Columnistas

Los da駉s colaterales
Autor: Alfonso Monsalve Sol髍zano
13 de Mayo de 2012


La pol韙ica podr韆 definirse como el escenario en el que compiten grupos (naciones, partidos, etc.), para obtener el dominio sobre otros.

La política podría definirse como el escenario en el que compiten grupos (naciones, partidos, etc.), para obtener el dominio sobre otros. Esto convierte el poder en el centro de la política. A diferencia de la naturaleza, que obedece a las leyes de la física,  que son repetitivas y predecibles, en la política intervienen variables como la voluntad, la capacidad de perseverar, el poder militar, la mirada estratégica, la credibilidad, las creencias, la capacidad de sacrificio, etc.


Como es imposible controlar todas estas variables, en la acción humana siempre hay efectos colaterales que el actor pone en marcha, es decir, acciones y consecuencias que no estaban previstas por quien las desencadena; o que son previsibles, pero se asumen como el costo a pagar para obtener el objetivo buscado de orden superior. Por ejemplo, en medicina (donde más se usa este concepto), es un efecto no deseado producido al administrar una medicina (así, el medicamento para la presión alta puede producir sueño). En equidad, por ejemplo, el asistencialismo puede conducir a un grupo social a renunciar al valor social del trabajo, convirtiéndolo en mendicante.


En la guerra, que es la política (la lucha por el poder) resuelta mediante el método extremo de la lucha armada, el concepto de efecto colateral se recoge en el de ‘daño colateral’: daño no intencional o daño accidental que afecta a personas, construcciones, etc., de civiles u organizaciones neutrales, e incluso, de fuerzas amigas, como resultado de acciones militares dirigidas contra blancos enemigos.


Pero hay casos que se presentan como daños colaterales cuando en realidad se trata de un efecto deseado, no motivado por un objetivo moralmente superior, sino para derrotar alevemente al adversario o quebrarle su voluntad de lucha o atemorizar la población.


Cuando se lanzan cilindros-bomba que caen sobre una población, a sabiendas de que pueden destruir un pueblo, se trata  de  un crimen de lesa humanidad, que es justificado con en el argumento de que los delitos de guerra y de lesa humanidad cometidos por grupos armados ilegales de extrema izquierda se justifican porque quienes los cometen actúan por “altruismo”. Es un sofisma. Ocurre que no hay altruismo en el crimen deliberado de civiles indefensos o combatientes desarmados porque viola intencional, sistemática y masivamente,  las leyes de la guerra y ataca a la población a la que dice defender, pero que los repudia.


Ahora pensemos la paz. Algunos en Colombia piensan que ésta exige una negociación que resulte “atractiva” para el oponente, y, por lo tanto, que debe considerar amnistías o indultos. Para ellos la paz tiene como daño colateral la impunidad, la no aplicación de justicia a los responsables. Pero no se trata de un daño colateral, sino de una acción primaria que, como daño colateral deja sin castigo a criminales de guerra, y les permite eventualmente participar en política, con las consecuencias nefastas que ello tiene para la reconciliación, como lo señalé en el artículo anterior.


Además, si el objetivo de la guerra es conseguir la paz, lo peor que pueden hacer hoy el Estado y la sociedad colombiana es actuar como si estuviesen vencidos, permitiendo que esta gente haga política y tenga oportunidades de poder. Basta con mirar a Venezuela. Allí se está construyendo una dictadura a la cual no renunciarán sus dirigentes aun si pierden las elecciones. Ya lo advirtió Fidel Castro: si la oposición ganase los próximos comicios, en Venezuela habría un río de sangre. Pensemos qué nos ocurriría si el socialismo del siglo XXI triunfara en Colombia en ocho o doce años.