de El Correo, que recuerde, hacían parte entre otros, el propio Oscar Hernández, Ignacio Isaza, Efraín Arce Aragón, Aurelio Calle y Jorge Robledo Ortiz.


Semanalmente se publicaba una página especialmente leída a cargo de Hernández Monsalve, que tocaba temas de muy honda sensibilidad por el enfrentamiento feral entre los dos partidos tradicionales y la situación de violencia que se vivía en las distintas regiones de Antioquia, desde luego también en Medellín.


“Hace falta un caballo”, fue el título de uno de aquellos famosos reportajes en diálogo con Toño Pérez, un parroquiano de Cañasgordas, que huyendo de la violencia política tuvo que desplazarse a la capital, salvando como única pertenencia a su caballo “el rucio”, para cargar mercados y materiales de construcción.


Pasando una mañana por una de las calles aledañas al sector de Guayaquil, desde lo alto de un edificio en construcción se desprendió un bloque de cemento haciendo blanco en la cabeza del indefenso cuadrúpedo, causándole la muerte inmediata. Desesperado el pobre provinciano se dirigió a la sala de redacción del periódico y en diálogo con Oscar Hernández le relató los incidentes del drama, que apareció a la mañana siguiente, día de feria y que tuvo gran impacto en el medio social y periodístico.


Por la premura de realizar el trabajo y el impacto mismo de la tragedia, al finalizar el texto quedó un pequeño espacio que había que llenar con la premura que exigían las circunstancias a fin de imprimir la página.


En esas apareció Jorge Robledo Ortiz y en cuestión de minutos escribió este soneto, con el animo de solucionar el problema: “Hace falta un caballo, un caballo cualquiera/ para que Toño Pérez pueda ganarse el pan/ un caballo que arrastre su carro y su quimera/ su mujer y cinco hijos que le dicen papá/ un caballo sencillo sin estampa altanera/ ni lujosa pelambre, ni mirada marcial/ un caballo corriente, que con el hambre pueda/ sentirse de su dueño un miembro familiar. Hace falta un caballo como el rucio, que un día/ se murió por un ojo, sin saber lo que hacía/ con esa muerte inédita del que todo lo dio. Hace falta un caballo para que un  campesino/ pueda llevar su angustia sin errar el camino/ que va de la miseria hasta el nombre de Dios.”


A las pocas horas apareció un negociente de la feria a regalar el caballo que el poeta solicitaba. La poesía también hace milagros.